Fábula
Hace años, mientras revisábamos los resultados de una división con el director responsable, Karla, mi asistente, le reclamó al hombre lo feo de su corbata. La verdad es que, siendo una corbata a manchas rojas, azul marino, blancas y ocres, distaba mucho de ser, ya no elegante, ni siquiera armoniosa. Aún así, quedé escandalizado ante el descarado cinismo de Karla e ingenuamente traté de salvar la situación, diciendo que a mí me parecía una corbata bonita. Ante nuestra sorpresa, el director se la quitó y me la regaló.
Aún la uso. No porque me guste, pues la verdad sí es una corbata fea, difícil de combinar. Me la pongo para recordarme que la diplomacia no significa adulación. Y que los habladores (los mentirosos y los exagerados) siempre reciben lo que se merecen.
jueves, septiembre 09, 2004
jueves, septiembre 02, 2004
Tu piel me visitó esta noche de desengaños
Se le adelantó al ladrón
Que venía a entrar a saco
Mi casa, mi suerte
Llegó de tarde
Por la noche de pasos de reloj
Y cigarras canoras
Tu piel se coló Por debajo de la cama
A través de la ventana
Saltando sillones Abriendo libros
Me visitó con dientes blancos
Y fieros
Con marcas de mordidas
Y perfumes suaves
Vino tropezándose con la tubería que está tendida en el techo
Llamando a los cristales
Metiéndose entre mis sábanas
Tu piel llegó de pronto
Inesperada y bienvenida
Sin invitaciones Sin reservación Ni cita previa
Y yo no estuve allí para esperarla.
Se le adelantó al ladrón
Que venía a entrar a saco
Mi casa, mi suerte
Llegó de tarde
Por la noche de pasos de reloj
Y cigarras canoras
Tu piel se coló Por debajo de la cama
A través de la ventana
Saltando sillones Abriendo libros
Me visitó con dientes blancos
Y fieros
Con marcas de mordidas
Y perfumes suaves
Vino tropezándose con la tubería que está tendida en el techo
Llamando a los cristales
Metiéndose entre mis sábanas
Tu piel llegó de pronto
Inesperada y bienvenida
Sin invitaciones Sin reservación Ni cita previa
Y yo no estuve allí para esperarla.
lunes, agosto 30, 2004
Un amanecer
Se había forzado a dormir, pero la verdad es que hubiera preferido no hacerlo. El sueño había sido inquieto, lleno de los mismos signos premonitorios, de signos que se repetían una y otra vez. Símbolos que reconocía perfectamente. Estaba nervioso. Sentía miedo. Un miedo que no por comprensible o esperado era menos contundente.
Después de despertar otra vez, decidió levantarse. Estiró sus ropas. Se había tumbado vestido en el sillón a tratar de descansar un poco, para juntar las fuerzas y el coraje suficientes. Sólo logró hacerlo pasar, postergarlo, pero no desvanecerlo.
Allí estaba. El miedo. El temor que le dijeron que existiría.
Se levantó y fue a la habitación contigua. Sentado, leyendo, estaba Martín.
- Estoy nervioso.
- Lo sé.
- Tengo miedo, Martín.
- Lo sé. Qué bueno. Si no tuvieras miedo estarías muerto.
Suspiró. ¿Qué hora sería?
- Una parte de mí desea que ya fuera mañana, o pasado mañana, o el mes que viene. Que ya hubiera pasado este día. Todo esto.
- Cuando era niño – dijo Martín -, mi padre me platicaba el cuento de un chico que al que una vieja le regalaba una esfera. De la esfera salía un hilo de oro y, si tirabas de él, el tiempo corría más de prisa. Y el chico este le daba tirones al hilo cada vez que estaba en líos. El problema es que el hilo no se podía meter de nuevo a la madeja dentro de la esfera, así que la vida se le iba de pronto, así, rápido.
- Que terrible. Y, ¿qué pasa al final?
- Pues al final el chico de la historia, que ya es un viejito, se vuelve a encontrar a la misma vieja del principio y la convence de que le acepte la bola con todo el hilo de fuera. La vieja acepta y el viejo despierta siendo una vez más un chico en la casa de su madre.
- ¿De verdad?
- Sí. Mi padre decía que era una fábula para darle tiempo al tiempo. A mí me parece un cuento muy cruel… ¿Quieres algo de comer, de beber?
- No.
- Ve a dormir. Necesitas descansar, estar fresco.
- Lo sé. Pero no puedo.
- Sí, yo también lo sé.
Martín revisó al otro hombre. Grandes amigos no eran, pero lo suficiente cercanos para acompañarlo a lo que tenía que hacer. Tan amigos como para pasar la noche junto a él y recibir el día juntos.
- ¿Crees que si me disculpara sería bastante?
Martín se encogió de hombros.
- No lo sé. ¿Tu qué crees?
- Creo que esto ya está más allá de cualquier disculpa.
- Por lo que me has dicho, creo que siempre estuvo más allá de cualquier disculpa.
- No me siento bien. Me duele el vientre.
- Estas inquieto.
- ¿Tú nunca has sentido miedo?
- Muchas veces. Ya te lo dije, si no sintieras miedo estarías muerto.
- Tal vez ya estoy muerto. Como el hombre que se despertó sin saber que ya lo estaba, hasta que se vio en metido en la tumba.
- No creo. Según recuerdo el hombre no habla ni ve a nadie y yo estoy hablando contigo. O qué, ¿yo también estoy muerto?
- Tal vez todos estamos muertos.
Hubo otro largo silencio.
- ¿Quieres ir a la iglesia?
- No. No quiero iglesia, ni vino, ni comida, ni nada.
- Tal vez debiste haber pensado en esto antes de iniciarlo todo.
- No podía. Y cuando pensaba en ello, me lo imaginaba distinto.
