miércoles, mayo 25, 2011

Las adicciones
Reconozco y me declaro culpable de varias adicciones:

- La televisión. Me es imposible ignorar una pantalla. Si acaso lo logro es cuando en ella transmiten un partido de futbol. Fuera de eso, la televisión me emboba y me absorbe. No tengo tele en casa pero cuando visito a mis padres, sobre compenso lo que no he visto en semanas, dándome atracones de series, películas y caricaturas por horas enteras y hasta decir basta. No salto de canal en canal. Mi adicción dista mucho del gourmet. Para mí los comerciales son parte inevitable del platillo (no niego que prefiero que no estén incluidos en la programación pero no les hago el feo, de la misma manera que me como el brócoli con que está guarnecido un buen bife chorizo).

- El pan. Soy adicto a los carbohidratos. Nada me reconforta más que el pan dulce o salado. Puedo acabar, en una sentada con media docena de conchas, cuernitos, ladrillos, piedras, marquesotes, teleras o bolillos . Las hojaldras puedo excusarlas: les falta sustancia. O bien, me empaco tres paquetes de galletas (mis favoritas: Marías o de animalitos).

- El porno. No lo niego. Me avergüenza un poco pero me aguanto. Igual que con las adicciones anteriores, me lo dosifico de forma concienzuda pero me lo administro de manera constante. Tengo mis actrices y actores favoritos, mis situaciones fetiche. Al contrario de los conocedores, prefiero el porno de los finales de los ochentas y principio de los noventas (supongo que porque fue la época en que lo descubrí) que los “clásicos” de los setentas o el porno gonzo más reciente. Sí, soy fanático de algunas de las proverbiales rubias de silicona pero creo que además a mí se me conquista también por el oído.

- Un poco o un mucho relacionado con la adicción anterior, me reconozco voyer. Como un avaro o un yonqui atesoro las contadas situaciones en que he adivinado los jadeos en la habitación de junto en un hotel, de los vecinos en algún apartamento, o de algún compañero de piso. En esos momentos, la adrenalina me cabalga por el cuerpo, afino el oído para captar tanto como sea posible, al tiempo que me oculto para evitar, con mi presencia, la interrupción de su actividad. Hasta ahora esos momentos me los ha otorgado la casualidad. No soy de aquellos que merodean a la caza de la rendija ni espío en las ventanas ajenas, ni tampoco de quienes pagan gustosos por una sesión de sexo en vivo. El carácter casual e inesperado es, creo, lo más satisfactorio de mis contados “descubrimientos”.

lunes, mayo 23, 2011

Ellas
  • Ginger Lynn
  • Christy Cannyon
  • Victoria Paris
  • Ashlyn Gere
  • Tara Monroe
  • Madison Stone
  • Paula Price
  • Julia Ann
  • Anna Malle
  • Sydnee Steele
  • Jeanna Fine

jueves, mayo 19, 2011

Menú para una noche especial
Sashimi de atún en salsa de fresa o vinage balsámico.
Maridaje: Beaujolais nouveau o Montepulciano d'Abruzzo.
Compota de foie o, mejor aún, montado de foie gras a la plancha sobre un trozo de sirloin sellado.
Trufa de chocolate blanco en espejo de mandarina con pimienta.
Maridaje: Scotch de 18 años con un hielo grande.
Lecturas simultáneas

Siendo como soy un culo inquieto, sobre todo en lo referente a la lectura, nunca se me ha dado la disciplina ni la constancia suficiente para dedicar mi atención a un solo libro. Aquellos títulos que me he leído de un tirón (y puedo mencionar como ejemplos Drácula de Bram Stoker o El halcón maltés de Hammett) sólo sirven para compensar aquellos que ni siquiera he podido terminar (en este rincón de la ignominia están La divina comedia, que no he pasado del Purgatorio, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el Quijote o la Biblia).

