lunes, diciembre 05, 2005

Imágenes barcelonesas (VIII)

Estoy parado ante un alto. En la otra acera una chica habla por celular. La veo y me llaman la atención su blusa verde, sus calzoncillos amarillos (con forma de trusa de hombre) y la tela negra que va de su cadera izquierda a su rodilla derecha. Cosas de la moda, me imagino.
Cuando el semáforo cambia a verde, ambos nos damos cuenta: la falda se le está cayendo. La chica trata de recogerla al tiempo que camina y sigue hablando por teléfono.
¿Qué es lo raro aquí: las situaciones, la ciudad o sus habitantes?
Imágenes barcelonesas (VII)

Hace unas semanas descubrí el verdadero bar clandestino. No tenía nada que ver con lo que aparece en las películas o con lo que nos quieren hacer pensar los escritores de novela negra. Era, probablemente, el lugar más tranquilo en Barcelona.
Lo conocí de noche, tal cual dictan los cánones. Regresaba a casa después de ir a beber y bailar con los chicos de la escuela. Una pareja se me acercó, preguntándome si conocía el sitio. Les dije que no, pero que con gusto les acompañaba en su búsqueda.
“La segunda calle a la derecha. Un portón metálico a la derecha, con jardinera en el primer piso”. Las instrucciones eran más bien difusas: la mayor parte de los edificios en esta área tienen puertas metálicas y casi todas las ventanas tienen plantas y macetas.
Mientras buscábamos, se nos unió un hombre. Nos dijo que él sabía exactamente cuál era la puerta y lo seguimos. No había nada que perder. Llegó a un lugar que cumplía las señas, tocó y abrieron un poco. Un individuo nos preguntó cuántos eramos. Sin palabras claves ni indicaciones de “me envía tal”.
Tal como dije era un lugar calmado. Justo lo que deberían ser los bares al margen. Había sillones y sofás que no hacían juego, posibles rescates de la basura, debidamente retapizados, una barra y, en un salón adjunto, una mesa de billar. Música y conversaciones eran en tono bajo, para no molestar a los demás y, por supuesto, para no llamar la atención de vecinos ni policía.
Estuve unos cuantos minutos allí. Ni siquiera ordené una cerveza ni nada. Ya era muy tarde para el alcohol o, por lo menos, para mí. Casi las seis.
Me acerqué a la puerta y pedí mi salida. El portero abrió, revisó afuera y me dejó salir.
Cansado y, para qué negarlo, un tanto decepcionado por la falta de sordidez de mi primer encuentro con lo tan cacareado “clandestino”, me dirigí a casa.

miércoles, octubre 19, 2005

Imagenes barcelonesas (VI)

Eran dos chicas jóvenes (una guapa y una que no lo era) y una mujer madura. Estaban frente a un edificio, con sendas maletas y con pinta de perdidas, examinando, alternativamente, un trozo de papel y el número en la pared. La mujer mayor caminaba un poco en una dirección hasta la siguiente puerta, regresaba, caminaba un poco más allá, hasta la esquina, y volvía otra vez con cara de incomprensión.
Pasé de largo. Me arrepentí y me acerqué. “¿Puedo ayudarles?”, dije con mi mejor acento Toluquian-Oxford.
Buscaban el número 1-3 de la calle Comerç. El edificio es el número 2 y la siguiente puerta, el 4. Les dije que eso era habitual: después de tirar casas viejas y construir un nuevo edificio, este toma, a un tiempo, los números de las viviendas sustituidas. También les dije que en este lado de la calle los números son pares, en el otro estarían los impares.
Seguí mi camino.
Seguramente no me entendieron (no lo dudo, mi acento es tan fuerte que a veces ni yo mismo comprendo lo que digo), porque la mujer se aventuró más allá, hacia donde comienza la calle.
Mucho más adelante vi el número que buscaban.
Les hice señas con la mano, luego con el brazo. No volteaban a verme. Regresé. Le dije a la más guapa en donde estaba el edificio y se fue en busca de la mujer.
It’s the redish one, dije a la otra mientras se lo señalaba con el dedo.
Me fui satisfecho.
Creo en iniciar “las cadenas de favores” e, ingenuamente, en la intrínseca bondad de los extraños.

miércoles, octubre 05, 2005

Imágenes barcelonesas (V)

Debido a un auto impuesto retiro de las calles (retiro que después comentaré), había olvidado a la fauna que habita y transita en el metro.
Más que sentada, estaba echada sobre el asiento, con los pies recargados en el de enfrente y las rodillas recogidas. Aunque su delgadez era llamativa, el rasgo que más saltaba a la vista era su cabello color rosa violento, en donde se notaban ya unas profundas raíces rubias.
Tenía el pelo recogido en una cola de caballo y ésta pasaba por el hueco de atrás de una gorra de béisbol. Remarco mucho esto porque peleaba lenta y tenazmente por quitársela, con la mirada literalmente perdida y sin control completo de las manos.
En el tiempo en que la estuve observando (el necesario para viajar tres estaciones), perdió un par de veces la idea, la recuperó, desfalleció, lo intentó otra vez y, por fin, lo logró; sólo para intentar después volverse a colocar el gorro, ahora sin pasar el cabello por el aro.
Por un momento pensé en que sería una yonki callejera. Reforzaban mi idea su delgadez enfermiza, una cierta falta de limpieza en sus ropas y el rostro cenizo, sin brillo. Pero el pelo, las manos y la misma gorra, que intentaba colocarse una vez más, me hicieron cambiar de idea. Esas cosas estaban muy limpias.
Fea no era. Tal vez demasiado chata para mi gusto. Pero definitivamente su mirada sin brillo y la lentitud y descoordinación de sus movimientos cancelaban a mis ojos todo su posible atractivo. Su imagen me causó, me causa aún, cierta tristeza. Más bien, melancolía. Supongo que tienen razón quienes me han dicho que hay un límite a la cantidad de cosas que te puedes meter en el cuerpo.
Que se entienda, la suya no era una imagen de suciedad. Más bien, lo era de dejadez.
Reconocí entonces qué es lo que me causa tristeza y angustia cuando veo a otros como ella: la certeza que emiten de que han perdido el control.Por eso les temo: porque yo necesito tener el control todo el tiempo y no puedo pensar en que alguien lo pierda de manera voluntaria, reincidente, ni metódica, tal como me dio la impresión que lo hacía la chica del cabello rosa.

martes, octubre 04, 2005

Nueva declaración de principios

Tengo ahora un nuevo propósito: escribir más seguido.
El problema con esto es que escribir más no significa escribir mejor. Si bien es cierto que lo que hasta ahora he publicado aquí no es merecedor de ningún premio, por lo menos son cosas de las cuales no me avergüenzo.
Basta.
Sigamos adelante y no perdamos el tan deseado impulso inicial pues, como podemos inferir de la primer ley de Newton, es el más difícil de tener.