- ¿Cuán distinto?
- Pues no sé. Que él se iba, o que moría. O que huíamos juntos. No lo sé, distinto.
- ¿Qué moría? ¿Qué él se moría? ¿De qué?
- No lo sé. Es militar. Que lo mataban en algo.
- Su grado no tiene nada que ver con el ejército. Además, hace mucho tiempo que ningún oficial muere en campaña, ¿sabías?
- Lo sé, lo sé – la boca le sabía a ácido -. Entonces, ¿qué tengo que hacer?
- ¿Qué pregunta es esa?
- Sí, sí. ¿Ponerme en guardia y doblar las rodillas?
- Cualquier consejo ya no sirve. Solo te pondrá más nervioso y te confundirá más.
- ¿Qué hora es?
- Aún es temprano. ¿Quieres que nos vayamos?
- Sí. No. No lo sé.
- Vámonos. El frío te hará bien. Sólo cúbrete.
Recogieron sus ropas. Mientras Martín recogía las cosas, él se paró frente un espejo. Era un buen espejo, de buen tamaño. Se puso un abrigo. Se vio. Se lo quitó y lo cambió por otro, bastante más elegante que el primero.
Martín lo veía desde la puerta, con un largo paquete bajo el brazo. Se veía extrañado y hasta un poco divertido.
- Siempre he sido un tanto teatral – dijo, justificándose.
- ¿Un tanto?
- Muy teatral. Creo que eso es lo que lo inició todo.
Martín asintió en silencio.
Tomaron sus sombreros y salieron. No hacía frío y la oscuridad se iba disolviendo poco a poco.
Caminaron por las calles, en silencio. Él se mordía la lengua y los labios para obligarse a seguir callado. El silencio lo ponía más ansioso.
Los ladridos de un perro desde dentro de un portón lo hicieron pegar un salto. Volvió la vista a su acompañante buscando la burla en su cara, pero no vio nada. Ni desaprobación, ni burla, ni simpatía. En otra ocasión ambos hubieran reído. O tal vez no. Cayó en la cuenta de que no conocía a Martín lo suficiente para decir a ciencia cierta qué reacción hubiese tenido.
Después de poco más de media hora de caminata llegaron al inicio del bosque. Ya había amanecido del todo. El cielo se pintaba de colores que en otro momento se le hubieran antojado alegres y que ahora se veían sangrientos.
- ¿Quieres estirarte un poco? – preguntó Martín.
Asintió en silencio.
Sobre el suelo, Martín deshizo el paquete que traía bajo el brazo, con mucho tintineo de metal. Escogió un par de objetos y le ofreció uno al otro hombre.
- Ésta ya la has usado. Te debe ser familiar. A menos que se diga otra cosa, tienes derecho a usar la que tú quieras y creo que ésta es buena. Tiene buen peso, no te confundirá.
- Bien… Las rodillas flexionadas, ¿verdad?
- Y no dejes de verle la mano.
Antes de tomar el objeto de las manos de Martín, oyeron ruido. Cinco hombres se dirigían hacia ellos.
- ¿Armando Saldaña? – preguntó uno de los cinco.
Asintió. Era un formulismo. Los conocía a todos, aunque era posible que no todos ellos a él. Pero, bien visto, la pregunta era necia, ¿quién iba a estar a esta hora en el bosque así?
- El señor Hernández busca al señor Saldaña – repitió el mismo hombre.
- El señor Saldaña está aquí – contestó Martín, tal como se requería.
- ¿Saben, señores, por qué están aquí?
Las palabras eran parte del ritual, con entonación de quien las ha practicado toda la noche.
Al parecer no soy el único que es teatral, pensó Saldaña y dejó que Martín contestara por él, tal como decían las reglas.
- Así es, señores.
- Mi colega, el licenciado Vincent, y su servidor, Eugenio De la Torre, acompañamos al señor Hernández. ¿Quién habla por el señor Saldaña?
- Su servidor, Martín Garduño.
Saldaña volteo a verlo, extrañado. Supuso que en estos lances más valía mantener el verdadero nombre oculto. Delatar la presencia de Martín podía hacer que el asunto, de por sí complicado, pero personal, se volcara contra él. Por un momento se recriminó el haberlo inmiscuido, pero ya era demasiado tarde y, para bien o para mal, prefería tener a alguien, que si bien no era excesivamente cercano, si equilibraría cualquier circunstancia externa.
- ¿Vienen solos, señor Garduño?
- Nuestro segundo acompañante estará aquí en cualquier momento. Aún es temprano.
- Bien. Entienden, señores, que para lo nuestro, entre más pronto, mejor.
- También para nosotros.
Aunque alcanzaba a ver a Hernández, Saldaña prefería no voltear a verlo. Sabía que su vista lo haría sentirse aún más nervioso, menos seguro.
- Alguien se acerca – dijo el llamado licenciado Vincent, con acento francés, alertando a todos.
- ¡Javier! – dijo Saldaña, sorprendido y mucho más alto de lo que le hubiese gustado.
- ¿Señor? – dijo con tono de amenaza el De la Torre dirigiéndose al recién llegado.
- Javier Saldaña. Acompaño aquí a mi hermano, Armando.
Armando Saldaña se acercó a su hermano.
- ¿Qué haces aquí? – le reclamó por lo bajo.
- Vengo de tu segundo. Medio mundo sabe que estás aquí. ¿O crees que te iba a dejar venir solo?
- Estos asuntos no te gustan.
- Y ahora me gustan menos. Maldito seas, idiota. ¿Cómo te metiste en esto?
- ¿Recuerdas a Clara?
- ¿Cuál Clara?
- Clara Maldonado…
- ¿De qué me hablas? Hace como diez años que no oía hablar de ella. ¿No estaba casada y con el esposo en Europa?
