jueves, julio 03, 2008

Solicitud de ayuda
¿Por qué esta cosa no me respeta el formato?
Cuando uso el editor todo parece perfecto... Pero cuando se publica la entrada, el formato se va al garete.
Las sugerencias serán bienvenidas a duque01@gmail.com.
Los negros pájaros del deseo me abordan

Bajan Suben
Juegan

Se empeñan en sus cantos de picos negros
Y alas verde azules

Me van dejando
Desnudo
Ciego
Sordo

Carcomido en sus gritos Selvas
Coníferas

Los miro cercanos
Hoy cuervos Mañana mirlos

Vienen
Tocan
Mi piel desnuda
La fiebre que provocan

Mi hastío


Suben Bajan
Juegan

Me dejan en los labios

Sabor de plumas
Tintas
Negras

Amargas

miércoles, julio 02, 2008

Cuestionario
Imagina no poder dormir. Supón que rápidamente se acumulan las noches en que el dios del sueño ha olvidado que debe visitar tu dirección. ¿En qué te refugias?
¿Te dejas caer en libros, cintas, películas del último, último show de la noche? Las salidas son fáciles: cada vez hay más y más canales y sintonías a las que puedes acudir. Revisar una y otra vez los canales del cable, buscando películas que no has visto aún. Darle la vuelta entera al radio en pos de una estación que trasmita en vivo.
Pero, ¿qué pasaría si el insomnio sigue? ¿Qué si has sido vedado de tal descanso?
¿Tras de quién te lanzas? Eventualmente los libros se agotan. Las películas se repiten una y otra vez en los infinitos canales de los satélites y sus redes. La sintonía deja de hablar (hay muchos locutores que duermen y pocos que se mantienen en vela) y repite las mismas melodías de todas las noches.
La idea no es pasarse echado sobre el colchón en actitud de momia despierta. ¿Sales a la calle a perseguir fantasmas?
-¿Qué clase de insomnio sufren los vigilantes urbanos que asumen esas persecuciones? ¿Has leído la versión oscura y real del Batman, de Jack, tantos cazadores falsos y reales?-
¿Comienzas a seguir a alguien? ¿A quién?
Incluso en ciudades tan cosmopolitas como Nueva York, Barcelona, México (la ciudad más grande y poblada del mundo), las posibilidades se agotan con relativa rapidez.
En las poblaciones más pequeñas, los rondines, que se van volviendo cada vez más temerarios y más lejanos, llegan pronto (demasiado pronto) a los límites urbanos externos y, entonces, hay que volver sobre la huella, visitando los límites interiores, que generalmente son más extraños.
¿Cuándo comienzas a volverte vampírico y nocturno?
-Lo noctámbulo ya va por descontado.-
¿En qué momento dejas de perseguir tu sombra y comienzas a perseguir la de otros habitantes de la noche y del día? La noche tiene ventajas: nadie sabe el origen de tus pasos, excepto tú mismo.
¿Cuándo el insomnio te vuelve invulnerable e invisible? ¿Cuándo te da la transparencia mental para juzgar a otros? ¿Cuándo te vuelves juez? ¿Cuándo jurado y verdugo?
Los libros. Las películas, las cintas, el radio. Todos te encaminan. ¿Cuándo comienzas a sacarle ventaja a la noche, al anonimato, a la sombra y a la niebla? ¿Cuándo te vuelves voyeur? ¿Cuándo comienzas a darle infinitas vueltas a las calles, siguiendo a los borrachos, a los trasnochados, al ejecutivo adicto al trabajo, vigilando a las prostitutas?
¿En cuál noche comienzas a asomarte a las ventanas de tus vecinos, a los parques presumiblemente desiertos?
¿Cuándo te vuelves testigo del primer crimen?
-¿vas tras el ladrón? ¿Lo detienes? ¿Delatas al asesino? O te es imposible, porque eres tú mismo.-
¿Cuánto tiempo requieres para ponerte una bala en la cabeza? ¿Cuánto para ponerla en la de otros?
* * *
He contado ya tres días de insomnio. Bostezo de manera repetida y sostenida.
¿Cuántos días, cuántas horas más me quedarán de cordura?

martes, junio 03, 2008

El espía japonés

Conocí a Matsamitsu cuando era espía en México. Huelga decir que, mientras tuvimos contacto con él, nunca existió la certeza de su oficio, aunque siempre lo sospechábamos.
Una de mis tías lo tuvo como compañero de viaje mientras “hacía las Europas”. Mi tía, al regresar, le había hecho el clásico ofrecimiento de hospedaje en casa, tan típico en mi tierra. Y así, un día, tuvimos frente a nosotros a un japonés de 1.85, que nunca tomaba fotos, pero que se dedicaba a pasear por los lugares más anodinos de la ciudad y a visitar, cada dos o tres semanas, el aeropuerto, con intenciones incomprensibles.
Sin embargo, su costumbre de fumar lánguidamente largos cigarrillos blancos y de alimentar al perro de mi tía con porciones de su plato, pronto se convirtieron en algo natural para la familia.
Todos nuestros esfuerzos – o por lo menos, los míos – por aprender algo de su cultura (cómo y cuánto inclinarse ante alguien, a quienes se les debía respeto, cómo era el Japón real), tropezaban siempre con evasivas y preguntas sobre nuestras costumbres. Tratando de preguntar, terminábamos, invariablemente, dando explicaciones del carácter y el comportamiento local.
De pronto, un día, las visitas al aeropuerto se suspendieron. Su relación con mi tía, divorciada cuarentona con dos hijas adolescentes, se había estropeado; así que el japonés se mudó, de forma casi permanente, a la que había sido la casa veraniega de mis abuelos en Cuernavaca.
Casi se podría decir que desapareció. Nos olvidamos de él por completo hasta el día en que mi hermano llevó a un ligue casual a la casa y casi se matan de sendos ataques cardíacos.
Al día siguiente, ya libre de la aventura nocturna, mi hermano se sentó con Matsamitsu al sol. En el cortísimo diálogo que tuvieron, mi hermano le preguntó qué pensaba hacer en el futuro. El espía dio una respuesta de haikú: “He visto el cielo en Japón y en Cuernavaca. Ya puedo morir bien”.