* * *

Volar, volar

En orden serían más o menos estas:
Air France
Aeroméxico
Mexicana
Taesa (antes de que se les cayeran los aviones)
Delta
Norwest
Aerolíneas Internacionales
Continental
American Airlines
Aerocalifornia
Aerolíneas Azteca
Aeromar
Aerocaribe
United Airlines
Air Canada
Alitalia
British
Iberia
Raynair
KLM

Creo que nunca Aviacsa

jueves, julio 07, 2005

Imágenes barcelonesas (IV)
Frente a Plaza Universitat, en la salida del metro, se coloca, desde el mediodía, una chica rubia, guapilla. Supongo que ha de ser rumana o búlgara, por sus ojos azules, con mucho rimel, y su piel blanca, de europea del este.
Cuando llego a pasar por allí (en autobús o a pie, rumbo a casa), la veo sentada en la barandilla, como una colegiala que espera a su novio o a sus amigas a la salida de la escuela, vestida de jeans y camiseta de tirantes.
En su defensa puedo decir que tiene buenos gustos: de vez en cuando la veo sonreírle a los muchachos y a los hombres jóvenes que pasan por allí, camino a Plaza Catalunya o al Raval.
Y me pregunto, ¿cuánto más le durará su dulce coqueteo antes de que se vuelva agrio y duro, como el de las otras prostitutas rumanas, excesivamente maquilladas, que están a unas cuantas manzanas de distancia? Ojalá que mucho tiempo.

lunes, junio 27, 2005

Imágenes de otras partes del mundo (I)
Estaba en Londres. Ya olvidé en qué calle. No recuerdo si iba hacia el Museo Británico, o venía de Trafalgar Square. Lo único seguro es que en Picadilly Circus no estaba.
La cosa es que, en el mejor clima londinense, hacía frío. O, por lo menos, yo lo sentía.
De la nada (y por el lado correcto de la calle) se oyen bocinas y gritos. Una manifestación de pro-ambientalistas, en bicicleta y desnudos, está pasando frente a nuestros ojos. Imagínate gente común y corriente - gente que incluso preferirías imaginártela con ropa - desnuda, con ese clima, y en bicicleta. (Pero eso sí, con cascos de ciclista: ¡no hay que olvidar las precauciones!)
A mí me sigue dando frío.

miércoles, junio 22, 2005

Chismógrafo literario

Estás atrapado en Fahrenheit 451, ¿qué libro te gustaría ser?

Hace años (tenía como 14 años) le platiqué de memoria un libro a la mujer de la panadería. Poco fiel sería conmigo mismo si escogiera otro. Así pues, me asumo la personalidad de Los tres mosqueteros, para recorrer el camino de París a Calais y de allí a Londres, regresar, ir al sitio de La Rochelle, pasar una noche en brazos de Milady y “combatir a esos pobres diablos de hugonotes”.

¿Alguna vez te enamoraste de algún personaje de ficción?

Estoy convencido. Creo que de varios. De Constanza Bonarcieurx, de Becky Thatcher, de la franca heroica de Las Mil noches y Una noche. Y también, para qué negarlo, del mismo D’Artagnan (con Constanza muriéndosele en los brazos), de Mr. Harrison Fish y de su némesis, Harras, de La Hora de todos.
Me he enamorado de tantos…

El último libro que compraste fue...

No sé cuál es el último… La adquisición más reciente fue La sociedad postcapitalista del viejito cabrón de Peter Drucker (ah, la de cosas que tiene que soplarse uno para poder decir que se tiene idea de algo).

¿Qué estás leyendo actualmente?

El último tomo de El vizconde de Bragelonne, en una hermosa edición ilustrada, con forros en tela, en papel couché y letra a 11 puntos, de Mondadori (me tardé años en conseguir una edición bonita, pero lo logré)

Cinco libros que llevarías a una isla desierta:

- La isla misteriosa de Julio Verne. Cuando leí ese libro decidí que abandonaría la arqueología y, pese a la paliza con la que me amenazó mi padre, decidí volverme ingeniero (después descubrí, con gran pesar y decepción, que los ingenieros ya no aprendemos a hacer todas las cosas de las que es capaz el ingeniero Ciro Smith). A ver si soy capaz de convertir una isla desierta en un paraíso post-industrial.
- Orlando Furioso de Ludovico Ariosto. Pa’ poderme volver loco con estilo.
Y los tres libros que me he reservado para mi retiro:
- El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
- La Guerra y la paz
- Los miserables
¿Por qué esos tres? Tal vez porque en la casa paterna las versiones de Aguilar daban miedo y uno iba postergando el acercamiento a libros tan gruesos, empastados en piel, con hojas de papel cebolla, a dos columnas y letra a 9 puntos. El problema radica en que no vendrían solos: les acompañarían el resto de las Obras Completas que viven en los mismos volúmenes, apretujadas en esa letra tan pequeña y esas hojas tan delgaditas.
No sé si me lo pasaría bomba o no pero, de que mejoraría mi vocabulario, de eso no hay duda.

Imágenes barcelonesas (II y III)

Rocafort es una estación de metro femenina. O, por lo menos, eso me parece cuando salgo de ella todas las mañanas: único varón en un pelotón de mujeres que van al trabajo, a la escuela, de compras.

* * *

Katy, siempre sorprendente en acento e historias, describe su relación con un novio de años, novio que tiene una peculiaridad: necesita cagar chingo. En pelotas. Desnudo, pues.
Yo sonrío cuando me imagino entrando en el baño de un restaurante, de la oficina, o, incluso, en el campo, encuerándome para cagar a gusto. ¡Yo, que uso el baño como biblioteca!
No puedo concebirlo. ¿Alguien podría?

martes, junio 21, 2005

Imágenes barcelonesas (I)

Voy caminando por la calle. Diez metros delante de mí, mientras espera la luz verde para pasar la calle, una mujer de veintitantos se dobla en ángulo recto para dejar las bolsas con la compra en el suelo.
Junto a mí, otra mujer, de cincuenta y muchos, rezonga y protesta por lo bajo. No es para más: la joven lleva una minifalda tan breve que, cuando vuelve a enderezarse, no le llega ni a la mitad de los muslos.
¿De qué color eran las bragas? No sé. No pude ver tela alguna.
Ahora, que lo recuerdo, aún sonrío.

lunes, abril 11, 2005

Escenas de Esgrima (II)

Aún me dura la emoción del primer día, y la de mi primera victoria a cinco puntos. Y la del día en que me dieron el peto blanco: mi flamante uniforme de mosquetero.

Ahora los días ya no son tan nuevos, pero no pierden su brillo. Siendo un simple aprendiz, debo enfrentarme con los tiradores de más experiencia. No sé si avanzo. No sé si logro perder los malos vicios del querer aprender, por cuenta propia, a manejar la espada: los vicios de “los tres mosqueteros”, de “don Juan Tenorio”, de “el capitán Alatriste”.