Pero ese dejar y reiniciar o retomar no es privativo de textos largos o complejos, si bien es cierto que esas características tienden a fomentar las lecturas tangenciales, suplementarias o de escape.
Ahora mismo estoy brincoteando entre cuatro libros: Cuentos clásicos de Ray Bradbury (la versión de bolsillo de Bantam Books), el Tractatus de Ludwig Wittgenstein, Gödel, Escher, Bach de Douglas Hofstadter y Cómo hablar de los libros que no se han leído de Pierre Bayard.
Hay ciertas razones para la postergación y la lectura intermitente de estos cuatro ejemplares. Mi aventura con Hostadter y con Wittgenstein son ejemplos claros de lo que los gringos llaman “ojos más grandes que el estómago”. Digerir semejantes mamotretos requiere tal esfuerzo que a mi inteligencia le duelen las mandíbulas.
El Tractatus es engañoso: su aparente esbeltez y la facilidad de algunos de los “aforismos” que lo conforman pueden generar la idea (muy equivocada) de su cercanía, cuando realmente está a años luz de distancia de mi plena capacidad de comprensión.
Gödel, Escher, Bach es por lo menos mucho más franco: a simple vista se ve que hay que consumir kilos y kilos de fibra para poder metabolizar ese tabique.
Por la manera en que lo estoy planteando parecería que Bradbury es un divertimento y una pausa entre estos tratados de ciencia y filosofía. Nada más cercano a la realidad. Por alguna razón, a pesar de que me encantan sus cuentos –y que incluso, leyéndolo, he reconocido su influencia en mi propio estilo de redacción-, la fragmentación propia de esta colección, que reúne relatos de Las manzanas doradas del Sol y R is for Rocket (supongo que la versión en castellano debe ser algo así como “C de Cohete”), invitó desde el principio a mi inconstancia.
Bayard llegó de forma más reciente y fortuita.
Para matar el tiempo mientras esperaba a un amigo, entré en una librería (error craso: ¡yo soy peligroso en las librerías! Hay personas que entran a un bar mientras esperan y se beben una cerveza, otros van y se ligan a quien se les para enfrente. Si yo entro a una librería, ¡compro libros!). El saldo fueron tres libros: dos de BeF y el mentado Bayard. BeF está en espera. De Bayard he recorrido ya el 60%.
De este divertido ensayo he sacado varias cosas en concreto. La más interesante y creo que ya ha sido objeto de muchas discusiones previas, es que la lectura de un libro nunca es completa, amén de que la memoria de otros libros y el olvido de ese mismo lo hacen inasible. Así, lo único que nos quedará de la lectura es el libro interior, un libro conformado por lo que hemos podido retener e interpretar con base en nuestro bagaje individual, haciéndolo único y personal, ajeno al que escribió el autor o leyeron otros lectores, y acotado a su vez por el libro colectivo, generado por la relación que hay entre esta lectura y la de otros libros relacionados.
Bayard, Bradbury, Wittgenstein y Hofstadter se enfrentan además de a mi lectura dispersa, a la lucha por la oportunidad. Mi tiempo de lectura se limita a los desplazamientos entre casa y oficina. Así, el avance va lento y no siempre es factible. La lluvia hace que a veces deje algún libro en el trabajo, con lo que, al día siguiente, tomaré alguno otro para la lectura matutina. Así, mis libros son viajeros y cambian de residencia de forma intermitente.
Leer en la noche, en casa, no es posible. La culpa la han tenido cuatro series de televisión, de las cuales ya hablaré después.

jueves, abril 22, 2010

Lista de regalos

¿Qué regalos enviarle a la persona amada?
  • ¿Un rayito de sol para atarse el cabello (y que combine perfectamente con la bufanda azul pizarra que usó el domingo)?
  • ¿Tres hojas verdes y una amarilla aún, que digan que la Primavera tiene prisa por llegar a meterse en las salas de pisos de madera y paredes blancas?
  • ¿Un puñado de gotitas de agua que caiga de las regaderas y le recorran toda, por la mañana?
  • ¿Un caracolito que se esconda, tímido, al verla pasar por la calle, rumbo a un coche rojo?
  • ¿Una bolsa de canicas que ahn estado guardando los niños de la escuela cercana y que, algún día, se la cambiarán por historias de conejos en al campiña inglesa?
  • ¿Una canción de una artista de saco blanco y guantes verdes?

-A los gángsters no les gustan los días de cumpleaños.
Todo se hace tan embrollado: los semáforos cambian de luz sin sentido, los trenes se adelantan, se retrasan los aviones. Los policías se quedan dormidos en las patrullas. Así, no es divertido ir a robar galletas recién hornedas a las pastelerías.
¡No hay mérito!-


Si al ser querido le encanta soñar con los ojos abiertos, que le acaricien las piernas, que se vean en sus ojos... entonces hay que hacerle caminar descalzo por pisos de duela, medirle la piel con los labios...

Esta persona seguro está ansiosa por que se queden con el sabor de su sexo en al lengua... que se lo compartan... que le miren la nuca y el pelo.
Que le recuerden la distancia que hay desde la estatua de Nelson hasta la estación de metro más cercana, medida en plena lluvia.
Enlo quece cuando alguien le dice que sus cabellos valen más que todos los lienzos de la National Gallery. O del British Museum.


-Para ella, Ella canta desde que se fue, no para de llover.
Matarazzo suplica no me dejes más.
El hombre callado le dice que de los labios le robaron el "Aleluya".-


¿Qué regalarte hoy, cariñito, en el día de tu cumpleaños?


¿Qué regalos enviarle a la persona amada?

miércoles, febrero 10, 2010

Extranjería

Hay una mujer que mira con palabras extranjeras


Me toca y sonríe. Me huele y huye.