- Regresaron de Europa.
- ¿Y?
- Ese es su esposo.
- ¿Pero…?
- Nos hemos vuelto a ver dos o tres veces desde que regresaron. De alguna forma él se enteró.
- Imbécil. No sé por qué no te mato. ¿No me digas qué…?
- No.
- Otra vez, de cabeza por ella.
- Sí, siempre.
- Idiota. ¿Y éste?
- ¿Martín? Bueno, nunca he sido del todo bueno en esto…
- ¿Martín? ¿Es el Martín que estoy pensando? Es un forajido.
- Cállate. No es un forajido y me ha ayudado a perfeccionarme.
- Señores, ¿todo listo? El tiempo apremia – dijo De la Torre.
- ¿O sea que ya lo tenías planeado?
- Por supuesto que no. Siempre es bueno saber y practicar un poco más…
- A veces me das miedo.
Más pasos se oyeron y dos personas más se acercaron al grupo. Los cinco hombres del otro lado se inquietaron. Demasiadas llegadas.
- El segundo ha llegado – anunció Martín -. El teniente Oceguera.
- Señores – saludo con voz engolada uno de los llegados, un individuo menudo y tal vez un poco delgado, con un rostro lampiño, de rasgos demasiado armoniosos.
El señor Hernández, quien hasta ahora no había dicho una palabra, se acercó a De la Torre, quien ya mostraba signos de ira, y le dijo algo en secreto. De la Torre se puso aún más tenso y dio la impresión de querer comenzar a dar saltos de un lado a otro, pero se contuvo a fuerza. Saldaña sabía que tenía fama de explosivo, pero tal parecía que el día de hoy todo el mundo iba a cuidar las apariencias.
Javier Saldaña trató de decirle algo más a su hermano, pero éste lo ignoró, dejándolo solo y acercándose a donde estaban Martín y los otros dos.
Martín le dirigió una mirada al acompañante del teniente junto con una seña con la cabeza. Éste se acercó a Javier Saldaña, lo tomó del brazo y se lo llevó consigo, alejándolo aún más del grupo.
- Señores – dijo Martín en alto dirigiéndose a todos y a nadie en particular-, estamos prontos.
- Se entiende que, por la gravedad del asunto – comenzó el licenciado Vincent (se notaba que De la Torre ya no estaba en posición de interpretar su papel de forma suficientemente flemática) -, el señor Hernández demanda…
- Completa satisfacción. Sí, lo entiendo. La tendrá – se adelantó Armando Saldaña.
- Excelente – contestó Vincent.
Armando volteó a ver a Martín, buscando algún signo de aprobación. Nada. Ni en él ni en el pequeño teniente. Demasiado bajito y menudo para militar, pensó Saldaña.
Observó como el señor Hernández se despojaba de abrigo, sombrero, y quedaba en camisa. El señor De la Torre tomó algo de las manos de uno de los otros dos individuos que no habían sido presentados, y que hasta ahora parecían no tener propósito ninguno en la escena, y se lo dio a Hernández.
El teniente tuvo que sacar a Saldaña de su contemplación. Saldaña, con manos un tanto torpes, comenzó a quitarse el sobretodo. El teniente tuvo que ayudarle, sosteniéndole el sombrero y las piezas de ropa que se fue quitando hasta quedar también en mangas de camisa. Al final, le ofreció unos guantes de piel. Al tomarlos y al mirar al teniente a los ojos, cayó en cuenta de qué era lo que le causaba extrañeza: el teniente era una mujer disfrazada de hombre.
Martín se acercó.
- Ten. Tranquilo. No te precipites. Recuerda que estamos aquí.
- Sí, gracias. Pensé que ya no me ibas a dar consejos… Mi hermano…
- No te preocupes, no hará nada tonto.
Hernández se acercó. Su mirada era fría. A Saldaña el corazón le latía de manera desbordada, la boca se le había quedado seca de pronto. Por alguna razón tenía calor. Se preguntó si él tendría la misma expresión seca que reflejaba el rostro de Hernández. Se preguntó si el otro estaría tan nervioso como él.
Martín y el teniente Oceguera saludaron con la cabeza, en silencio, a Hernández y se alejaron un poco. Este pareció no verlos. Su mirada se dirigió a Saldaña.
Saldaña se compuso lo mejor que pudo. Miró a los ojos a Hernández y, por un momento, se olvidó de dónde estaba y se acordó de Clara, de su risa, de cómo hacia más de diez años la había llorado a gritos cuando se había casado con ese hombre que ahora tenía enfrente, de la mirada nerviosa que tenía cuando volvieron a verse, del sabor familiar de sus besos.
- A muerte – dijo el señor Hernández.
Saldaña asintió, levantó la espada y se puso en guardia.
Se había forzado a dormir, pero la verdad es que hubiera preferido no hacerlo. El sueño había sido inquieto, lleno de los mismos signos premonitorios, de signos que se repetían una y otra vez. Símbolos que reconocía perfectamente. Estaba nervioso. Sentía miedo. Un miedo que no por comprensible o esperado era menos contundente.
Después de despertar otra vez, decidió levantarse. Estiró sus ropas. Se había tumbado vestido en el sillón a tratar de descansar un poco, para juntar las fuerzas y el coraje suficientes. Sólo logró hacerlo pasar, postergarlo, pero no desvanecerlo.
Allí estaba. El miedo. El temor que le dijeron que existiría.
Se levantó y fue a la habitación contigua. Sentado, leyendo, estaba Martín.
- Estoy nervioso.
- Lo sé.
- Tengo miedo, Martín.
- Lo sé. Qué bueno. Si no tuvieras miedo estarías muerto.
Suspiró. ¿Qué hora sería?