El manejo del sable es muy distinto. Con la espada te defiendes y atacas soltando estocadas. Con el sable hay que darle de tajos al oponente.

Escenas de Esgrima (III)

Presumido y bocota como soy, comenté que alguna vez participé en un combate teatral. Mis compañeros recitaron entonces líneas de Cyrano.

Hace unos días, uno de ellos, tal vez el único con quien iniciaba cierta amistad, me retó con un “venga, pues, señor Zorro”, mientras se colocaba en posición de línea, teatral y exagerada. Bromeando, me puse en guardia en alta primera. Y, jugando, nos lanzamos el uno contra el otro. Aunque llevábamos el equipo (careta, peto, guante), el ataque fue tan descompuesto que le di una estocada en la ingle, exactamente en donde no hay protección.

Él gritó. Detrás de la careta, me puse blanco. Le rogué perdones. Le pregunté si estaba bien. Lamenté el estar jugando. Me dijo que no había problema, que era un accidente, que él lo había provocado, que él también había jugado.

No me fijé si el maestro de armas (¿todavía se les llamará así?) nos vio. Lo que es cierto es que no dijo nada. Tuve la sensación, como cuando era niño, de haber hecho algo malo, que poder ser descubierto en cualquier momento y de que me regañarían.

Terminamos de tirar con dificultad y timidez.

Al día siguiente, llevé una paleta mexicana de dulce, de esas que no existen por acá, como ofrenda de paz y para ofrecer mis disculpas. Pero mi compañero no asistió.

Ahora, en los entrenamientos, soy mucho más conciente de mis actitudes, de mis movimientos y de mis comentarios. Procuro ser más mesurado con la boca (difícil en mí). Además de que tengo ahora la conciencia de mis movimientos desgarbados, faltos de soltura y gracia.


Escenas de Esgrima (IV)

Por alguna razón el maestro me nombró capitán de equipo para una ronda de enfrentamientos. Me ha tocado contra una chica bajita y zurda.

Me cuesta mucho enfrentarme a ellos, a los avanzados. Creo que hago el ridículo. Que me falta el ritmo. Que mis paradas están siempre mal ejecutadas. Que ellos no aprenden enfrentándome, que los lastro en lugar de ayudarles. Y con los zurdos es peor, pues ni siquiera sé bien cómo cubrirme ni por dónde atacarles.

El ataque fue en distancia corta. Uno debe ser rápido. Hay que saber exactamente qué se va a hacer previamente, de otra forma, te pillan fuera de posición. Ataqué una y otra vez como me habían enseñado: de inmediato, con fondo en tercera a cabeza. Así le hice dos puntos a mi adversaria. Pero cuando me tomó la medida, logró cubrir el ataque y tuve que romper de prisa.

No pude verme, pero sé que mi retirada era cómica, completamente descompuesta, con el arma fuera de posición, abandonando el perfil. Descubriéndome.

Por lo menos lo hacía con la velocidad suficiente para dejarla corta. El maestro no dijo nada. No se rió. No hizo comentarios desaprobatorios. Pero sé que estaba mal hecho.

Hasta eso no puedo quejarme: esta falta de técnica me ayudó. Vencí a mi oponente con cinco toques a dos. Al final, mi equipo logró la victoria 30 a 26.

Nada mal para un aprendiz de mosquetero ascendido, de pronto, a sargento.

Lo que es cierto es que los moretones siguen llegando a mi cuerpo: en la mano, en el muslo, en la axila (¡ah, cómo me dolió ese golpe!, tanto físicamente como en el amor propio, sobre todo porque me entregué solo). Marcando, espero, algún progreso.

Escenas de Esgrima (V)

Mis padres han venido de México. Y como yo siempre abuso de los que me quieren, les he pedido que trajeran mi equipo de esgrima. Así que han traído mi sable, dos guantes y una chaquetilla.

No recordaba lo distinta que es mi chaqueta para espada comparada con la de sable. La principal diferencia es el lugar del cierre. Mientras que el peto de sable se cierra al frente a la izquierda, la chaquetilla de espada tiene el cierre en la espalda. Ahora tengo que pedirle a mis compañeros (con quienes no tengo aún confianza) que me ayuden a ponérmela y a quitármela.

Además de ello, resulta que tiene marcas de óxido en el pecho. Ya intenté quitárselas con cloro y detergente. Nada. Sólo logré hacer manchas azuladas alrededor de las líneas amarillas.

¡Y pensar que yo quería bordarle una cruz de Santiago o una cruz Templaria encima del corazón!

Creo que tendré que abandonar la idea.

sábado, abril 09, 2005

Escenas de Esgrima (I)

Por fin he iniciado con la esgrima. Para fines prácticos, estoy cumpliendo hasta ahora con las metas pendientes desde el año 2000: tomar clases de esgrima, aprender a bailar tango, poder hacer un streap tease con decoro.

Van dos de tres.

Y la esgrima, o por lo menos el manejo del sable que trata de inculcarme (infructuosamente) este maestro de la escuela hungaresa, resulta ser más peligrosa de lo que yo me imaginaba. Todos los días amanezco con moretones en algún lugar distinto.

Pero esto no es más que un pequeño pago que acepto gustoso.

miércoles, abril 06, 2005

La biblioteca del doctor Montesinos

Querido Alberto:

Esta Semana Santa he visitado Valencia y Moraira. Me hospedé en el apartamento de los padres del novio de mi hermana (¡vaya una forma muy complicada de describir una relación muy simple!).

El punto es que, el doctor Manuel Montesinos, el futuro suegro, tiene una gran biblioteca en su piso de Valencia. Muchos años de volúmenes. Y entre libros de anatomía, manuales de medicina, otros varios que no encajan en una clasificación clara, está lo verdaderamente interesante de la colección: más de mil volúmenes de ciencia ficción, misterio y novela negra.
Descubrí desde las obras completas de Agatha Christie (no sabía que fueran tantas), recopilaciones de los premios Hugo, Nébula y antologías hechas por Isaac Asimov (muchas de ellas cuestionables), hasta ejemplares verdaderamente extraordinarios: “La rata de acero inoxidable” de Harry Harrison, dos o tres números de Tarzan de Burroughs, “La invasión de las salamandras” de Karen Capek, una antología de “literatura de anticipación” (el mero hecho de usar ese eufemismo hace que la recopilación ya valga la pena, amén de estar editada en pasta dura, con sobreforros de aquel plástico duro que les ponían a algunos libros en los años setentas), junto con muchos otros más, que no logré ver pero que intuyo existen.

El doctor Montesinos ha vendido el piso para mudarse definitivamente a su casa en Moraira, hermosa, grande y a escasos 50 metros de la playa. Con esta mudanza ha notado que no todos los libros podrán moverse con él, máxime cuando la casa de Moraira ya está también repleta.