Con ojos pequeños, amarillos, de gata de casa, va decidiendo si soy una buena presa.
- Me pongo a tiro. Vacila -
Levanto el vuelo.
Con palabras que muchos dirían complicadas
eruditas
la voy rondando.
Es posible que esta noche venga.
- He levantado mejores muros. He sostenido sitios más largos -
Me mira y ríe. Me adivina y se aparta.
Caigo de cabeza en un juego de palabras y cabellos delgados y besitos tímidos,
de adolescente triste.
Inicio un poema. No lo termino.

jueves, agosto 06, 2009

Elegía IV

Guillermo ha sido, durante la mayor parte de mi vida, la persona más influyente en mi relación con las mujeres.
El Gori me demostró, no sé cuántas veces, que los tenorios naturales sí existen.
Ahora, para ligar, está de moda usar una jerga en inglés relacionada con la aviación y con la película Top Gun. Así, hay leaders, wingmen (alas), o se dice crash & burn cuando alguien intenta acercarse a una chica y es rechazado.
Ingenuamente, cuando éramos adolescentes, nosotros usábamos una serie de terminajos que creíamos originales y que habíamos inspirado en Los tres mosqueteros. Así, tres amigos nos repartíamos los caracteres: Guillermo era Porthos, Eugene, Aramis, y yo, Athos.
La asignación de personajes no era casual. Guillermo era el más atlético. Eugene se comportaba constantemente como quien no encajaba en el medio (no porque tuviera vocación religiosa, sino que era un niño bien venido a menos asistiendo a una escuela pública). Y yo, desde entonces, me daba ínfulas de aristócrata.
Nos referíamos a quien estuviera “al ataque” como “D’Artagnan” y, si este mencionaba la palabra “mosquetero”, significaba que requería ayuda para que le hicieran un “quite” (esto es, para que distrajéramos a alguien que le estorbaba). Con la palabra “cardenal” nos alertábamos de que había oídos indiscretos alrededor.
Éramos casi unos niños.
Aunque Guillermo no.
Guillermo, Porthos, el Gori, maduró antes que los demás. No sólo físicamente (era alto, atlético, buen deportista, muy moreno) sino también en lo emocional.
Mientras Eugene seguía anhelando lo que había perdido a raíz del divorcio de sus padres (la motocicleta, la casa con lancha en Valle de Bravo) y se recuperaba de un accidente que lo dejó en silla de ruedas por un año, Guillermo era parte de los equipos de básquet y voli de la secundaria.
Mientras yo era flaco, desgarbado y gestaba una pinta de nerd (que no me quitaría hasta graduarme de universidad), con gafas, equipo de ortodoncia y un fuertísimo acné, el Gori se convertía en una especie de Adonis púber.
Hago mal en insistir en sus características físicas, como si de ellas dependiese su capacidad de ligue –tal vez porque así lo consideraba yo al principio-.
No. Guillermo tenía algo más que no he podido definir hasta ahora. Ese “no-sé-qué” que lo convertía en un Don Juan.
Frente a mis asombrados ojos de adolescente lo vi ligar y obtener teléfonos de tres chicas distintas en una fiesta. Besarse incluso con una de ellas. Con la segunda, para ser exactos.
En otra ocasión memorable, le ayudé distrayendo a la hermanita de una cita en la Alameda. Media hora después de que la primera chica se fuese, llegaba un segundo ligue. Para entonces, el que estorbaba era yo, así que me fui, despedido.
Nunca me enseñó el truco. A pesar de que yo era un seguidor y escudero fiel. El Gori jamás compartió sus secretos. Muy probablemente porque no era consciente de tenerlos y porque era algo nato.
En la preparatoria comenzamos a distanciarnos. Al entrar a la universidad, ya no teníamos en común más que el hecho de haber sido amigos muy cercanos durante la secundaria.
Él estudiaba arquitectura en la universidad del estado. Yo, ingeniería en una escuela privada.
Nos veríamos unas cinco o seis veces en tres años.
Hasta que me enteré que tenía cáncer.
Eso fue hacia el último semestre de mi carrera.
Fui a visitarlo a casa. Su madre me recibió con gusto. Subió a decirle que yo estaba allí. Guillermo tardó mucho en bajar.
Cuando lo hizo, quedé sorprendido –y espero que no se haya dado cuenta-. Su piel era amarilla, estaba mucho más flaco que yo, de una delgadez quebradiza, y tuve la impresión de que su estatura se había encogido. Llevaba un pañuelo en la cabeza pues la quimioterapia le había tirado el cabello.
No se me ocurrió más que hablarle de mujeres: yo mantenía una relación furtiva, de amantes secretos, con una chica de la universidad, y estaba muy ufano de ello. Quise presumírselo como La Gran Victoria, para que estuviera orgulloso de mí.
El Gori, Porthos, sonreía con la actitud del maestro que se da cuenta que su alumno jamás lo aventajará, que le queda mucho por aprender. Con la sonrisa que se le dedica a un niño que te demuestra que puede ir sin manos en bicicleta.
Un par de meses más tarde, moría.
Su funeral fue dos días después de mi ceremonia de graduación. Traté de localizar a tantos excompañeros de la secundaria como pude. La verdad, fueron muy pocos: tres o cuatro.
En el cementerio, su hermano, un primo y un amigo palearon la tierra para cubrir su tumba. Derramé un llanto tímido que se interrumpió cuando uno de ellos se burló de mis lágrimas. No recuerdo quién.
Su hermana me dijo que no le hiciera caso. Ella no lloraba. Me confesó también que, cuando había visitado a Guillermo hacia meses, su mamá tuvo que reñirlo para que bajara, recordándole que yo era uno de sus mejores amigos, pues él se negaba a que lo viera en aquel estado. Por eso había tardado tanto.
Cuando nos íbamos del panteón, la hermana (no recuerdo cómo se llama) le dijo a una chica que estaba junto a mí: “Tú eras la más querida. Pero ahora vendrán las otras”.
Pasé un día espantoso al regresar a casa, con dolor de cabeza y un fuerte malestar que no se me quitó hasta que solté un verdadero llanto de plañidera, con cara roja, gemidos y tiradero de mocos.
A la noche siguiente fui a uno de los responsos… o a la novenaria. Nunca he sabido cómo se les llama.
La casa de Guillermo estaba llena de chicas jóvenes vestidas de negro. Bonitas, feitas, gorditas, delgadas, algunas altas. Bajitas, la mayor parte. Ninguna que yo hubiera considerado mi tipo. Eran “las otras”. Cerca de la hermana estaba la “viuda oficial”. Ella no lloraba –tal vez las lágrimas se le habían acabado ya, o trataba de ser fuerte frente a las demás-.
Visité la tumba unas tres o cuatro veces, casi siempre en Día de Muertos. Lo cierto es que no me inspiraba nada.
Guillermo, Porthos, se fue sin enseñarme el secreto. El truco. El cómo.
Se lo perdono. No le guardo rencor por ello.
Pero, aún hoy, muchos años después, me sigo preguntando cómo lo hacía.