- Una parte de mí desea que ya fuera mañana, o pasado mañana, o el mes que viene. Que ya hubiera pasado este día. Todo esto.
- Cuando era niño – dijo Martín -, mi padre me platicaba el cuento de un chico que al que una vieja le regalaba una esfera. De la esfera salía un hilo de oro y, si tirabas de él, el tiempo corría más de prisa. Y el chico este le daba tirones al hilo cada vez que estaba en líos. El problema es que el hilo no se podía meter de nuevo a la madeja dentro de la esfera, así que la vida se le iba de pronto, así, rápido.
- Que terrible. Y, ¿qué pasa al final?
- Pues al final el chico de la historia, que ya es un viejito, se vuelve a encontrar a la misma vieja del principio y la convence de que le acepte la bola con todo el hilo de fuera. La vieja acepta y el viejo despierta siendo una vez más un chico en la casa de su madre.
- ¿De verdad?
- Sí. Mi padre decía que era una fábula para darle tiempo al tiempo. A mí me parece un cuento muy cruel… ¿Quieres algo de comer, de beber?
- No.
- Ve a dormir. Necesitas descansar, estar fresco.
- Lo sé. Pero no puedo.
- Sí, yo también lo sé.
Martín revisó al otro hombre. Grandes amigos no eran, pero lo suficiente cercanos para acompañarlo a lo que tenía que hacer. Tan amigos como para pasar la noche junto a él y recibir el día juntos.
- ¿Crees que si me disculpara sería bastante?
Martín se encogió de hombros.
- No lo sé. ¿Tu qué crees?
- Creo que esto ya está más allá de cualquier disculpa.
- Por lo que me has dicho, creo que siempre estuvo más allá de cualquier disculpa.
- No me siento bien. Me duele el vientre.
- Estas inquieto.
- ¿Tú nunca has sentido miedo?
- Muchas veces. Ya te lo dije, si no sintieras miedo estarías muerto.
- Tal vez ya estoy muerto. Como el hombre que se despertó sin saber que ya lo estaba, hasta que se vio en metido en la tumba.
- No creo. Según recuerdo el hombre no habla ni ve a nadie y yo estoy hablando contigo. O qué, ¿yo también estoy muerto?
- Tal vez todos estamos muertos.
Hubo otro largo silencio.
- ¿Quieres ir a la iglesia?
- No. No quiero iglesia, ni vino, ni comida, ni nada.
- Tal vez debiste haber pensado en esto antes de iniciarlo todo.
- No podía. Y cuando pensaba en ello, me lo imaginaba distinto.
- ¿Cuán distinto?
- Pues no sé. Que él se iba, o que moría. O que huíamos juntos. No lo sé, distinto.
- ¿Qué moría? ¿Qué él se moría? ¿De qué?
- No lo sé. Es militar. Que lo mataban en algo.
- Su grado no tiene nada que ver con el ejército. Además, hace mucho tiempo que ningún oficial muere en campaña, ¿sabías?
- Lo sé, lo sé – la boca le sabía a ácido -. Entonces, ¿qué tengo que hacer?
- ¿Qué pregunta es esa?
- Sí, sí. ¿Ponerme en guardia y doblar las rodillas?
- Cualquier consejo ya no sirve. Solo te pondrá más nervioso y te confundirá más.
- ¿Qué hora es?
- Aún es temprano. ¿Quieres que nos vayamos?
- Sí. No. No lo sé.
- Vámonos. El frío te hará bien. Sólo cúbrete.
Recogieron sus ropas. Mientras Martín recogía las cosas, él se paró frente un espejo. Era un buen espejo, de buen tamaño. Se puso un abrigo. Se vio. Se lo quitó y lo cambió por otro, bastante más elegante que el primero.
Martín lo veía desde la puerta, con un largo paquete bajo el brazo. Se veía extrañado y hasta un poco divertido.
- Siempre he sido un tanto teatral – dijo, justificándose.
- ¿Un tanto?
- Muy teatral. Creo que eso es lo que lo inició todo.
Martín asintió en silencio.
Tomaron sus sombreros y salieron. No hacía frío y la oscuridad se iba disolviendo poco a poco.
Caminaron por las calles, en silencio. Él se mordía la lengua y los labios para obligarse a seguir callado. El silencio lo ponía más ansioso.
Los ladridos de un perro desde dentro de un portón lo hicieron pegar un salto. Volvió la vista a su acompañante buscando la burla en su cara, pero no vio nada. Ni desaprobación, ni burla, ni simpatía. En otra ocasión ambos hubieran reído. O tal vez no. Cayó en la cuenta de que no conocía a Martín lo suficiente para decir a ciencia cierta qué reacción hubiese tenido.
Después de poco más de media hora de caminata llegaron al inicio del bosque. Ya había amanecido del todo. El cielo se pintaba de colores que en otro momento se le hubieran antojado alegres y que ahora se veían sangrientos.
- ¿Quieres estirarte un poco? – preguntó Martín.
Asintió en silencio.
Sobre el suelo, Martín deshizo el paquete que traía bajo el brazo, con mucho tintineo de metal. Escogió un par de objetos y le ofreció uno al otro hombre.
- Ésta ya la has usado. Te debe ser familiar. A menos que se diga otra cosa, tienes derecho a usar la que tú quieras y creo que ésta es buena. Tiene buen peso, no te confundirá.
- Bien… Las rodillas flexionadas, ¿verdad?
- Y no dejes de verle la mano.
Antes de tomar el objeto de las manos de Martín, oyeron ruido. Cinco hombres se dirigían hacia ellos.
- ¿Armando Saldaña? – preguntó uno de los cinco.
Asintió. Era un formulismo. Los conocía a todos, aunque era posible que no todos ellos a él. Pero, bien visto, la pregunta era necia, ¿quién iba a estar a esta hora en el bosque así?