Así que ha decidido contactar a los libreros de viejo en Valencia. No sé nada de los tratantes de este lado del charco, pero si se parecen un poco a los que tenemos en México, estoy seguro que reconocerán las cosas buenas y rescatables, pero no las pagarán. La esposa del retirado médico de la fuerza aérea española tiene, desde mi punto de vista, gran razón cuando afirma que le pagarán todos sus libros por el peso.

Esta carta no tiene tanto la intención de que salivemos pensando en la belleza de la colección y en lo que podríamos hacer si cayera ante nuestros ávidos ojos. Tampoco que lloremos sobre la leche derramada (demasiado peso y demasiada distancia para que salvarla sea factible) sino, más bien, brindar el testimonio de que esta biblioteca existe aún, que existió (al contrario de las imposibles colecciones que Borges menciona en sus laberínticos cuentos) y que, lástima, se perderá en la falta de memoria de los estantes de usado.

Esperemos, por lo menos, que la colección no sea usada dentro de unos años como papel maché para hacer las bellas (y efímeras) esculturas falleras, esos sueños que duran una semana y que terminan iluminando la noche de San José con hogueras gigantescas.

domingo, febrero 06, 2005

Día uno

Todos han tenido un año uno. Recuerdo mucho el cómic que con ese nombre hizo Frank Miller. El primer año de vida de Bruce Wayne como Batman.
Clásica es ya la imagen de Bruce echado en un sillón tirando sangre después de su primer salida. La cosa no había salido bien. Su primer enfrentamiento con el enemigo había sido lamentable. Rogándole al fantasma de su padre, espera una revelación. Y llega. Un murciélago a través de la ventana.
Todos sabemos que Bruce ya está condenado de antemano. A pesar de sus heridas sangrantes. Seguirá. Es su sino.
Hoy, yo me he enfrentado al mío. Venía de comprar el pan y el periódico (ese día se incluía una película: “Doctor Zhivago”). Calle abajo gritaron “al ladrón”, “policía”, “deténganlos”. Les he visto correr hacia mí con un bolso amarillo y negro en las manos. Y no pude evitarlo. Ha sido más fuerte que yo.
Venían corriendo por Comercio y, al llegar a Princesa se separaron. Uno tomó por allí, el otro por Tantarantana. Corrí detrás de ese último, gritando “detente, cabrón”.
Mientras corría pensé, no debo apretar mucho el pan, que lo voy a romper.
De pronto, sentí un empujón por la espalda, oí un ruido de plástico que se quebraba y caí al piso. Mientras caía, oí el motor de una motoneta. Ya en el piso alcancé a ver como otro de los perseguidores pasaba a mi lado.
Me quedé allí un momento. El periódico tirado por un lado, la película por allá. La barra de pan partida en tres trozos, uno más corto que los otros: el lugar por el cual la iba tomando mientras corría.
Me incorporé y noté el dolor en una mano, en el hombro y, sobre todo, en la rodilla. Me recargué a un poste y quedé sentado en la calle.
Eventualmente llegaron los mirones. Me sorprendió que no llegaran antes. En mi país yo ya estaría rodeado. Una chica llegó junto a mí y me preguntó si estaba bien. Le pregunté qué le habían robado. Nada, ella y su padre también eran perseguidores. Luego llegó la pareja francesa, ofreciéndose a llamar una ambulancia. Después, la mujer de amarillo que había visto la matrícula de la moto. Recogieron el diario, la película, y me los entregaron. Dimos el pan por perdido.
Me levanté, con el orgullo herido. Cojeando, acompañé a la chica a buscar a su padre, el hombre bajito que había pasado a mi lado persiguiendo a uno de los ladrones.
Al llegar a la plaza Tantarantana, lo encontramos, frustrado y maldiciente. Me explicó lo que había pasado. El hombre en la motoneta era un cómplice y yo, al parecer, estaba alcanzando al que corría, así que me embistió por detrás.
Se ofrecieron a llevarme a un hospital o a la comisaría. No. Para qué. No podría reconocerles. El hombre que yo perseguía era de mi estatura, moreno, de pelo negro, corto, rizado y llevaba bigote. Iba vestido de negro con vivos blancos. Pero no podría reconocerlo ni aunque me lo pusieran enfrente. Al de la motoneta ni le vi.
Dejé a la chica con su padre discutiendo con la mujer de amarillo. Di vuelta por la calle de Tiradores y llegué a casa, burlándome de mi mismo por lo bajo.
Eso me pasa por hacerle al superhéroe.
No me pasó nada. Sólo un moretón en la cadera y un gran raspón en la rodilla.
¡Valiente vigilante!
A ver, ¿qué hubiera hecho si lo hubiese alcanzado? ¿Darle un periodicazo? Bien visto, no me fue tan mal. Y, ¿si él hubiera traído una navaja o algo así? En mi país las usan.
Lo peor es que sé que lo haría de nuevo. Correr tras los malos.
Es mi sino.
Como Bruce Wayne. Como Matt Murdock.
Mi Noblesse obligue.

martes, noviembre 23, 2004

Carta abierta

Por alguna razón de excesiva autocrítica, a veces me digo que mi vida es estéril y falta de aventuras. Sin embargo, cuando doy una pequeña revisión, reconozco que esto no siempre es verdad. Tal vez no tenga los tintes de algo excesivamente excitante, pero por lo menos he tratado de que la monotonía no me invada del todo.

En los últimos años he tenido la oportunidad, a veces buscada y a veces hallada, de tener variedad y cambio. He adquirido el cuestionable hábito de modificar mi imagen personal cada cuatro o seis meses. En cuestiones más radicales, reconozco que, en los últimos cuatro años, he trabajado ya para tres compañías distintas, he pasado una larga temporada en los Estados Unidos, y, ahora, estoy viviendo una nueva oportunidad. Una vez más el cambio, tan necesario y deseado, ha llegado.

- Haciendo un símil no muy afortunado, soy como aquel escritor a quien le convencieron de que para ser bueno debía de sufrir. Pues bien, en mi caso, yo sufro porque no sufro. Y para fines prácticos, con este sufrimiento de círculo vicioso me basta para mantenerme al borde y escribir, dejándome caer de cabeza al mar, mirar por las ventanas, descubrir como incide la luz en ciertas esquinas. -

La Escuela de Administración de Empresas, adjunta a la Universitat Politécnica de Catalunya, me ofreció una beca para cursar una maestría en negocios familiares. He aceptado la oferta; así que renuncié a mi, a veces cómoda, a veces insoportable y muchas veces pretenciosa, posición corporativa y, desde hace ya un mes, vivo en Barcelona, España.

Una vez más tengo la experiencia de ser estudiante de tiempo completo. Una vez más extranjero.

Otra vez, lanzándome al tan querido y tan temido destierro.