miércoles, julio 15, 2009

Elegía III

Aún hoy me confundo con su nombre. Nunca atino a saber si llamarle Claudio o Enrique.
La primera vez que lo conocí me fue insufrible. No he olvidado aún su actitud de perdonavidas ante la poesía.
La segunda vez que lo vi, era el novio-amante de una de mis amigas. Con ella tuvo una relación a tres, a cuatro, a muchos, en la que hubo altas, bajas, rompimientos desgarradores y regresos cotidianos.
No puedo, a ciencia cierta, consciente o inconscientemente, separar el recuerdo que tengo de Claudio del de ella, o de la relación de matrimonio abierto que mantuvieron por más de diez años.
Les recuerdo juntos, seduciéndome a instancias de él. Les recuerdo cazando en un bar. Le recuerdo apasionados o completamente fríos y distantes.
Cuando migraron a California, yo fui –lo reconozco- uno de aquellos que pensaron que se tirarían a una vida disipada de drogas y orgías. Nada más lejos de la realidad. Trabajaban de manera cumplida, paseaban, tenían vida hogareña. Enrique hacía largas sesiones de yoga.
Fue allá donde comenzó el problema renal.
Regresaron a México y, aunque por fuera parecía que volvían a lo mismo (a veces viviendo juntos, a veces por separado, ella en casa de su madre, él en la de sus padres, en ocasiones ambos viviendo con los padres de él), hacia el final rentaron una casa propia. Y Enrique –que a veces era Claudio- inició a consumirse.
La última vez que lo ví, su piel era gris y se pasaba de continuo la lengua por los labios.
La siguiente vez que supe de él fue cuando Sandra me llamó por la madrugada a Barcelona. Enrique había muerto. De eso hacía ya varios meses pero hasta ese momento ella reunió el valor para decírmelo. Estaba diciéndoselo a si misma. Con voz de viuda. Era una esposa que le telefoneaba a un amigo –que también era un examante- para decir que su esposo estaba muerto.
Noté cuán triste estaba. Al terminar la conversación me costó mucho volver a dormir.
A mi regreso a México, la busqué. Hablamos de él. De ella. De la depresión que la asaltó durante meses y de la cual no terminaba de salir.
Pero no podía ayudarle. Por mucho que la quiero y la he querido siempre, no podía y no puedo ayudarle. Tal vez porque nunca supe si llamarle Claudio o Enrique, o porque nunca me gustó su poesía. O porque, aunque compartí como invitado la cama de los dos, el esposo de mi amiga nunca fue mi amigo.