- El señor Hernández busca al señor Saldaña – repitió el mismo hombre.
- El señor Saldaña está aquí – contestó Martín, tal como se requería.
- ¿Saben, señores, por qué están aquí?
Las palabras eran parte del ritual, con entonación de quien las ha practicado toda la noche.
Al parecer no soy el único que es teatral, pensó Saldaña y dejó que Martín contestara por él, tal como decían las reglas.
- Así es, señores.
- Mi colega, el licenciado Vincent, y su servidor, Eugenio De la Torre, acompañamos al señor Hernández. ¿Quién habla por el señor Saldaña?
- Su servidor, Martín Garduño.
Saldaña volteo a verlo, extrañado. Supuso que en estos lances más valía mantener el verdadero nombre oculto. Delatar la presencia de Martín podía hacer que el asunto, de por sí complicado, pero personal, se volcara contra él. Por un momento se recriminó el haberlo inmiscuido, pero ya era demasiado tarde y, para bien o para mal, prefería tener a alguien, que si bien no era excesivamente cercano, si equilibraría cualquier circunstancia externa.
- ¿Vienen solos, señor Garduño?
- Nuestro segundo acompañante estará aquí en cualquier momento. Aún es temprano.
- Bien. Entienden, señores, que para lo nuestro, entre más pronto, mejor.
- También para nosotros.
Aunque alcanzaba a ver a Hernández, Saldaña prefería no voltear a verlo. Sabía que su vista lo haría sentirse aún más nervioso, menos seguro.
- Alguien se acerca – dijo el llamado licenciado Vincent, con acento francés, alertando a todos.
- ¡Javier! – dijo Saldaña, sorprendido y mucho más alto de lo que le hubiese gustado.
- ¿Señor? – dijo con tono de amenaza el De la Torre dirigiéndose al recién llegado.
- Javier Saldaña. Acompaño aquí a mi hermano, Armando.
Armando Saldaña se acercó a su hermano.
- ¿Qué haces aquí? – le reclamó por lo bajo.
- Vengo de tu segundo. Medio mundo sabe que estás aquí. ¿O crees que te iba a dejar venir solo?
- Estos asuntos no te gustan.
- Y ahora me gustan menos. Maldito seas, idiota. ¿Cómo te metiste en esto?
- ¿Recuerdas a Clara?
- ¿Cuál Clara?
- Clara Maldonado…
- ¿De qué me hablas? Hace como diez años que no oía hablar de ella. ¿No estaba casada y con el esposo en Europa?
- Regresaron de Europa.
- ¿Y?
- Ese es su esposo.
- ¿Pero…?
- Nos hemos vuelto a ver dos o tres veces desde que regresaron. De alguna forma él se enteró.
- Imbécil. No sé por qué no te mato. ¿No me digas qué…?
- No.
- Otra vez, de cabeza por ella.
- Sí, siempre.
- Idiota. ¿Y éste?
- ¿Martín? Bueno, nunca he sido del todo bueno en esto…
- ¿Martín? ¿Es el Martín que estoy pensando? Es un forajido.
- Cállate. No es un forajido y me ha ayudado a perfeccionarme.
- Señores, ¿todo listo? El tiempo apremia – dijo De la Torre.
- ¿O sea que ya lo tenías planeado?
- Por supuesto que no. Siempre es bueno saber y practicar un poco más…
- A veces me das miedo.
Más pasos se oyeron y dos personas más se acercaron al grupo. Los cinco hombres del otro lado se inquietaron. Demasiadas llegadas.
- El segundo ha llegado – anunció Martín -. El teniente Oceguera.
- Señores – saludo con voz engolada uno de los llegados, un individuo menudo y tal vez un poco delgado, con un rostro lampiño, de rasgos demasiado armoniosos.
El señor Hernández, quien hasta ahora no había dicho una palabra, se acercó a De la Torre, quien ya mostraba signos de ira, y le dijo algo en secreto. De la Torre se puso aún más tenso y dio la impresión de querer comenzar a dar saltos de un lado a otro, pero se contuvo a fuerza. Saldaña sabía que tenía fama de explosivo, pero tal parecía que el día de hoy todo el mundo iba a cuidar las apariencias.
Javier Saldaña trató de decirle algo más a su hermano, pero éste lo ignoró, dejándolo solo y acercándose a donde estaban Martín y los otros dos.
Martín le dirigió una mirada al acompañante del teniente junto con una seña con la cabeza. Éste se acercó a Javier Saldaña, lo tomó del brazo y se lo llevó consigo, alejándolo aún más del grupo.
- Señores – dijo Martín en alto dirigiéndose a todos y a nadie en particular-, estamos prontos.
- Se entiende que, por la gravedad del asunto – comenzó el licenciado Vincent (se notaba que De la Torre ya no estaba en posición de interpretar su papel de forma suficientemente flemática) -, el señor Hernández demanda…
- Completa satisfacción. Sí, lo entiendo. La tendrá – se adelantó Armando Saldaña.
- Excelente – contestó Vincent.
Armando volteó a ver a Martín, buscando algún signo de aprobación. Nada. Ni en él ni en el pequeño teniente. Demasiado bajito y menudo para militar, pensó Saldaña.
Observó como el señor Hernández se despojaba de abrigo, sombrero, y quedaba en camisa. El señor De la Torre tomó algo de las manos de uno de los otros dos individuos que no habían sido presentados, y que hasta ahora parecían no tener propósito ninguno en la escena, y se lo dio a Hernández.
El teniente tuvo que sacar a Saldaña de su contemplación. Saldaña, con manos un tanto torpes, comenzó a quitarse el sobretodo. El teniente tuvo que ayudarle, sosteniéndole el sombrero y las piezas de ropa que se fue quitando hasta quedar también en mangas de camisa. Al final, le ofreció unos guantes de piel. Al tomarlos y al mirar al teniente a los ojos, cayó en cuenta de qué era lo que le causaba extrañeza: el teniente era una mujer disfrazada de hombre.