jueves, octubre 26, 2006

La historia que Cinthya le cuenta a José Luis

En 1988 – o pudo ser en el 92, ya no recuerdo – en pleno período salinista, la directora del zoológico de Chapultepec le avisó al regente de la ciudad que el panda se había muerto.
El regente, al más puro estilo priísta de la época, le contestó el típico “hágale como quiera, pero en la reinauguración del parque tiene que estar el oso”.
Y no era para menos. El panda era la mayor atracción del zoológico. Uno de los primeros y poquísimos pandas nacidos en cautiverio. Vamos, hasta una canción tenía.
Así que la directora, una mujer medio zafada, que lloró frente a cámara en cadena nacional cuando la despidieron, decidió mantener vivo al oso. Ella o alguno de sus brillantes asesores – después de todo, ya lo dijo Göbbels (¿o fue Goehring?): una mentira repetida mil veces se vuelve verdad –.
Mandaron al cadáver con el mejor taxidermista que encontraron y le instalaron dentro un motor de relojería que daba la apariencia de que el animalito respiraba y se movía en sueños.
Cuando el parque volvió a abrir al público, la gente no notó la diferencia: al fin y al cabo, los pandas no se distinguen por ser particularmente activos.
Poco tiempo después se filtró a los medios la noticia de que el panda estaba enfermo, hasta que, finalmente, unas semanas después de la reapertura, se dio la noticia de que el panda había agravado, lo que precisó una cirugía a corazón abierto de la cual no se recuperó y murió.
Casi hubo un luto nacional.
Un luto por un monigote artificial, como esas figuras mecánicas que pretenden asustarte en los parques de diversiones y en las ferias de pueblo.

sábado, agosto 19, 2006

Episodio de guerra

Pasada la primera mitad del siglo antepasado, el ejército francés trató de conquistar México. Y esa intervención ha dado para una cantidad increíble de historias.
Cuenta mi abuelo que, en una de tantas batallas, el ejército francés hizo prisioneros a varios militares mexicanos. El coronel francés, en el más puro estilo europeo, ordenó que se les diera de comer a los cautivos, con la condición de que se fusilara a quienes no supieran usar los cubiertos.
–En aquellos tiempos la convención de Ginebra no existía, así que supongo que los coroneles podían hacer lo que les viniera en gana con sus prisioneros.–
Pues bien, algunos oficiales republicanos se salvaron y otros, no.
Ya se sabe cómo es la guerra.
Tiempo después, cuando la fortuna dejó de brillarles a los franceses, el coronel y sus oficiales fueron capturados por el mismo capitán mexicano que antes había sido su prisionero.
Cuando legó el momento de darles de comer, el capitán ordenó: “Denles tortillas. Y me fusilan a los que no se coman los cubiertos.”

viernes, agosto 18, 2006

Escena corporativa

En sus primeros años de trabajo en Automex, mi papá tenía un jefe inglés que se llamaba Jerry Roach.
A pesar de haber vivido muchos años en México, Jerry nunca aprendió a hablar bien español, aunque su forma de expresarse y de relacionarse con los demás reflejaban esa larga estancia en el trópico, lejos de la pérfida Albión.
Mi padre platica una anécdota que ejemplifica perfectamente ese su particular sentido del humor.
En aquel entonces, Automex estaba estrenando instalaciones en Toluca –quienes conozcan la ciudad han visto, al entrar desde México, los grandes conos blancos de los almacenes de refacciones, aunque ahora la empresa tiene otro nombre –. El jefe de Mantenimiento, Juan de Dios, estaba constantemente corriendo de un área a otra, “apagando fuegos” que los ingenieros civiles y los arquitectos no habían considerado en el proyecto original.
Pues bien, un día Jerry estaba lidiando con su asistente, un novato, cuando alguna emergencia ocurrió. Jerry, sin dar más explicaciones, le gritó a su asistente: “Llame a Dios”.
El chico se quedó helado y no supo que hacer.
Jerry se le quedó viendo e insistió: “Llame a Dios”. Y el asistente sin saber qué hacer.
Finalmente, en un golpe de inspiración, el muchacho se hincó y comenzó: “Padre Nuestro, que estás en los cielos…”.
A Jerry se le desorbitaron los ojos. “No, no, no, a ese Dios no, si viene ¡qué hacemos! Llame al de Mantenimiento”.

Ya por escrito, la historia pierde gran parte de su gracia. O, tal vez, nunca la ha tenido y es sólo que mi papá, en su inocencia propia de ingeniero, jamás puede contarla completa sin interrumpirse de risa.

martes, julio 11, 2006

Cucarachas

La mayor parte de las ciudades del mundo sufre de algún tipo de plaga. Barcelona no es la excepción. Su clima cálido y húmedo es factor aliciente y agravante a la vez. Las cucarachas pululan, sobre todo, en el barrio antiguo. Habitan en las tuberías, en los huecos de las paredes. En todo lugar en donde haya una pequeña grieta, allí seguro habrá alguna.
La mayor parte son pequeñas, no mayores de medio centímetro, negras, rápidas. Nerviosas. Y hay muchas. Por todos lados.
Cuando se enciende la luz, corren en desbandada, hacia todas partes, huyendo del cazador que, frustrado, las ve desaparecer, poniéndose a salvo del zapato, del periódico o del matamoscas.
En general, son bichos inmundos y despreciables, no importando su reconocida capacidad de supervivencia.