martes, julio 14, 2009

Elegía II

El Mago era gordo. Tanto, que un día un chico delgadito pasó junto a él y comenzó a dar vueltas, rodeándolo:
- ¿Qué te pasa, buey?
- Me atrapaste en tu campo de gravedad
.
Le recuerdo escribiendo poesía, canciones, pequeños cuentos, con la lengua de fuera, en un estudiado signo de concentración. O tocando la guitarra y cantando letras complicadas con música sencilla.
Era muy pragmático para algunas cosas. En sus propias palabras, conocía cuál era su mercado y cómo atacarlo. Por ejemplo, sabía perfectamente cuáles cuerdas tirar conmigo, qué botones presionar. Como cuando me reclamó, a través de un cuento, la aventura que tuve con una de sus exnovias -¡es pecado tener una relación con la ex de un amigo, no importa si es seria o banal, ni hace cuanto terminaron!-, o cuando, después de no vernos por años, fui a escucharle tocar en un bar y al descubrirme dijo: “Mira, un vampiro”, y todo lo que estaba roto entre nosotros se arregló de inmediato.
En muchas otras cosas era idealista y romántico. Creyó siempre firmemente que podría bajar de peso -¿cuántas veces inició una dieta? Tantas como rebotó. La misma cantidad de veces que actuó en alguna obra de teatro o que dirigió otra-. Estaba convencido de que el whisky era la bebida correcta para las personas de su condición, así que se ponía unas borracheras que cualquier escocés con kilt le envidiaría.
Se creyó poeta. Y maldito. Enamoraba chicas menuditas y guapillas, a sabiendas de que no tenía nada qué perder y mucho que ganar. Y ganó varias veces.
- Dos frases célebres:
"- No me pongo esa camiseta negra porque me aprieta.
- ¿Te queda chica?
- No, me hace ver más prieto."

"Yo soy un escritor de peso... completo."-
Se lanzó a vivir la vida con la intuición (¿o la conciencia?) de que le duraría poco.
Sí. El Mago era gordo. Pero, sobre todo, era un buen amigo.

lunes, julio 13, 2009

Wotan

Hace unas semanas salí del hotel a correr. Cerca hay un parque con una pista. Es una pista pequeña, pero por lo menos más entretenida que la corredora fija del gimnasio.
Una buena oportunidad para que me diese el aire de la mañana.
Así que me levanté temprano, esperando que el calor no fuera tan espantoso como temía.
Para llegar al parque había que bajar por la avenida, cruzar por un puente peatonal y seguir bajando.
Mientras atacaba corriendo la rampa de subida al puente, un ruido extraño pasó por mi oído derecho. Algo como un zumbido o un aleteo. Sacudí una mano para alejarlo. Tal vez un insecto.
A los pocos pasos, otra vez el mismo zumbido y un revuelo de aire en la oreja derecha. Levanté la mirada y vi volar un pájaro negro.
Bajé del puente. Llegué al parque y corrí, y corrí. Le di ocho vueltas a la pista, juntando casi nueve kilómetros en unos cincuenta minutos. Sudé hasta que sentí, a cada paso, los suaves golpes en que me daba en el abdomen la camiseta empapada de agua.
Inicié el regreso al hotel corriendo aún.
En la rampa del puente y, una vez más, sentí el aleteo sobre el oído derecho.
Subí la vista. Un ave negra.
Seguí adelante. Los pases se repitieron tres veces más.
Incluso un peatón que esperaba el autobús quedó perplejo y maravillado, sonriendo, mirando al pájaro alejarse por encima de mi hombro.
Llegué por fin al hotel, confundido y hasta un poco inquieto, pensando en Memoria y Pensamiento, en si los hados me estarían enviando algún mensaje.
- Para ser públicamente ateo, a veces soy profundamente supersticioso, observador de augurios en derredor. -
Seis pases me dieron las aves negras -en México no hay cuervos, supongo que habrán sido urracas o estorninos-. Consulté durante seis días mis sueños, buscando las claves o los mensajes que me habrían traído.
Si lo hicieron, no llegué a adivinarlos.