La intención es prolongar esta estadía, originalmente de un año, tanto como sea posible. El futuro aún es incierto. ¿Buscar algún empleo por acá? ¿Iniciar el doctorado? Está, incluso, la idea de iniciar un negocio de importación de productos mexicanos (de hecho, eso será tema de tesis para esta nueva maestría).

Esta ciudad guarda constantes sorpresas en su gente, sus calles, sus edificios. Y estoy convencido que descubrirlas en compañía de los amigos y de la gente querida se disfruta mucho más.
JF
Duque

jueves, septiembre 09, 2004

Fábula

Hace años, mientras revisábamos los resultados de una división con el director responsable, Karla, mi asistente, le reclamó al hombre lo feo de su corbata. La verdad es que, siendo una corbata a manchas rojas, azul marino, blancas y ocres, distaba mucho de ser, ya no elegante, ni siquiera armoniosa. Aún así, quedé escandalizado ante el descarado cinismo de Karla e ingenuamente traté de salvar la situación, diciendo que a mí me parecía una corbata bonita. Ante nuestra sorpresa, el director se la quitó y me la regaló.

Aún la uso. No porque me guste, pues la verdad sí es una corbata fea, difícil de combinar. Me la pongo para recordarme que la diplomacia no significa adulación. Y que los habladores (los mentirosos y los exagerados) siempre reciben lo que se merecen.

jueves, septiembre 02, 2004

Tu piel me visitó esta noche de desengaños
Se le adelantó al ladrón
Que venía a entrar a saco
Mi casa, mi suerte

Llegó de tarde
Por la noche de pasos de reloj
Y cigarras canoras

Tu piel se coló Por debajo de la cama
A través de la ventana
Saltando sillones Abriendo libros

Me visitó con dientes blancos
Y fieros
Con marcas de mordidas
Y perfumes suaves

Vino tropezándose con la tubería que está tendida en el techo
Llamando a los cristales
Metiéndose entre mis sábanas



Tu piel llegó de pronto
Inesperada y bienvenida
Sin invitaciones Sin reservación Ni cita previa



Y yo no estuve allí para esperarla.

lunes, agosto 30, 2004

Un amanecer

Se había forzado a dormir, pero la verdad es que hubiera preferido no hacerlo. El sueño había sido inquieto, lleno de los mismos signos premonitorios, de signos que se repetían una y otra vez. Símbolos que reconocía perfectamente. Estaba nervioso. Sentía miedo. Un miedo que no por comprensible o esperado era menos contundente.

Después de despertar otra vez, decidió levantarse. Estiró sus ropas. Se había tumbado vestido en el sillón a tratar de descansar un poco, para juntar las fuerzas y el coraje suficientes. Sólo logró hacerlo pasar, postergarlo, pero no desvanecerlo.

Allí estaba. El miedo. El temor que le dijeron que existiría.

Se levantó y fue a la habitación contigua. Sentado, leyendo, estaba Martín.

- Estoy nervioso.
- Lo sé.
- Tengo miedo, Martín.
- Lo sé. Qué bueno. Si no tuvieras miedo estarías muerto.

Suspiró. ¿Qué hora sería?

- Una parte de mí desea que ya fuera mañana, o pasado mañana, o el mes que viene. Que ya hubiera pasado este día. Todo esto.
- Cuando era niño – dijo Martín -, mi padre me platicaba el cuento de un chico que al que una vieja le regalaba una esfera. De la esfera salía un hilo de oro y, si tirabas de él, el tiempo corría más de prisa. Y el chico este le daba tirones al hilo cada vez que estaba en líos. El problema es que el hilo no se podía meter de nuevo a la madeja dentro de la esfera, así que la vida se le iba de pronto, así, rápido.
- Que terrible. Y, ¿qué pasa al final?
- Pues al final el chico de la historia, que ya es un viejito, se vuelve a encontrar a la misma vieja del principio y la convence de que le acepte la bola con todo el hilo de fuera. La vieja acepta y el viejo despierta siendo una vez más un chico en la casa de su madre.
- ¿De verdad?
- Sí. Mi padre decía que era una fábula para darle tiempo al tiempo. A mí me parece un cuento muy cruel… ¿Quieres algo de comer, de beber?
- No.
- Ve a dormir. Necesitas descansar, estar fresco.
- Lo sé. Pero no puedo.
- Sí, yo también lo sé.

Martín revisó al otro hombre. Grandes amigos no eran, pero lo suficiente cercanos para acompañarlo a lo que tenía que hacer. Tan amigos como para pasar la noche junto a él y recibir el día juntos.

- ¿Crees que si me disculpara sería bastante?

Martín se encogió de hombros.

- No lo sé. ¿Tu qué crees?
- Creo que esto ya está más allá de cualquier disculpa.
- Por lo que me has dicho, creo que siempre estuvo más allá de cualquier disculpa.
- No me siento bien. Me duele el vientre.
- Estas inquieto.
- ¿Tú nunca has sentido miedo?
- Muchas veces. Ya te lo dije, si no sintieras miedo estarías muerto.
- Tal vez ya estoy muerto. Como el hombre que se despertó sin saber que ya lo estaba, hasta que se vio en metido en la tumba.
- No creo. Según recuerdo el hombre no habla ni ve a nadie y yo estoy hablando contigo. O qué, ¿yo también estoy muerto?
- Tal vez todos estamos muertos.

Hubo otro largo silencio.

- ¿Quieres ir a la iglesia?
- No. No quiero iglesia, ni vino, ni comida, ni nada.
- Tal vez debiste haber pensado en esto antes de iniciarlo todo.
- No podía. Y cuando pensaba en ello, me lo imaginaba distinto.
- ¿Cuán distinto?
- Pues no sé. Que él se iba, o que moría. O que huíamos juntos. No lo sé, distinto.
- ¿Qué moría? ¿Qué él se moría? ¿De qué?
- No lo sé. Es militar. Que lo mataban en algo.
- Su grado no tiene nada que ver con el ejército. Además, hace mucho tiempo que ningún oficial muere en campaña, ¿sabías?
- Lo sé, lo sé – la boca le sabía a ácido -. Entonces, ¿qué tengo que hacer?
- ¿Qué pregunta es esa?
- Sí, sí. ¿Ponerme en guardia y doblar las rodillas?
- Cualquier consejo ya no sirve. Solo te pondrá más nervioso y te confundirá más.
- ¿Qué hora es?
- Aún es temprano. ¿Quieres que nos vayamos?
- Sí. No. No lo sé.
- Vámonos. El frío te hará bien. Sólo cúbrete.

Recogieron sus ropas. Mientras Martín recogía las cosas, él se paró frente un espejo. Era un buen espejo, de buen tamaño. Se puso un abrigo. Se vio. Se lo quitó y lo cambió por otro, bastante más elegante que el primero.