– Alguna vez escuché la historia de que en los Estados Unidos se había hecho un experimento, tratando de erradicarlas con radiación. (No dudo de la veracidad de la anécdota: los gringos son capaces de todo). No sólo sobrevivieron sino que, además, contaminaban todo con lo que tenían contacto. Eventualmente, el ejército tuvo que asignar un comando especial para su exterminio. El procedimiento estándar fue simple: localizarlas con la ayuda de un contador Geiger y aplastarlas con un martillo de goma.
Tengo entendido que la población en Nueva Inglaterra en donde tuvo lugar el experimento es actualmente un pueblo fantasma, habitado aún por las descendientes radioactivas de aquellas pruebas de la Guerra Fría.
Me pregunto si, al saber esto, los seguidores de PETA levantarán el puño derecho en ademán de victoria, orgullosos ante la reivindicación de los derechos animales y la ironía del caso. ¿O sería posible imaginar a alguno de sus militantes dando furibundos golpes con una sandalia en un vano intento por acabar con alguna de sus molestas compañeras de piso? –

domingo, julio 09, 2006

El mejor hombre

Estoy tan cierto de que mi opinión política es tan mala y endeble que dudo en expresarla por escrito. Además, he dado tantos bandazos en mi vida con respecto a mis creencias que tampoco creo ser representante de la mayoría, muestra válida para un estudio sociológico, encuesta de tendencia cuantitativa ni un ejemplar fáctico de valor cualitativo.
Cuando estudiaba en la secundaria tuve la fortuna de tener entre mis profesores a un socialista que había participado en la insurrección guerrerista armada de los 70’s. Al mismo tiempo, el padre de uno de mis amigos era troskista y miembro activo del PT. Fue entonces que, un tanto desencantado, descubrí que hasta entre socialistas y comunistas había diferencias tan grandes que no podían ser zanjadas.
En la preparatoria y en la universidad me consideré más bien “ecologista”, con campañas de apoyo a los verdes. Recuerdo que uno de mis primeros votos en la mayoría de edad se lo otorgué al PSUM (el gallo rojo comunista): un hombre que vivía en el barrio de al lado se postulaba para presidente municipal, ¡por supuesto que tuvo mi voto!
Luego vendrían mis días universitarios en una institución privada. Mi familia, atípicamente clasemediera, dependiente del salario de un empleado de gran empresa trasnacional, tal vez hubiera pagado mis estudios allí. Lo que es cierto es que mi desempeño como alumno me ayudó a estudiar becado en la escuela de ingeniería más cara de Latinoamérica – me gustaría poder decir que era, al mismo tiempo, la mejor, pero muchos podrán poner eso en tela de juicio.
Durante ese tiempo, y durante mis siguientes años ya como graduado, reconocí la inevitable certeza del modelo de libre mercado. Y la verdad es que me acomodaba bien. En él fui educado, reconozco sus ventajas y, no sólo no puedo negar su influencia, sino tampoco sus efectos en mi vida.
He crecido y me he desarrollado alrededor de la idea de la meritocracia en la que el modelo está fundamentado. No niego las virtudes y ventajas de otros modelos económicos, pero esos modelos llegan a mis oídos cargados de imágenes de buena voluntad y poca factibilidad.
Mis estudios superiores los cursé en una universidad americana, con lo que la marca del modelo quedó aún más grabada en mí. Despegarme de esa marca me suena extraño. Incluso, me causa disonancia cognoscitiva.
No niego que el esquema libre-mercadista tiene sus fallos y desventajas. Pero también estoy convencido que otros modelos hacen agua con igual e incluso mayor rapidez.
Por ejemplo, creo que, desde que está inherentemente basado en el reconocimiento del mérito, es menos dado a crear injusticias. Esto es, más cuestionable sería la aristocracia de una cúpula, a la cual sólo se accede a través del nacimiento, o el socialismo a ultranza, que reparte parejo basado en la existencia del individuo, sin importar su esfuerzo o voluntad.
Ya aplicado a mi país – patria víctima de mis desplantes esquizofrénicos –, tengo que reconocer que estamos más cerca de esa temida aristocracia, o mejor dicho, de una oligarquía, que de un sistema basado realmente en el mérito de sus participantes. Pero tengo confianza en que el movimiento será poco a poco en esa dirección.
Reconozco en las protestas de mis amigos izquierdistas lo razonable de sus peticiones de igualdad y apoyo a los más pobres, a un reparto más uniforme de la riqueza. Pero también siempre me queda la duda si ese reparto uniforme es realmente justo. No dudo que hay quienes con un poco de ayuda podrían salir adelante y mejorar su situación y la de la sociedad y de la comunidad a la cual pertenecen. Pero siempre he tenido la duda si el subsidio es la respuesta real.
- Y he aquí que descubro el primer fallo en mi argumentación, una grieta en mi discurso: ¿no gocé yo acaso de sendos subsidios en mis estudios y en mi formación? Sin ellos seguro que no hubiera estudiado en las universidades en dónde lo hice ni hubiera tenido la formación con la cual gozo -.
¿Cuándo entregar este subsidio? ¿A quién? ¿Dónde está la tenue línea que marca el apoyo indiscriminado, populista, de la ayuda real, que puede romper la inercia y generar un ciclo creador de riqueza?