viernes, julio 10, 2009

Elegía I

Conocí a Thorsten Grawe cuando trabajaba en la empresa química. Él es el responsable de que yo pueda decir maldiciones en alemán. A regañadientes, lo convencí de que me enseñara dos malas palabras y una frase amable: Arschloch, Teufel y Was kann Ich für Sie tun? (o machen, dependiendo del humor).
Era alto, atlético y usaba el cabello muy corto. De él decían que era muy amigable. Nunca lo supe. Algo no llegó a hacer clic entre nosotros.
Cuando renuncié a la empresa, él se borró de mi mente como casi todo lo que había hecho allí.
-Tengo que admitirlo. Todo lo relacionado a esa firma me intimidaba.-
Años después supe que, en una noche de copas, Thorsten, que casi nunca bebía, tomó un taxi para ir, completamente sobrio, del bar a la oficina para recoger su coche e irse a casa.
Tres calles antes de llegar, un auto conducido por una chica ebria se pasó un alto y embistió el lado del pasajero.
En el más puro lugar común de la corrupción tercermundista, mientras el conductor del taxi y su pasajero estaban inconscientes y eran subidos a una ambulancia, la muchacha sobornó a los policías para que la dejaran irse.
Thorsten nunca despertó.
Murió camino al hospital.
Sus padres tuvieron que venir desde Alemania a lidiar con trámites burocráticos, civiles, penales y diplomáticos, hasta poder llevárselo con ellos.
Al entregar el cuerpo, un oficial de policía, aparentemente arrepentido, les dio los datos de la conductora. No supe si hicieron algo. Supongo que no.
Ahora, que le recuerdo, su imagen se ve mezclada con los únicos dos detalles que tengo de él y le imagino diciendo palabrotas en alemán mientras tiene una muerte estúpida y surrealista a bordo de una ambulancia.

Esa idea me llena de angustia y de pena.

sábado, junio 27, 2009

Noche - 3

Confundo tu voz con la mía

Las uno buscando verdades húmedas y silentes

Reclamo el fantasma de tu aliento y lo hago mío

Hoy
Por primera vez
En varios años


Siento el roce Me pierdo allí


De pronto Mudo en un laberinto Ciego en una batalla


Tus palabras me crean guerra en los labios

Tus dientes me dan alas


Me confundo más La boca me llora



Cantas por fin




Se rompe
el beso

jueves, julio 03, 2008

Solicitud de ayuda
¿Por qué esta cosa no me respeta el formato?
Cuando uso el editor todo parece perfecto... Pero cuando se publica la entrada, el formato se va al garete.
Las sugerencias serán bienvenidas a duque01@gmail.com.
Los negros pájaros del deseo me abordan

Bajan Suben
Juegan

Se empeñan en sus cantos de picos negros
Y alas verde azules

Me van dejando
Desnudo
Ciego
Sordo

Carcomido en sus gritos Selvas
Coníferas

Los miro cercanos
Hoy cuervos Mañana mirlos

Vienen
Tocan
Mi piel desnuda
La fiebre que provocan

Mi hastío


Suben Bajan
Juegan

Me dejan en los labios

Sabor de plumas
Tintas
Negras

Amargas

miércoles, julio 02, 2008

Cuestionario
Imagina no poder dormir. Supón que rápidamente se acumulan las noches en que el dios del sueño ha olvidado que debe visitar tu dirección. ¿En qué te refugias?
¿Te dejas caer en libros, cintas, películas del último, último show de la noche? Las salidas son fáciles: cada vez hay más y más canales y sintonías a las que puedes acudir. Revisar una y otra vez los canales del cable, buscando películas que no has visto aún. Darle la vuelta entera al radio en pos de una estación que trasmita en vivo.
Pero, ¿qué pasaría si el insomnio sigue? ¿Qué si has sido vedado de tal descanso?
¿Tras de quién te lanzas? Eventualmente los libros se agotan. Las películas se repiten una y otra vez en los infinitos canales de los satélites y sus redes. La sintonía deja de hablar (hay muchos locutores que duermen y pocos que se mantienen en vela) y repite las mismas melodías de todas las noches.
La idea no es pasarse echado sobre el colchón en actitud de momia despierta. ¿Sales a la calle a perseguir fantasmas?
-¿Qué clase de insomnio sufren los vigilantes urbanos que asumen esas persecuciones? ¿Has leído la versión oscura y real del Batman, de Jack, tantos cazadores falsos y reales?-
¿Comienzas a seguir a alguien? ¿A quién?
Incluso en ciudades tan cosmopolitas como Nueva York, Barcelona, México (la ciudad más grande y poblada del mundo), las posibilidades se agotan con relativa rapidez.
En las poblaciones más pequeñas, los rondines, que se van volviendo cada vez más temerarios y más lejanos, llegan pronto (demasiado pronto) a los límites urbanos externos y, entonces, hay que volver sobre la huella, visitando los límites interiores, que generalmente son más extraños.
¿Cuándo comienzas a volverte vampírico y nocturno?
-Lo noctámbulo ya va por descontado.-
¿En qué momento dejas de perseguir tu sombra y comienzas a perseguir la de otros habitantes de la noche y del día? La noche tiene ventajas: nadie sabe el origen de tus pasos, excepto tú mismo.
¿Cuándo el insomnio te vuelve invulnerable e invisible? ¿Cuándo te da la transparencia mental para juzgar a otros? ¿Cuándo te vuelves juez? ¿Cuándo jurado y verdugo?
Los libros. Las películas, las cintas, el radio. Todos te encaminan. ¿Cuándo comienzas a sacarle ventaja a la noche, al anonimato, a la sombra y a la niebla? ¿Cuándo te vuelves voyeur? ¿Cuándo comienzas a darle infinitas vueltas a las calles, siguiendo a los borrachos, a los trasnochados, al ejecutivo adicto al trabajo, vigilando a las prostitutas?
¿En cuál noche comienzas a asomarte a las ventanas de tus vecinos, a los parques presumiblemente desiertos?
¿Cuándo te vuelves testigo del primer crimen?
-¿vas tras el ladrón? ¿Lo detienes? ¿Delatas al asesino? O te es imposible, porque eres tú mismo.-
¿Cuánto tiempo requieres para ponerte una bala en la cabeza? ¿Cuánto para ponerla en la de otros?
* * *
He contado ya tres días de insomnio. Bostezo de manera repetida y sostenida.
¿Cuántos días, cuántas horas más me quedarán de cordura?