Martín se acercó.
- Ten. Tranquilo. No te precipites. Recuerda que estamos aquí.
- Sí, gracias. Pensé que ya no me ibas a dar consejos… Mi hermano…
- No te preocupes, no hará nada tonto.
Hernández se acercó. Su mirada era fría. A Saldaña el corazón le latía de manera desbordada, la boca se le había quedado seca de pronto. Por alguna razón tenía calor. Se preguntó si él tendría la misma expresión seca que reflejaba el rostro de Hernández. Se preguntó si el otro estaría tan nervioso como él.
Martín y el teniente Oceguera saludaron con la cabeza, en silencio, a Hernández y se alejaron un poco. Este pareció no verlos. Su mirada se dirigió a Saldaña.
Saldaña se compuso lo mejor que pudo. Miró a los ojos a Hernández y, por un momento, se olvidó de dónde estaba y se acordó de Clara, de su risa, de cómo hacia más de diez años la había llorado a gritos cuando se había casado con ese hombre que ahora tenía enfrente, de la mirada nerviosa que tenía cuando volvieron a verse, del sabor familiar de sus besos.
- A muerte – dijo el señor Hernández.
Saldaña asintió, levantó la espada y se puso en guardia.
lunes, febrero 16, 2004
Cuarto de hotel
Desperté con dolor de cabeza. No reconocía la habitación. La noche anterior había bebido demasiado. Era el primer fin de año que pasaba solo. No importaba a dónde huía, de todas formas me daba cuenta de que no tenía a nadie.
Había llegado huyendo al destino de playa. Eso sí lo sabía. Un poco de mi natural miedo al riesgo me había guiado a buscar una habitación en una ciudad evidentemente abarrotada. Pero tuve fortuna y encontré un cuarto en un hotel evidentemente gay.
Pero esa no era la habitación en la que estaba. Tenía dolor de cabeza y nausea. Estiré la mano hacia la mesa de noche, tomé el control remoto y oprimí el botón de encendido. El televisor no se inmutó.
Era evidentemente un cuarto de hotel. La habitación era grande y, aunque limpia, algo revelaba que era un hotel de paso. Un hotel de paso caro. Todos los hoteles son de paso, pensé. Hasta los más caros.
Recordé aquel hotel en Bahamas cuyas noches son tan costosas como la renta de un mes de un apartamento en Nueva York.
Estudié el control remoto. Oprimí dos o tres botones y la televisión encendió. Subí el volumen hasta darme cuenta de que la imagen hablaba otro idioma. Cambié de canal. Otra vez. Descubrí un canal con caricaturas. Seguí. Cuando llegué a un canal de películas para adultos, francamente pornográficas, me detuve. Seguí cambiando. Cuando regresé al canal original, me devolví a la película porno.
Una mujer de pelo negro y ojos azules felaba a un tipo con apariencia europea.
Pensé en masturbarme. Pero el malestar era tan grande que abandoné la idea. Me incorporé en la cama y el cuarto me dio vueltas. Aún estaba medio ebrio. Tenía puesta la camiseta de la ropa interior y los calcetines. Pero sin calzoncillos.
Una vez más ví sobre la mesa y descubrí mi reloj. Pasadas las 10:30. Del otro lado de la cama había otra mesa de noche y el teléfono sobre ella. Marqué la recepción y pregunté cuándo vencía mi habitación. Tenía casi tres horas.
Fui al baño. Tenía bidet, lo que me confirmaba una vez más de que estaba en un hotel de paso. El hecho de que no hubiera agua caliente y de que las toallas fueran rasposas reafirmaron lo evidente.
Después de ducharme me paré desnudo en medio de la habitación. Veía casi todas mis cosas: un zapato casi en la entrada, otro junto a la cama, el saco botado pero los pantalones, la camisa y la corbata perfectamente colocados en una silla cerca de la ventana. La cortina estaba abierta y me pregunté si quien ocupara la habitación de enfrente podría verme parado en cueros.
Busqué los lentes con la vista. Estaban junto al televisor. Me los puse y me fijé en la imagen. Ocupando una gran cama, una mujer rubia le hacia el oral a la mujer de pelo negro mientras era penetrada por detrás por el hombre que parecía europeo. Fui hasta la cama y, sin separar la vista de la pantalla, medio volví a meterme a ella. Quedé sentado, recargado contra la cabecera y con una almohada en la espalda, tal como estaba la mujer morena en la película.
Subí el volumen y la habitación se llenó con los gemidos del grupo.
Comencé a masturbarme. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. La ducha me había quitado los restos de la borrachera y esperaba que el placer me ayudaría a quitarme el malestar general.
La mujer morena era hermosa, aunque no preciosa, de ese tipo de mujeres que siempre me han atraído. La rubia también, aunque no tuviera del todo la apariencia de actriz porno (tono falso de pelo, grandes senos), pero contrastaba con lo delicado de los rasgos de su coprotagonista. El hombre era delgado, no muy musculoso (detesto a los fisiculturistas en el cine porno: le dan aún más falsedad a un cine que ya de por sí es plástico y artificial) y su miembro no era gigantesco, sino más bien normal. Los tres hacían ruido, pero no de esas expresiones escandalosas y falsas. Tal parecía que lo estaban disfrutando. Yo necesitaba creer que lo estaban disfrutando. Yo, en mi posición de voyeur privilegiado.
La cama en la que estaban era tan grande como la cama en la que estaba yo, pensé. Y seguía frotándome, y pensando, aguanta, aguanta, no te corras demasiado pronto.
Era como estar participando en la orgía.