Así como yo no me creo en la altura moral para darle de patadas al pesebre del cual he comido (las instituciones privadas, la clase media, la iniciativa privada, la industria), así también creo que hay quienes olvidan que gozaron de esos mismos privilegios y que ahora, me parece, lo olvidan.
No les acuso de traición: la única traición posible es cuando uno no se es fiel a uno mismo, pero tampoco puedo evitar que, al escuchar sus ideas, descubrir lo que considero un dejo de incongruencia.
Son como aquellos extranjeros que hacen sus “vacaciones revolucionarias” en Chiapas, para regresar a la certeza, la comodidad y la seguridad de su bienestar primer mundista. A los beneficios de su “salario púrpura”, como le llama el escritor Phillip Jose Farmer.
O los que, becados por el gobierno derechista, “huyen” a algún país europeo o norteamericano para desde allí quejarse amargamente de la situación de los pobres en México o de la traición a la izquierda mexicana.
Particularmente estremecedor me pareció el comentario de uno de ellos cuando, al explicar la trayectoria electoral del candidato socialista a la presidencia nacional, aseguraba que ganaría y de no ser así, sería un fraude. ¡Aún no eran las elecciones y ya eran víctimas de un fraude electoral!
Insisto en que ni yo ni mi círculo cercano pueden ser representativos, pero la gran mayoría de mi clasemediera y aburguesada familia y amistades votaron (o estaban en intención de votar) por el candidato de la derecha. Supongo que bajo la perspectiva de ese conocido mío en el destierro primermundista, todos esos votos – o intenciones de voto – no cuentan. O, simplemente, como yo mismo reconozco, no son ni significativos, ni dignos de tomar en cuenta.
Pero, si mis ideas son extrapolables hacia otros, ¿no era acaso factible que el candidato derechista obtuviera el triunfo por una diferencia muy pequeña? Pero, tal parece que, por el hecho de que ese candidato represente la continuidad de un modelo ya iniciado hace seis años, ya de inmediato es cuestionable, corrupto y su triunfo en las elecciones, fraudulento.
Demasiado temprano se grita “fraude” como para poder ser empático con quien lo dice. En el aparente discurso de mi camarada, la victoria estaba con el candidato de su predilección o de lo contrario se había maquinado una felonía. Sin importar que otros no pensaran como él. Supongo que, en su obcecación, todos esos “otros” no contaban. O no existían.

Lamento no compartir el rencor de clase. Lamento no compartir la idea de que otorgando mini-pensiones gratuitas a los adultos mayores su situación mejorará.
- Este es uno de los lemas de campaña del candidato de izquierda más sujeto a cuestionamiento. Sus seguidores, en un válido intento de racionalizar lo injustificable (algo así como hallar la cuadratura del círculo) lo soportaron con la idea de que si en los Estados Unidos los ciudadanos mayores reciben pensiones, entonces significa que la medida no es populista ni inviable. Lamento recordarles que ambos razonamientos de soporte están basados en pequeñísimos fallos, que supongo que por lo pequeño de la letra pasaron desapercibidos al defensor de la idea y no que los haya pasado por alto de manera intencional.
Uno, en efecto, en los países “desarrollados” los adultos mayores reciben sendas pensiones al jubilarse que pueden provenir del gobierno (las menos) o de una institución privada (un fondo de pensiones). Pero no se trata de un derecho inherente al individuo, sino beneficios que se ganaron ahorrando y colocando ese dinero en instituciones, descontándolas de sus salarios. Si alguien no pagó esas cuotas en el pasado, no tiene derecho a pensión alguna.
Segundo, la idea sí que es inviable: el sistema de pensiones americano (y de muchos otros países en el mundo, entre ellos el alemán y el francés) está en quiebra y los gobiernos ya no saben qué hacer para salir del atasco. –
Tampoco creo que basándonos en subsidios puede crecer una economía y con ella, los beneficios que se reparten en la sociedad y entre sus miembros.
Aplaudo su idea de aumentar la eficiencia del sistema tributario. Y de la creación de la pequeña y mediana empresa. Pero, si no recuerdo mal mis clases en esas malvadas instituciones imperialistas, esas ideas pertenecen al modelo del libre mercado. Y si es así, ¿para qué negar la influencia y acusar a otros que comulgan de ellas de “neoliberales”? (Como si los términos “globalización”, “neoliberal” y “libre mercado” fueran palabras obscenas, sólo propias para insultar y exentas de cualquier otro significado desligado de lo peyorativo).

También le otorgo mi voto de confianza a la continuación del modelo instaurado hace seis años bajo la idea de que un sexenio no es tiempo suficiente para hacer os cambios necesarios. Máxime cuando se cuenta con un congreso dividido que puede frenar y rechazar cualquier iniciativa (para bien y para mal).
No creo que seis años después del primer cambio debamos hacer el siguiente, así, de buenas a primeras. Me parece que un cambio radical a esta altura no sólo no da continuidad a lo ya iniciado, sino que puede hacer llevarnos a dar bandazos: la alternancia no se da así porque sí, ni es la panacea. Lo que no significa que cuando se reconoce que algo que no va bien es necesario cambiarlo. Y creo que un alto porcentaje de personas comulgan con mis ideas y su opinión merece respeto.

También, para qué negarlo ni aplazarlo; mi voto no está con el candidato de la izquierda porque nunca atrajo mi atención ni mi confianza.