Martín lo veía desde la puerta, con un largo paquete bajo el brazo. Se veía extrañado y hasta un poco divertido.

- Siempre he sido un tanto teatral – dijo, justificándose.
- ¿Un tanto?
- Muy teatral. Creo que eso es lo que lo inició todo.

Martín asintió en silencio.

Tomaron sus sombreros y salieron. No hacía frío y la oscuridad se iba disolviendo poco a poco.

Caminaron por las calles, en silencio. Él se mordía la lengua y los labios para obligarse a seguir callado. El silencio lo ponía más ansioso.

Los ladridos de un perro desde dentro de un portón lo hicieron pegar un salto. Volvió la vista a su acompañante buscando la burla en su cara, pero no vio nada. Ni desaprobación, ni burla, ni simpatía. En otra ocasión ambos hubieran reído. O tal vez no. Cayó en la cuenta de que no conocía a Martín lo suficiente para decir a ciencia cierta qué reacción hubiese tenido.

Después de poco más de media hora de caminata llegaron al inicio del bosque. Ya había amanecido del todo. El cielo se pintaba de colores que en otro momento se le hubieran antojado alegres y que ahora se veían sangrientos.

- ¿Quieres estirarte un poco? – preguntó Martín.

Asintió en silencio.

Sobre el suelo, Martín deshizo el paquete que traía bajo el brazo, con mucho tintineo de metal. Escogió un par de objetos y le ofreció uno al otro hombre.

- Ésta ya la has usado. Te debe ser familiar. A menos que se diga otra cosa, tienes derecho a usar la que tú quieras y creo que ésta es buena. Tiene buen peso, no te confundirá.
- Bien… Las rodillas flexionadas, ¿verdad?
- Y no dejes de verle la mano.

Antes de tomar el objeto de las manos de Martín, oyeron ruido. Cinco hombres se dirigían hacia ellos.

- ¿Armando Saldaña? – preguntó uno de los cinco.

Asintió. Era un formulismo. Los conocía a todos, aunque era posible que no todos ellos a él. Pero, bien visto, la pregunta era necia, ¿quién iba a estar a esta hora en el bosque así?

- El señor Hernández busca al señor Saldaña – repitió el mismo hombre.
- El señor Saldaña está aquí – contestó Martín, tal como se requería.
- ¿Saben, señores, por qué están aquí?

Las palabras eran parte del ritual, con entonación de quien las ha practicado toda la noche.

Al parecer no soy el único que es teatral, pensó Saldaña y dejó que Martín contestara por él, tal como decían las reglas.

- Así es, señores.
- Mi colega, el licenciado Vincent, y su servidor, Eugenio De la Torre, acompañamos al señor Hernández. ¿Quién habla por el señor Saldaña?
- Su servidor, Martín Garduño.

Saldaña volteo a verlo, extrañado. Supuso que en estos lances más valía mantener el verdadero nombre oculto. Delatar la presencia de Martín podía hacer que el asunto, de por sí complicado, pero personal, se volcara contra él. Por un momento se recriminó el haberlo inmiscuido, pero ya era demasiado tarde y, para bien o para mal, prefería tener a alguien, que si bien no era excesivamente cercano, si equilibraría cualquier circunstancia externa.

- ¿Vienen solos, señor Garduño?
- Nuestro segundo acompañante estará aquí en cualquier momento. Aún es temprano.
- Bien. Entienden, señores, que para lo nuestro, entre más pronto, mejor.
- También para nosotros.

Aunque alcanzaba a ver a Hernández, Saldaña prefería no voltear a verlo. Sabía que su vista lo haría sentirse aún más nervioso, menos seguro.

- Alguien se acerca – dijo el llamado licenciado Vincent, con acento francés, alertando a todos.
- ¡Javier! – dijo Saldaña, sorprendido y mucho más alto de lo que le hubiese gustado.
- ¿Señor? – dijo con tono de amenaza el De la Torre dirigiéndose al recién llegado.
- Javier Saldaña. Acompaño aquí a mi hermano, Armando.

Armando Saldaña se acercó a su hermano.

- ¿Qué haces aquí? – le reclamó por lo bajo.
- Vengo de tu segundo. Medio mundo sabe que estás aquí. ¿O crees que te iba a dejar venir solo?
- Estos asuntos no te gustan.
- Y ahora me gustan menos. Maldito seas, idiota. ¿Cómo te metiste en esto?
- ¿Recuerdas a Clara?
- ¿Cuál Clara?
- Clara Maldonado…
- ¿De qué me hablas? Hace como diez años que no oía hablar de ella. ¿No estaba casada y con el esposo en Europa?
- Regresaron de Europa.
- ¿Y?
- Ese es su esposo.
- ¿Pero…?
- Nos hemos vuelto a ver dos o tres veces desde que regresaron. De alguna forma él se enteró.
- Imbécil. No sé por qué no te mato. ¿No me digas qué…?
- No.
- Otra vez, de cabeza por ella.
- Sí, siempre.
- Idiota. ¿Y éste?
- ¿Martín? Bueno, nunca he sido del todo bueno en esto…
- ¿Martín? ¿Es el Martín que estoy pensando? Es un forajido.
- Cállate. No es un forajido y me ha ayudado a perfeccionarme.
- Señores, ¿todo listo? El tiempo apremia – dijo De la Torre.
- ¿O sea que ya lo tenías planeado?
- Por supuesto que no. Siempre es bueno saber y practicar un poco más…
- A veces me das miedo.

Más pasos se oyeron y dos personas más se acercaron al grupo. Los cinco hombres del otro lado se inquietaron. Demasiadas llegadas.

- El segundo ha llegado – anunció Martín -. El teniente Oceguera.
- Señores – saludo con voz engolada uno de los llegados, un individuo menudo y tal vez un poco delgado, con un rostro lampiño, de rasgos demasiado armoniosos.

El señor Hernández, quien hasta ahora no había dicho una palabra, se acercó a De la Torre, quien ya mostraba signos de ira, y le dijo algo en secreto. De la Torre se puso aún más tenso y dio la impresión de querer comenzar a dar saltos de un lado a otro, pero se contuvo a fuerza. Saldaña sabía que tenía fama de explosivo, pero tal parecía que el día de hoy todo el mundo iba a cuidar las apariencias.

Javier Saldaña trató de decirle algo más a su hermano, pero éste lo ignoró, dejándolo solo y acercándose a donde estaban Martín y los otros dos.

Martín le dirigió una mirada al acompañante del teniente junto con una seña con la cabeza. Éste se acercó a Javier Saldaña, lo tomó del brazo y se lo llevó consigo, alejándolo aún más del grupo.