martes, junio 03, 2008

El espía japonés

Conocí a Matsamitsu cuando era espía en México. Huelga decir que, mientras tuvimos contacto con él, nunca existió la certeza de su oficio, aunque siempre lo sospechábamos.
Una de mis tías lo tuvo como compañero de viaje mientras “hacía las Europas”. Mi tía, al regresar, le había hecho el clásico ofrecimiento de hospedaje en casa, tan típico en mi tierra. Y así, un día, tuvimos frente a nosotros a un japonés de 1.85, que nunca tomaba fotos, pero que se dedicaba a pasear por los lugares más anodinos de la ciudad y a visitar, cada dos o tres semanas, el aeropuerto, con intenciones incomprensibles.
Sin embargo, su costumbre de fumar lánguidamente largos cigarrillos blancos y de alimentar al perro de mi tía con porciones de su plato, pronto se convirtieron en algo natural para la familia.
Todos nuestros esfuerzos – o por lo menos, los míos – por aprender algo de su cultura (cómo y cuánto inclinarse ante alguien, a quienes se les debía respeto, cómo era el Japón real), tropezaban siempre con evasivas y preguntas sobre nuestras costumbres. Tratando de preguntar, terminábamos, invariablemente, dando explicaciones del carácter y el comportamiento local.
De pronto, un día, las visitas al aeropuerto se suspendieron. Su relación con mi tía, divorciada cuarentona con dos hijas adolescentes, se había estropeado; así que el japonés se mudó, de forma casi permanente, a la que había sido la casa veraniega de mis abuelos en Cuernavaca.
Casi se podría decir que desapareció. Nos olvidamos de él por completo hasta el día en que mi hermano llevó a un ligue casual a la casa y casi se matan de sendos ataques cardíacos.
Al día siguiente, ya libre de la aventura nocturna, mi hermano se sentó con Matsamitsu al sol. En el cortísimo diálogo que tuvieron, mi hermano le preguntó qué pensaba hacer en el futuro. El espía dio una respuesta de haikú: “He visto el cielo en Japón y en Cuernavaca. Ya puedo morir bien”.

jueves, octubre 26, 2006

La historia que Cinthya le cuenta a José Luis

En 1988 – o pudo ser en el 92, ya no recuerdo – en pleno período salinista, la directora del zoológico de Chapultepec le avisó al regente de la ciudad que el panda se había muerto.
El regente, al más puro estilo priísta de la época, le contestó el típico “hágale como quiera, pero en la reinauguración del parque tiene que estar el oso”.
Y no era para menos. El panda era la mayor atracción del zoológico. Uno de los primeros y poquísimos pandas nacidos en cautiverio. Vamos, hasta una canción tenía.
Así que la directora, una mujer medio zafada, que lloró frente a cámara en cadena nacional cuando la despidieron, decidió mantener vivo al oso. Ella o alguno de sus brillantes asesores – después de todo, ya lo dijo Göbbels (¿o fue Goehring?): una mentira repetida mil veces se vuelve verdad –.
Mandaron al cadáver con el mejor taxidermista que encontraron y le instalaron dentro un motor de relojería que daba la apariencia de que el animalito respiraba y se movía en sueños.
Cuando el parque volvió a abrir al público, la gente no notó la diferencia: al fin y al cabo, los pandas no se distinguen por ser particularmente activos.
Poco tiempo después se filtró a los medios la noticia de que el panda estaba enfermo, hasta que, finalmente, unas semanas después de la reapertura, se dio la noticia de que el panda había agravado, lo que precisó una cirugía a corazón abierto de la cual no se recuperó y murió.
Casi hubo un luto nacional.
Un luto por un monigote artificial, como esas figuras mecánicas que pretenden asustarte en los parques de diversiones y en las ferias de pueblo.