En la distancia me entristeció muchísimo reconocer las campañas de descalificación que ambos candidatos urdieron contra su rival. No sólo no les atrajeron votos, sino que han polarizado a sus seguidores, haciendo casi imposible la reconciliación y la negociación al terminar el periodo electoral.
Porque, ¿cómo me acercaré a alguien para pedirle que coopere conmigo si me he dedicado a insultar su persona y sus ideas, poniéndole sobrenombres, llamándole asesino o corrupto (sin ofrecer las pruebas que lo soporten: eso no sólo es difamación, sino una clara canallada)?
Hemos, durante este período electoral, olvidado no sólo que quienes se ofrecen como gobernantes de nuestro país deben no sólo ser los mejores representantes de nuestras virtudes sino además caballeros, en el menos amplio y más arcaico sentido de la palabra.
- Tal vez es la razón por la cual en estos momentos me da por el romanticismo y el idealismo facilón y añoro aquella inocente idea de la aristocracia en el sentido aristotélico: un gobierno de los mejores, en donde la nobleza obliga. -
Y como caballeros se reconoce el triunfo y la derrota. Con gracia y con altura moral. No con desplantes ni amenazas.
Después de todo, la verdad siempre emerge.

Me disculpo con mis amigos con quienes no comparto ideales políticos. Suplico sus perdones por no compartir sus ideas de que hubo un fraude electoral. También por no poder considerar que el representante de la izquierda pudiera ser el mejor gobernador posible, ni el poder comulgar con sus estrategias y su forma de hacer política.
Espero que el futuro pruebe que mis preferencias no están equivocadas.
Si así fuera, espero tener el coraje y la entereza para ser el primero en reconocerlo.

lunes, marzo 13, 2006

Reunión de finanzas

En abril del ‘97, a penas unos días antes de que nos anunciaran la compra de la empresa por un importante grupo suizo, el área en que trabajaba tuvo su convención anual. Esa vez tocó en Huatulco. Estas escapadas a la playa eran una costumbre recurrente, impuesta por mi jefe, un alemán-venezolano. Era su creencia que tal práctica ayudaba a aliviar el estrés y a fomentar el acercamiento entre el personal. Para nosotros, que las aplaudíamos, eran el pretexto para, además de reunir a todos los financieros, disfrutar de tres o cuatro días de ocio por cuenta y cargo de la compañía.
Así, con las tardes y las noches libres, estas reuniones siempre tenían más partidarios a favor que en contra.
Pero, al margen del bronceado que pude obtener en aquella ocasión, hubo ciertos incidentes que hicieron memorable ese viaje.
El primero de ellos es el episodio de Annie. En aquel entonces tenía una gatita blanca con manchas negras, a la manera de las vacas Holstein, que era celosa y posesiva. Como buen animal doméstico, Annie tenía costumbres y rituales. Entre ellos estaba el darme compañía mientras me duchaba por las mañanas, siguiéndome a la habitación, observando cómo me metía en mis ropas de ejecutivo para saltar, finalmente, a mi hombro cuando, ya vestido del todo, me calzaba sentado en el borde de la cama. Pues bien, el día del viaje a Huatulco, con el horario y la rutina descompuestos, traté de seguir un poco el ritual normal. Después del baño, fui a sentarme, desnudo, en la cama para arreglarme un poco los pies cuando, de pronto y de la manera más natural para ella, sentí su peso en mi hombro y las garras en mi espalda. Muy diferente es la superficie de mi piel y, definitivamente, sin la textura de apoyo que siempre encontraba en mis ropas, así que Annie trató, a base de uñas, de sujetarse lo mejor que podía, dejándome la espalda llena de arañazos en el intento.
Más tarde, en la primera sesión de alberca, sus rasguños causaron, primero, la sorpresa y, después, la hilaridad de mis compañeros, quienes hacían apuestas sobre la identidad de la improbable gatita que habría dejado tales marcas.
El segundo episodio, emparentado con este por el tenue cordón umbilical de las costumbres y los rituales, ocurrió esa misma noche. Entre mis hábitos extravagantes tengo el bañarme, siempre que me es posible, desnudo en el mar. Y la oportunidad estaba que ni pintada: una buena playa, un mar calmo y una noche sin luna eran demasiado buenos para dejarles escapar. Así que, aprovechando el descuido de los demás, me escapé de los juegos nocturnos en la alberca.
Desgraciadamente, no fui tan subrepticio como hubiera querido. Mis colegas, en diversos grados de embriaguez, supusieron que compartía su alcoholismo y que, en un delirio, me metía al mar no del todo dueño de mí mismo. Sus carreras y gritos llegaron a la playa cuando yo ya me encontraba nadado en traje de Adán. Demasiado bebidos para lanzarse en mi rescate (como si yo lo necesitara) sólo lograron atraer la atención de más personas. Es natural que mi renuencia a salir aumentara en proporción al público reunido. Al final, tuve que advertirles la razón de mis negativas. Alguien me arrojó la ropa y, nueva victima de burlas ahora mezcladas con reproches, abandoné el agua. Por fortuna, hubo quienes protagonizaron incidentes aún más bochornosos esa noche, así que el mío pasó al olvido, clasificado como “pecado menor”.
El tercer episodio ocurrió al día siguiente. Tratando de ser más cuidadoso y evitando volver a ser el foco de atención de las bromas, me uní a los que tomaban el sol. Cualquiera que haya visitado una playa sabe que no existe tal cosa como estar en ella en paz. Uno se ve constantemente acosado por vendedores de cien y mil cosas. Desde collares a viajes en motos acuáticas, pasando por sombreros, camisetas, tatuajes más o menos temporales y otras mil porquerías. Pues bien, en una de tantas, un grupo de mujeres llegó ofreciéndole a mis compañeras peinarles el cabello con ese estilo en trencitas que tan popular hizo Bo Dereck cuando sale del mar en “10”. Y ellas cayeron en la tentación.
Mientras las veía, entusiasmado y divertido, me propusieron que yo también me hiciera algo en el pelo. Como buen yuppie siempre lo he usado corto, por lo que la invitación más parecía más un reto para las peinadoras que para mí. Así que acepté, tratando de adivinar cómo lo resolverían.
Usando hilos de colores (amarillo, azul marino, verde y turquesa), hicieron una tira que comenzaba en un mechón de cabello de mi coronilla, bajaba por detrás de la oreja y llegaba más abajo del hombro derecho. Me gustó y creo que incluso algunos de mis colegas vieron el adorno con cierta envidia.
Pero lo mejor ocurrió durante el desayuno del día de partida, cuando una de las animadoras del hotel me pidió que la acompañase. Esa mañana ella tenía que cuidar y entretener a un grupo de niños. Varios de ellos se habían sentido atraídos por la cinta en mi cabello y querían saber qué era y para qué servía. La respuesta, he de confesarlo siempre, fue una inspiración: era mi encendedor de ideas. Así, como en los dibujos animados: cuando quería una idea, tiraba del cordel y la idea se prendía.
Los niños (y también la chica) quedaron fascinados.
He de reconocer que nunca he tenido una salida mejor.
Y creo que es eso lo que más añoro de aquella reunión de finanzas en la playa. Más que el haber sido nombrado ejecutivo del año durante la cena de la última noche o el convivir con gente que, unas cuantas semanas después, ya no trabajaba para la firma (despedidos por causa de la compra de la empresa).
Tanto que aún guardo la tira de hilos, esperando que, algún día, pueda servir para prenderme el foco e iluminarme las ideas.