- Señores – dijo Martín en alto dirigiéndose a todos y a nadie en particular-, estamos prontos.
- Se entiende que, por la gravedad del asunto – comenzó el licenciado Vincent (se notaba que De la Torre ya no estaba en posición de interpretar su papel de forma suficientemente flemática) -, el señor Hernández demanda…
- Completa satisfacción. Sí, lo entiendo. La tendrá – se adelantó Armando Saldaña.
- Excelente – contestó Vincent.

Armando volteó a ver a Martín, buscando algún signo de aprobación. Nada. Ni en él ni en el pequeño teniente. Demasiado bajito y menudo para militar, pensó Saldaña.

Observó como el señor Hernández se despojaba de abrigo, sombrero, y quedaba en camisa. El señor De la Torre tomó algo de las manos de uno de los otros dos individuos que no habían sido presentados, y que hasta ahora parecían no tener propósito ninguno en la escena, y se lo dio a Hernández.

El teniente tuvo que sacar a Saldaña de su contemplación. Saldaña, con manos un tanto torpes, comenzó a quitarse el sobretodo. El teniente tuvo que ayudarle, sosteniéndole el sombrero y las piezas de ropa que se fue quitando hasta quedar también en mangas de camisa. Al final, le ofreció unos guantes de piel. Al tomarlos y al mirar al teniente a los ojos, cayó en cuenta de qué era lo que le causaba extrañeza: el teniente era una mujer disfrazada de hombre.

Martín se acercó.

- Ten. Tranquilo. No te precipites. Recuerda que estamos aquí.
- Sí, gracias. Pensé que ya no me ibas a dar consejos… Mi hermano…
- No te preocupes, no hará nada tonto.

Hernández se acercó. Su mirada era fría. A Saldaña el corazón le latía de manera desbordada, la boca se le había quedado seca de pronto. Por alguna razón tenía calor. Se preguntó si él tendría la misma expresión seca que reflejaba el rostro de Hernández. Se preguntó si el otro estaría tan nervioso como él.

Martín y el teniente Oceguera saludaron con la cabeza, en silencio, a Hernández y se alejaron un poco. Este pareció no verlos. Su mirada se dirigió a Saldaña.

Saldaña se compuso lo mejor que pudo. Miró a los ojos a Hernández y, por un momento, se olvidó de dónde estaba y se acordó de Clara, de su risa, de cómo hacia más de diez años la había llorado a gritos cuando se había casado con ese hombre que ahora tenía enfrente, de la mirada nerviosa que tenía cuando volvieron a verse, del sabor familiar de sus besos.

- A muerte – dijo el señor Hernández.

Saldaña asintió, levantó la espada y se puso en guardia.

lunes, febrero 16, 2004

Cuarto de hotel

Desperté con dolor de cabeza. No reconocía la habitación. La noche anterior había bebido demasiado. Era el primer fin de año que pasaba solo. No importaba a dónde huía, de todas formas me daba cuenta de que no tenía a nadie.

Había llegado huyendo al destino de playa. Eso sí lo sabía. Un poco de mi natural miedo al riesgo me había guiado a buscar una habitación en una ciudad evidentemente abarrotada. Pero tuve fortuna y encontré un cuarto en un hotel evidentemente gay.

Pero esa no era la habitación en la que estaba. Tenía dolor de cabeza y nausea. Estiré la mano hacia la mesa de noche, tomé el control remoto y oprimí el botón de encendido. El televisor no se inmutó.

Era evidentemente un cuarto de hotel. La habitación era grande y, aunque limpia, algo revelaba que era un hotel de paso. Un hotel de paso caro. Todos los hoteles son de paso, pensé. Hasta los más caros.

Recordé aquel hotel en Bahamas cuyas noches son tan costosas como la renta de un mes de un apartamento en Nueva York.

Estudié el control remoto. Oprimí dos o tres botones y la televisión encendió. Subí el volumen hasta darme cuenta de que la imagen hablaba otro idioma. Cambié de canal. Otra vez. Descubrí un canal con caricaturas. Seguí. Cuando llegué a un canal de películas para adultos, francamente pornográficas, me detuve. Seguí cambiando. Cuando regresé al canal original, me devolví a la película porno.

Una mujer de pelo negro y ojos azules felaba a un tipo con apariencia europea.

Pensé en masturbarme. Pero el malestar era tan grande que abandoné la idea. Me incorporé en la cama y el cuarto me dio vueltas. Aún estaba medio ebrio. Tenía puesta la camiseta de la ropa interior y los calcetines. Pero sin calzoncillos.

Una vez más ví sobre la mesa y descubrí mi reloj. Pasadas las 10:30. Del otro lado de la cama había otra mesa de noche y el teléfono sobre ella. Marqué la recepción y pregunté cuándo vencía mi habitación. Tenía casi tres horas.

Fui al baño. Tenía bidet, lo que me confirmaba una vez más de que estaba en un hotel de paso. El hecho de que no hubiera agua caliente y de que las toallas fueran rasposas reafirmaron lo evidente.

Después de ducharme me paré desnudo en medio de la habitación. Veía casi todas mis cosas: un zapato casi en la entrada, otro junto a la cama, el saco botado pero los pantalones, la camisa y la corbata perfectamente colocados en una silla cerca de la ventana. La cortina estaba abierta y me pregunté si quien ocupara la habitación de enfrente podría verme parado en cueros.

Busqué los lentes con la vista. Estaban junto al televisor. Me los puse y me fijé en la imagen. Ocupando una gran cama, una mujer rubia le hacia el oral a la mujer de pelo negro mientras era penetrada por detrás por el hombre que parecía europeo. Fui hasta la cama y, sin separar la vista de la pantalla, medio volví a meterme a ella. Quedé sentado, recargado contra la cabecera y con una almohada en la espalda, tal como estaba la mujer morena en la película.

Subí el volumen y la habitación se llenó con los gemidos del grupo.

Comencé a masturbarme. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. La ducha me había quitado los restos de la borrachera y esperaba que el placer me ayudaría a quitarme el malestar general.

La mujer morena era hermosa, aunque no preciosa, de ese tipo de mujeres que siempre me han atraído. La rubia también, aunque no tuviera del todo la apariencia de actriz porno (tono falso de pelo, grandes senos), pero contrastaba con lo delicado de los rasgos de su coprotagonista. El hombre era delgado, no muy musculoso (detesto a los fisiculturistas en el cine porno: le dan aún más falsedad a un cine que ya de por sí es plástico y artificial) y su miembro no era gigantesco, sino más bien normal. Los tres hacían ruido, pero no de esas expresiones escandalosas y falsas. Tal parecía que lo estaban disfrutando. Yo necesitaba creer que lo estaban disfrutando. Yo, en mi posición de voyeur privilegiado.

La cama en la que estaban era tan grande como la cama en la que estaba yo, pensé. Y seguía frotándome, y pensando, aguanta, aguanta, no te corras demasiado pronto.

Era como estar participando en la orgía.