La cara de la morena se distorsionaba de placer. Ví como la mujer se venía, arqueando la espalda, tirando con la mano derecha de uno de sus senos y atrapando la cabeza rubia de la otra mujer entre sus piernas. Veía al hombre aumentar el ritmo detrás de la rubia, quien emitía gemidos apagados.
Mi placer se acercaba. Quería esperar a correrme con el hombre. El hombre se salió de pronto de la rubia y empezó a agitarse el miembro con la mano, así como yo lo hacía con el mío, y eyaculó abundantemente sobre el trasero de la mujer rubia, mientras se escuchaban los gemidos de las dos mujeres y sus propios gritos de placer.
En ese momento comencé a venirme también, pensando en el batidero que estaba haciendo sobre las sábanas de la cama. No me importó. No era mía y alguien cambiaría seguramente después la ropa de cama.
Me vine con fuerza. Y de pronto comprendí que la habitación en la película era muy semejante a la habitación en donde yo estaba. Demasiado semejante para ser una coincidencia. La misma disposición de los muebles, el mismo decorado y el mismo papel tapiz.
La sesión de caricias post-coito que mostraba el televisor me sorprendió aún más. En ninguna película antes había yo visto que los actores se abrazaran, besaran y acariciaran después del “money shot”. Debería venir un “fade” a negros como en todas las otras películas. Pero no había cambio alguno. No había brinco en la trama ni en la escena.
Perplejo miré hacia arriba. No había espejo sobre la cama, pero tampoco hubo ninguna toma desde arriba. Miré al frente, y me vi en el espejo junto a la televisión. Miré a derecha y a izquierda. En ambos lugares había sendos espejos. No grandes lunas de hotel de Las Vegas, pero allí estaban. Más o menos a la misma altura de donde vendrían las tomas en el filme.
Ya no me importó por qué o cómo había llegado allí. Sólo quería salir ya. Indeciso entre hacer un escándalo y salir corriendo, decidí tomármelo con calma. Me vestí. En la pantalla los amantes seguían acariciándose y besándose.
Era imposible saber a ciencia cierta si la acción se desarrollaba en esta misma habitación o no, si estaba ocurriendo en este momento o era algo grabado. Los cambios de cámara no me decían nada.
Antes de apagar el televisor noté que los “actores” (¿podía llamarles aún actores si no tenía la certeza?) veían hacia el frente, como si estuvieran viendo algo en el televisor. Tomé de una de las mesas de noche una cajetilla de cerillos con el nombre del hotel. Por lo menos estaba en la misma ciudad a la que había viajado y, quién lo sabe, siempre es bueno saber en dónde se exhibe buen cine porno amateur.
Desperté con dolor de cabeza. No reconocía la habitación. La noche anterior había bebido demasiado. Era el primer fin de año que pasaba solo. No importaba a dónde huía, de todas formas me daba cuenta de que no tenía a nadie.
Había llegado huyendo al destino de playa. Eso sí lo sabía. Un poco de mi natural miedo al riesgo me había guiado a buscar una habitación en una ciudad evidentemente abarrotada. Pero tuve fortuna y encontré un cuarto en un hotel evidentemente gay.
Pero esa no era la habitación en la que estaba. Tenía dolor de cabeza y nausea. Estiré la mano hacia la mesa de noche, tomé el control remoto y oprimí el botón de encendido. El televisor no se inmutó.
Era evidentemente un cuarto de hotel. La habitación era grande y, aunque limpia, algo revelaba que era un hotel de paso. Un hotel de paso caro. Todos los hoteles son de paso, pensé. Hasta los más caros.
Recordé aquel hotel en Bahamas cuyas noches son tan costosas como la renta de un mes de un apartamento en Nueva York.
Estudié el control remoto. Oprimí dos o tres botones y la televisión encendió. Subí el volumen hasta darme cuenta de que la imagen hablaba otro idioma. Cambié de canal. Otra vez. Descubrí un canal con caricaturas. Seguí. Cuando llegué a un canal de películas para adultos, francamente pornográficas, me detuve. Seguí cambiando. Cuando regresé al canal original, me devolví a la película porno.
Una mujer de pelo negro y ojos azules felaba a un tipo con apariencia europea.
Pensé en masturbarme. Pero el malestar era tan grande que abandoné la idea. Me incorporé en la cama y el cuarto me dio vueltas. Aún estaba medio ebrio. Tenía puesta la camiseta de la ropa interior y los calcetines. Pero sin calzoncillos.
Una vez más ví sobre la mesa y descubrí mi reloj. Pasadas las 10:30. Del otro lado de la cama había otra mesa de noche y el teléfono sobre ella. Marqué la recepción y pregunté cuándo vencía mi habitación. Tenía casi tres horas.
Fui al baño. Tenía bidet, lo que me confirmaba una vez más de que estaba en un hotel de paso. El hecho de que no hubiera agua caliente y de que las toallas fueran rasposas reafirmaron lo evidente.
Después de ducharme me paré desnudo en medio de la habitación. Veía casi todas mis cosas: un zapato casi en la entrada, otro junto a la cama, el saco botado pero los pantalones, la camisa y la corbata perfectamente colocados en una silla cerca de la ventana. La cortina estaba abierta y me pregunté si quien ocupara la habitación de enfrente podría verme parado en cueros.
Busqué los lentes con la vista. Estaban junto al televisor. Me los puse y me fijé en la imagen. Ocupando una gran cama, una mujer rubia le hacia el oral a la mujer de pelo negro mientras era penetrada por detrás por el hombre que parecía europeo. Fui hasta la cama y, sin separar la vista de la pantalla, medio volví a meterme a ella. Quedé sentado, recargado contra la cabecera y con una almohada en la espalda, tal como estaba la mujer morena en la película.
Subí el volumen y la habitación se llenó con los gemidos del grupo.