miércoles, febrero 01, 2006

Imágenes barcelonesas (XII)
Me gusta caminar por las Ramblas, sobre todo de noche, cuando lo más estrafalario de la fauna humana sale a pasear. Es entonces que la calle es tomada por un ejército variopinto y surrealista.
Veo a las alemanas y a las nórdicas, jóvenes y delgadas, emperifolladas y sugerentes; a las francesas, de actitud altiva y desdeñosa; a las inglesas, faltas de garbo y ahogadas de borrachas. A las latinoamericanas, de voces escandalosas. A las chicas darkies, con sus cursis encajes y terciopelos negros. O a las hippies, de colores extravagantes y cuidadoso desaliño.
Y, sobre todo, a las españolas en general (y a las catalanas en lo particular): no puedo negar que son atractivas. Incluso guapas. Pero están perennemente enojadas.

sábado, enero 28, 2006

Cinco hábitos extraños

- Mirar a la gente de forma intensa
- Fijarme en los zapatos de las mujeres
- Modificar mi acento al hablar. Por ejemplo, cuando hablo en inglés con cualquier persona, soy muy consciente e, incluso, exagero mi acento, queriendo hacerlo británico. Sin embargo, cuando mi interlocutor es gringo, me despreocupo. También algo ocurre con mi acento en español: hago todo lo posible por mantener un acento neutro, evitando el tono y la cadencia de los habitantes de mi región (le huyo al acento chilango)... He llegado al grado de que, en España, uso el vosotros y sus conjugaciones.
- Hablar de más… Como los peces, siempre caigo por la boca.
- Me rasuro a ciegas. Cada tercer día. Con los ojos cerrados. En la ducha. Barba y cabeza.
- Un sexto (reforzando ese cuarto hábito ya mencionado): diluyo el refresco en agua. A partes iguales.

jueves, enero 19, 2006

Imágenes barcelonesas (XI)
No puedo negar que me sorprendí cuando me abordó. Me preguntó por un bar dominicano del que yo tenía un cierto recuerdo: allí festejamos el cumpleaños de una compañera de la maestría a inicios del verano.
Le dije que el nombre me era familiar, pero no recordaba bien en dónde estaba. Había dos opciones y, la verdad, sería más fácil acompañarla que explicarle.
Dudaba.
No la culpo. No es normal que un desconocido se ofrezca a hacerla de guía, menos aún de noche y con frío. Sin embargo, ¿cuál es la posibilidad de que se le pidan instrucciones a un asesino en serie?
Supongo que ella pensó lo mismo y aceptó. Pero seguía nerviosa: siguió hablando y diciendo bromitas sobre el frío, sobre el no tener la dirección correcta del bar, sobre el llevar un regalo y no sólo su sonrisa.
Yo contestaba con pequeñas galanterías.
Muy pronto dijo mucho: venía a la fiesta de despedida de – ¡qué casualidad! – una pareja de mexicanos, compañeros de su nuevo trabajo.
Vestía un largo abrigo blanco y jugueteaba de continuo con un paquete rojo – el complemento a la sonrisa, pensé.
Encontramos el bar a la primera y me despedí en la puerta.
“¿Quieres entrar a beber algo?”
Tentador y todo, no acepté la invitación. “Otra vez será”.
Me fui con sentimientos encontrados. No le pregunté su nombre, su teléfono, nada. La verdad es que, para ligar, soy un individuo más bien inofensivo. Sencillamente, nunca reconozco el tempo.

viernes, diciembre 23, 2005

Ella se va de casa. Adiós, adiós.