La cara de la morena se distorsionaba de placer. Ví como la mujer se venía, arqueando la espalda, tirando con la mano derecha de uno de sus senos y atrapando la cabeza rubia de la otra mujer entre sus piernas. Veía al hombre aumentar el ritmo detrás de la rubia, quien emitía gemidos apagados.

Mi placer se acercaba. Quería esperar a correrme con el hombre. El hombre se salió de pronto de la rubia y empezó a agitarse el miembro con la mano, así como yo lo hacía con el mío, y eyaculó abundantemente sobre el trasero de la mujer rubia, mientras se escuchaban los gemidos de las dos mujeres y sus propios gritos de placer.

En ese momento comencé a venirme también, pensando en el batidero que estaba haciendo sobre las sábanas de la cama. No me importó. No era mía y alguien cambiaría seguramente después la ropa de cama.

Me vine con fuerza. Y de pronto comprendí que la habitación en la película era muy semejante a la habitación en donde yo estaba. Demasiado semejante para ser una coincidencia. La misma disposición de los muebles, el mismo decorado y el mismo papel tapiz.

La sesión de caricias post-coito que mostraba el televisor me sorprendió aún más. En ninguna película antes había yo visto que los actores se abrazaran, besaran y acariciaran después del “money shot”. Debería venir un “fade” a negros como en todas las otras películas. Pero no había cambio alguno. No había brinco en la trama ni en la escena.
Perplejo miré hacia arriba. No había espejo sobre la cama, pero tampoco hubo ninguna toma desde arriba. Miré al frente, y me vi en el espejo junto a la televisión. Miré a derecha y a izquierda. En ambos lugares había sendos espejos. No grandes lunas de hotel de Las Vegas, pero allí estaban. Más o menos a la misma altura de donde vendrían las tomas en el filme.

Ya no me importó por qué o cómo había llegado allí. Sólo quería salir ya. Indeciso entre hacer un escándalo y salir corriendo, decidí tomármelo con calma. Me vestí. En la pantalla los amantes seguían acariciándose y besándose.

Era imposible saber a ciencia cierta si la acción se desarrollaba en esta misma habitación o no, si estaba ocurriendo en este momento o era algo grabado. Los cambios de cámara no me decían nada.

Antes de apagar el televisor noté que los “actores” (¿podía llamarles aún actores si no tenía la certeza?) veían hacia el frente, como si estuvieran viendo algo en el televisor. Tomé de una de las mesas de noche una cajetilla de cerillos con el nombre del hotel. Por lo menos estaba en la misma ciudad a la que había viajado y, quién lo sabe, siempre es bueno saber en dónde se exhibe buen cine porno amateur.

martes, octubre 07, 2003

Vive La Revolución!

Toma de La Bastilla

A mis escasos tres meses de antigüedad con los jugueros ha ocurrido lo innombrable: el gran patrón, el director general, ha sido despedido. Junto con él salieron otros cinco grandes jerarcas, jefes de muchas plumas y varios penachos. Entre ellos, mi amado jefe (¿debería decir ya “exjefe”?).
Para aquellos familiarizados con la vida corporativa o con la burocracia (siempre creativa y fecunda) esta situación les será conocida. El saber, o peor aún, el no saber qué será de nosotros, si “saldremos en la foto” o no, es bastante estresante.
Si pudiera desligarme por completo, este sería un momento ideal para teorizar con respecto al tipo ideal de liderazgo necesario en estas situaciones. Hablar sobre las virtudes deseables en una campaña de comunicación interna que trate, en todo lo posible, de disminuir el rumor y la incertidumbre.
Pero esa no es mi intención. Tal vez lo sería después, ofreciendo si no consejos prácticos, por lo menos una buena lista de lo que se debe evitar. Un consejo sí es válido: hay que ser lo más franco posible, calmando a la gente, pero sin crear falsas expectativas.

El Terror

Una de las situaciones más graves se da cuando, después de una filtración de algún tipo, un grupo de trabajo sabe que sólo una cantidad reducida de sus miembros quedarán en la organización. Entonces una guerra interna se inicia por tratar de sobrevivir, pues los miembros quedan tentados a mostrar sus mejores colores, su “ropaje de apareamiento”, para conquistar así al hipotético tomador de decisiones y convencerlo de que no los deseche. En otras palabras, se descubre que de pronto todo el mundo “jala agua para su molino”, anteponiendo su supervivencia a cualquier proyecto o trabajo pendiente.
Muy común también en estas situaciones es que los objetivos a mediano y largo plazo queden abandonados y dispersos. Los equipos se enfrentan a una casi total falta de dirección, pues el desconocimiento generalizado invita a postergar “hasta que las aguas tomen su cause” o “el asunto se enfríe”. Mientras tanto, quienes intentan hacer algo, lo más seguro es que sean víctimas de esa misma falta de visibilidad (que no de visión), pidiendo proyectos, reportes y escenarios poco definidos o claros.
Ante esto, las pocas actividades tienden a repartirse entre muchos, quienes desean, uno, mantenerse ocupados, y dos, demostrar su maestría y experiencia en la actividad. Resultado: proyectos pequeños, que demandan poco tiempo, realizados por muchas personas a la vez, exacerbados por la falta de una guía clara. Lo cual demuestra, aún más, lo que en inicio se querría tal vez ocultar: la duplicidad de funciones.
Ese es nuestro caso en particular. ¿Se imagina usted a un par de gerentes de la misma área acudiendo a la misma junta a preguntar exactamente lo mismo? Pues sí, eso vivimos. Evidentemente, alguien sobra.

Mademoiselle Le Guillotine

Como se comprenderá, con mi escaso conocimiento de la empresa y corta vida laboral, no puedo evitar sentir que mi esperanza de estadía es poco firme. Mi salida sería mucho más barata que la de mis pares. Incluso me he topado con un dilema que en otra situación se me antojaría absurda: ¿debo incluir en mi curriculum vitae a esta empresa a tan sólo tres meses de haber entrado?
Por otro lado, sé que mis conocimientos en ciertas tareas específicas son superiores a los de mis pares. Sé que la decisión dependerá, no tanto de quién sea mejor en lo específico, sino quién acomoda mejor el perfil final de las posiciones disponibles.
Este grave movimiento de capas superiores ha servido como preludio a una reestructuración mayor. La compañía ha tendido a engrosar y es momento de cortar la grasa. Pero todo indica que no se usará un bisturí. La firma de consultores externos (¡tan expertos en tantas cosas!) ha promocionado la idea de un recorte del 50% del valor del costo de personal. Importante: el valor, no las cabezas. Esto significa que para variar no tendremos las típicas reducciones de obreros. No. ¡Sean bienvenidas las cabezas de los dioses al holocausto!
En palabras de estos filósofos de la Revolución: “Cortaremos. Si tocamos carne y notamos que fluye sangre y tenemos que recontratar… pues recontrataremos”.

La historia juzgará.