sábado, agosto 19, 2006

Episodio de guerra

Pasada la primera mitad del siglo antepasado, el ejército francés trató de conquistar México. Y esa intervención ha dado para una cantidad increíble de historias.
Cuenta mi abuelo que, en una de tantas batallas, el ejército francés hizo prisioneros a varios militares mexicanos. El coronel francés, en el más puro estilo europeo, ordenó que se les diera de comer a los cautivos, con la condición de que se fusilara a quienes no supieran usar los cubiertos.
–En aquellos tiempos la convención de Ginebra no existía, así que supongo que los coroneles podían hacer lo que les viniera en gana con sus prisioneros.–
Pues bien, algunos oficiales republicanos se salvaron y otros, no.
Ya se sabe cómo es la guerra.
Tiempo después, cuando la fortuna dejó de brillarles a los franceses, el coronel y sus oficiales fueron capturados por el mismo capitán mexicano que antes había sido su prisionero.
Cuando legó el momento de darles de comer, el capitán ordenó: “Denles tortillas. Y me fusilan a los que no se coman los cubiertos.”

viernes, agosto 18, 2006

Escena corporativa

En sus primeros años de trabajo en Automex, mi papá tenía un jefe inglés que se llamaba Jerry Roach.
A pesar de haber vivido muchos años en México, Jerry nunca aprendió a hablar bien español, aunque su forma de expresarse y de relacionarse con los demás reflejaban esa larga estancia en el trópico, lejos de la pérfida Albión.
Mi padre platica una anécdota que ejemplifica perfectamente ese su particular sentido del humor.
En aquel entonces, Automex estaba estrenando instalaciones en Toluca –quienes conozcan la ciudad han visto, al entrar desde México, los grandes conos blancos de los almacenes de refacciones, aunque ahora la empresa tiene otro nombre –. El jefe de Mantenimiento, Juan de Dios, estaba constantemente corriendo de un área a otra, “apagando fuegos” que los ingenieros civiles y los arquitectos no habían considerado en el proyecto original.
Pues bien, un día Jerry estaba lidiando con su asistente, un novato, cuando alguna emergencia ocurrió. Jerry, sin dar más explicaciones, le gritó a su asistente: “Llame a Dios”.
El chico se quedó helado y no supo que hacer.
Jerry se le quedó viendo e insistió: “Llame a Dios”. Y el asistente sin saber qué hacer.
Finalmente, en un golpe de inspiración, el muchacho se hincó y comenzó: “Padre Nuestro, que estás en los cielos…”.
A Jerry se le desorbitaron los ojos. “No, no, no, a ese Dios no, si viene ¡qué hacemos! Llame al de Mantenimiento”.

Ya por escrito, la historia pierde gran parte de su gracia. O, tal vez, nunca la ha tenido y es sólo que mi papá, en su inocencia propia de ingeniero, jamás puede contarla completa sin interrumpirse de risa.

martes, julio 11, 2006

Cucarachas

La mayor parte de las ciudades del mundo sufre de algún tipo de plaga. Barcelona no es la excepción. Su clima cálido y húmedo es factor aliciente y agravante a la vez. Las cucarachas pululan, sobre todo, en el barrio antiguo. Habitan en las tuberías, en los huecos de las paredes. En todo lugar en donde haya una pequeña grieta, allí seguro habrá alguna.
La mayor parte son pequeñas, no mayores de medio centímetro, negras, rápidas. Nerviosas. Y hay muchas. Por todos lados.
Cuando se enciende la luz, corren en desbandada, hacia todas partes, huyendo del cazador que, frustrado, las ve desaparecer, poniéndose a salvo del zapato, del periódico o del matamoscas.
En general, son bichos inmundos y despreciables, no importando su reconocida capacidad de supervivencia.

– Alguna vez escuché la historia de que en los Estados Unidos se había hecho un experimento, tratando de erradicarlas con radiación. (No dudo de la veracidad de la anécdota: los gringos son capaces de todo). No sólo sobrevivieron sino que, además, contaminaban todo con lo que tenían contacto. Eventualmente, el ejército tuvo que asignar un comando especial para su exterminio. El procedimiento estándar fue simple: localizarlas con la ayuda de un contador Geiger y aplastarlas con un martillo de goma.
Tengo entendido que la población en Nueva Inglaterra en donde tuvo lugar el experimento es actualmente un pueblo fantasma, habitado aún por las descendientes radioactivas de aquellas pruebas de la Guerra Fría.
Me pregunto si, al saber esto, los seguidores de PETA levantarán el puño derecho en ademán de victoria, orgullosos ante la reivindicación de los derechos animales y la ironía del caso. ¿O sería posible imaginar a alguno de sus militantes dando furibundos golpes con una sandalia en un vano intento por acabar con alguna de sus molestas compañeras de piso? –