Mi madre nació a inicios de los 40’s. Más una contemporánea de Elvis (aunque nunca férrea seguidora) y de otros rocanrrolleros, los Beatles le llegaron tarde. Fue hasta mi adolescencia, cuando me dio por rescatar del polvo los acetatos que mis tíos habían dejado en la casa de los abuelos, que el cuarteto entró a nuestras vidas.
Así, los descubrimos juntos. Incluso, se hizo de una canción favorita: “She’s leaving home”, del Sargent Pepper’s. Pero, a pesar de contar con un título de secretaria bilingüe, algo en la mente de mi madre decidió cambiar la historia: para ella, quien se va es la madre, no la hija.
Hemos discutido esto varias veces. No le importa, sigue con su interpretación.
Ahora, que creo haber superado las etapas sucesivas de “mis padres lo saben todo” y “los viejos no tienen ni idea”, concuerdo: su versión es mejor.

sábado, diciembre 17, 2005

Imágenes barcelonesas (X)
Hacía un rato grande que no veía a nadie llorar a gritos. Por eso me sorprendió tanto oírla desde el extremo de la calle, aferrada al teléfono público como a una cuerda salvadora.
Rogaba con un llanto acuoso, a moco tendido, esgrimiendo razones que, en su desesperación, repetía, dejándolas ajadas e inservibles.
Hubiera querido seguir escuchando pero la certeza de su desgracia íntima exhibida así - en plena calle, en público -, me obligó (y supongo que a los demás también) a huir, tratando de rescatar, en lo posible, el decoro.

martes, diciembre 06, 2005

Imágenes barcelonesas (IX)
Eran tres chicas. Las proverbiales rubia, castaña y negra. Iban sentadas en esos asientos de cubo en los cuales dos ven hacia al frente y dos hacia atrás, muy prácticos para la socialización, pero terribles para viajar cuando, como yo, te mareas con facilidad.
Iban platicando de su trabajo más reciente y de sus respectivos portafolios, criticando a la jefa o dueña de la agencia para la cual trabaja cada una de ellas. Aunque suene a cliché, todo en ellas lo era: sus pieles perfectas, sus cabellos y ojos brillantes y coloridos, su delgadez imposible, su no del todo superada adolescencia. Llenaban con exactitud y precisión el lugar común de las modelos. Hasta en el tono y en el tema de su conversación.
No pude evitar preguntarme ¿qué es lo que Desmond Morris escribió con relación a los especimenes como estos, si es que escribió algo? ¿Dónde está la certeza y la igualdad del mono desnudo, hijo de la evolución selectiva? Me descubrí fiel representante de mi sexo, chovinista, deleitándome, muy a mi pesar, con su obvia belleza y fragante superficialidad.
Días, semanas después, mientras caminaba, me topé con otro digno espécimen, este más maduro y, por lo mismo, con una mayor certeza de su sensualidad. Era imposible no verla. Su gran estatura era acentuada por interminables tacones de aguja. Una vez más el brillo de su piel, cabello, ropas, todo, la hacían blanco de la miradas evidentes y subrepticias. Cumplía al pie de la letra con la definición de glamorosa, incluso en su sentido más peyorativo.
Ésta era acompañada por un hombre que, al lado de cualquier otra mujer, probablemente, hubiera sido considerado como normal o tal vez atractivo, pero que perdía por completo cualquier asomo de personalidad propia en la cercanía de la bella. Incluso, el término “era acompañada” es demasiado benevolente. Más parecía que la escoltaba, de cerca, pero nunca junto. Siempre atrás, a su sombra. Imposible confundirlo con un guardaespaldas: el hecho de que ambos vistieran de la misma manera (con excepción obvia de los zapatos altos) y un aire de satisfacción, de autosuficiencia, que a veces, aunque no siempre, asomaba en los ojos de él, y que delataban cierta posesión, le colocaban en el estatus de novio o amante. (Esa mirada aparecía, sobre todo, cuando él descubría en otros ojos la admiración hacia su mujer, como diciendo “envídiame”.)
Altiva y soberbia, la mujer requería sobre sí una cantidad ingente de atención. Sus modos lo demandaban. Tuve que preguntarle a mi acompañante si se trataría de alguna celebridad. No. Por lo menos no de una que nos fuese conocida.
Ahora, tiempo después de mi acercamiento con la belleza, caigo en cuenta del rasgo común y más significativo en las cuatro mujeres: ese perenne rictus de asco que torcía sus labios y fruncía sus narices.
Tras ser consciente de su existencia, lo he notado en muchas otras mujeres atractivas en esta ciudad y me pregunto por qué lo harán, qué es lo que les provoca tanto asco…
Dos conciertos

Terrible es el destierro y, sin embargo, tiene sus compensaciones.
Hace años ya, le hice una petición a un conocido, novio de una amiga. El hombre respondió con un reto: si Rush, el grupo de rock canadiense, tuviera alguna presentación en México, yo tendría boletos preferenciales.
Más que ganarle, hubiera preferido convertirme en su amigo (siempre he tenido debilidad por las personalidades brillantes). Pero esa es otra historia. El punto es que, ese, mi grupo favorito, dio un concierto en México. Una sola función. Solo para demostrarles a los incrédulos, a los falsos profetas y a “los hombres de poca fe” que sí, que ellos existían.
El concierto fue tal como lo escuché tantas veces antes en sus grabaciones en vivo. Fueron tres horas de música pura y dura. De la maestría de Neil Peart; del gritante de Geddy Lee, vocalista (que por lo menos ya aprendió a moderarse un poco) y de Alex Lifeson, un guitarra siempre fiel. Y en asientos de tercera fila, gracias a las cortesías de quien nunca pasará de grato conocido.
No había sentido ese síndrome de Stendahl hasta hace dos semanas, acá, en Barcelona. Un hombre, leyenda ya y a quien creía muerto se presentó, o mejor dicho, “resucitó tras tres días”, para dar un claro ejemplo de la belleza de la música.
El señor Dave Brubeck y su cuarteto.
Pensarlo y recordarlo hace que se me erice la piel.
Tocaron tanto y tan poco. Cuatro caballeros en límpida etiqueta negra, interpretaron Pennies from heaven, The way you look tonight, Stormy weather, Caravan, Aleluja (de la misa de Dave Brubeck) y cerraron con Take five.
Espero que hoy, 6 de diciembre del 2005, el maestro Brubeck disfrute en su cumpleaños número 85 tal como lo tiene planeado: tocando con sus hijos, acompañados nada menos que por la Orquesta Filarmónica de Londres.
Sólo me pesó el destierro en una cosa: me hubiera gustado que mi padre, el hombre que me introdujo a jazz, y en particular a este músico, hubiera estado allí conmigo. Pero supongo que es alguna especie de maldición. Con Rush también me faltó un gran amigo: el maestro Alberto Chimal.

lunes, diciembre 05, 2005

Imágenes barcelonesas (VIII)

Estoy parado ante un alto. En la otra acera una chica habla por celular. La veo y me llaman la atención su blusa verde, sus calzoncillos amarillos (con forma de trusa de hombre) y la tela negra que va de su cadera izquierda a su rodilla derecha. Cosas de la moda, me imagino.
Cuando el semáforo cambia a verde, ambos nos damos cuenta: la falda se le está cayendo. La chica trata de recogerla al tiempo que camina y sigue hablando por teléfono.
¿Qué es lo raro aquí: las situaciones, la ciudad o sus habitantes?
Imágenes barcelonesas (VII)

Hace unas semanas descubrí el verdadero bar clandestino. No tenía nada que ver con lo que aparece en las películas o con lo que nos quieren hacer pensar los escritores de novela negra. Era, probablemente, el lugar más tranquilo en Barcelona.
Lo conocí de noche, tal cual dictan los cánones. Regresaba a casa después de ir a beber y bailar con los chicos de la escuela. Una pareja se me acercó, preguntándome si conocía el sitio. Les dije que no, pero que con gusto les acompañaba en su búsqueda.
“La segunda calle a la derecha. Un portón metálico a la derecha, con jardinera en el primer piso”. Las instrucciones eran más bien difusas: la mayor parte de los edificios en esta área tienen puertas metálicas y casi todas las ventanas tienen plantas y macetas.
Mientras buscábamos, se nos unió un hombre. Nos dijo que él sabía exactamente cuál era la puerta y lo seguimos. No había nada que perder. Llegó a un lugar que cumplía las señas, tocó y abrieron un poco. Un individuo nos preguntó cuántos eramos. Sin palabras claves ni indicaciones de “me envía tal”.
Tal como dije era un lugar calmado. Justo lo que deberían ser los bares al margen. Había sillones y sofás que no hacían juego, posibles rescates de la basura, debidamente retapizados, una barra y, en un salón adjunto, una mesa de billar. Música y conversaciones eran en tono bajo, para no molestar a los demás y, por supuesto, para no llamar la atención de vecinos ni policía.
Estuve unos cuantos minutos allí. Ni siquiera ordené una cerveza ni nada. Ya era muy tarde para el alcohol o, por lo menos, para mí. Casi las seis.
Me acerqué a la puerta y pedí mi salida. El portero abrió, revisó afuera y me dejó salir.
Cansado y, para qué negarlo, un tanto decepcionado por la falta de sordidez de mi primer encuentro con lo tan cacareado “clandestino”, me dirigí a casa.

miércoles, octubre 19, 2005

Imagenes barcelonesas (VI)

Eran dos chicas jóvenes (una guapa y una que no lo era) y una mujer madura. Estaban frente a un edificio, con sendas maletas y con pinta de perdidas, examinando, alternativamente, un trozo de papel y el número en la pared. La mujer mayor caminaba un poco en una dirección hasta la siguiente puerta, regresaba, caminaba un poco más allá, hasta la esquina, y volvía otra vez con cara de incomprensión.
Pasé de largo. Me arrepentí y me acerqué. “¿Puedo ayudarles?”, dije con mi mejor acento Toluquian-Oxford.
Buscaban el número 1-3 de la calle Comerç. El edificio es el número 2 y la siguiente puerta, el 4. Les dije que eso era habitual: después de tirar casas viejas y construir un nuevo edificio, este toma, a un tiempo, los números de las viviendas sustituidas. También les dije que en este lado de la calle los números son pares, en el otro estarían los impares.
Seguí mi camino.
Seguramente no me entendieron (no lo dudo, mi acento es tan fuerte que a veces ni yo mismo comprendo lo que digo), porque la mujer se aventuró más allá, hacia donde comienza la calle.
Mucho más adelante vi el número que buscaban.
Les hice señas con la mano, luego con el brazo. No volteaban a verme. Regresé. Le dije a la más guapa en donde estaba el edificio y se fue en busca de la mujer.
It’s the redish one, dije a la otra mientras se lo señalaba con el dedo.
Me fui satisfecho.
Creo en iniciar “las cadenas de favores” e, ingenuamente, en la intrínseca bondad de los extraños.