Comencé a masturbarme. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. La ducha me había quitado los restos de la borrachera y esperaba que el placer me ayudaría a quitarme el malestar general.
La mujer morena era hermosa, aunque no preciosa, de ese tipo de mujeres que siempre me han atraído. La rubia también, aunque no tuviera del todo la apariencia de actriz porno (tono falso de pelo, grandes senos), pero contrastaba con lo delicado de los rasgos de su coprotagonista. El hombre era delgado, no muy musculoso (detesto a los fisiculturistas en el cine porno: le dan aún más falsedad a un cine que ya de por sí es plástico y artificial) y su miembro no era gigantesco, sino más bien normal. Los tres hacían ruido, pero no de esas expresiones escandalosas y falsas. Tal parecía que lo estaban disfrutando. Yo necesitaba creer que lo estaban disfrutando. Yo, en mi posición de voyeur privilegiado.
La cama en la que estaban era tan grande como la cama en la que estaba yo, pensé. Y seguía frotándome, y pensando, aguanta, aguanta, no te corras demasiado pronto.
Era como estar participando en la orgía.
La cara de la morena se distorsionaba de placer. Ví como la mujer se venía, arqueando la espalda, tirando con la mano derecha de uno de sus senos y atrapando la cabeza rubia de la otra mujer entre sus piernas. Veía al hombre aumentar el ritmo detrás de la rubia, quien emitía gemidos apagados.
Mi placer se acercaba. Quería esperar a correrme con el hombre. El hombre se salió de pronto de la rubia y empezó a agitarse el miembro con la mano, así como yo lo hacía con el mío, y eyaculó abundantemente sobre el trasero de la mujer rubia, mientras se escuchaban los gemidos de las dos mujeres y sus propios gritos de placer.
En ese momento comencé a venirme también, pensando en el batidero que estaba haciendo sobre las sábanas de la cama. No me importó. No era mía y alguien cambiaría seguramente después la ropa de cama.
Me vine con fuerza. Y de pronto comprendí que la habitación en la película era muy semejante a la habitación en donde yo estaba. Demasiado semejante para ser una coincidencia. La misma disposición de los muebles, el mismo decorado y el mismo papel tapiz.
La sesión de caricias post-coito que mostraba el televisor me sorprendió aún más. En ninguna película antes había yo visto que los actores se abrazaran, besaran y acariciaran después del “money shot”. Debería venir un “fade” a negros como en todas las otras películas. Pero no había cambio alguno. No había brinco en la trama ni en la escena.
Perplejo miré hacia arriba. No había espejo sobre la cama, pero tampoco hubo ninguna toma desde arriba. Miré al frente, y me vi en el espejo junto a la televisión. Miré a derecha y a izquierda. En ambos lugares había sendos espejos. No grandes lunas de hotel de Las Vegas, pero allí estaban. Más o menos a la misma altura de donde vendrían las tomas en el filme.
Ya no me importó por qué o cómo había llegado allí. Sólo quería salir ya. Indeciso entre hacer un escándalo y salir corriendo, decidí tomármelo con calma. Me vestí. En la pantalla los amantes seguían acariciándose y besándose.
Era imposible saber a ciencia cierta si la acción se desarrollaba en esta misma habitación o no, si estaba ocurriendo en este momento o era algo grabado. Los cambios de cámara no me decían nada.
Antes de apagar el televisor noté que los “actores” (¿podía llamarles aún actores si no tenía la certeza?) veían hacia el frente, como si estuvieran viendo algo en el televisor. Tomé de una de las mesas de noche una cajetilla de cerillos con el nombre del hotel. Por lo menos estaba en la misma ciudad a la que había viajado y, quién lo sabe, siempre es bueno saber en dónde se exhibe buen cine porno amateur.
martes, octubre 07, 2003
Vive La Revolución!
Toma de La Bastilla
A mis escasos tres meses de antigüedad con los jugueros ha ocurrido lo innombrable: el gran patrón, el director general, ha sido despedido. Junto con él salieron otros cinco grandes jerarcas, jefes de muchas plumas y varios penachos. Entre ellos, mi amado jefe (¿debería decir ya “exjefe”?).
Para aquellos familiarizados con la vida corporativa o con la burocracia (siempre creativa y fecunda) esta situación les será conocida. El saber, o peor aún, el no saber qué será de nosotros, si “saldremos en la foto” o no, es bastante estresante.
Si pudiera desligarme por completo, este sería un momento ideal para teorizar con respecto al tipo ideal de liderazgo necesario en estas situaciones. Hablar sobre las virtudes deseables en una campaña de comunicación interna que trate, en todo lo posible, de disminuir el rumor y la incertidumbre.
Pero esa no es mi intención. Tal vez lo sería después, ofreciendo si no consejos prácticos, por lo menos una buena lista de lo que se debe evitar. Un consejo sí es válido: hay que ser lo más franco posible, calmando a la gente, pero sin crear falsas expectativas.
El Terror
Una de las situaciones más graves se da cuando, después de una filtración de algún tipo, un grupo de trabajo sabe que sólo una cantidad reducida de sus miembros quedarán en la organización. Entonces una guerra interna se inicia por tratar de sobrevivir, pues los miembros quedan tentados a mostrar sus mejores colores, su “ropaje de apareamiento”, para conquistar así al hipotético tomador de decisiones y convencerlo de que no los deseche. En otras palabras, se descubre que de pronto todo el mundo “jala agua para su molino”, anteponiendo su supervivencia a cualquier proyecto o trabajo pendiente.
Muy común también en estas situaciones es que los objetivos a mediano y largo plazo queden abandonados y dispersos. Los equipos se enfrentan a una casi total falta de dirección, pues el desconocimiento generalizado invita a postergar “hasta que las aguas tomen su cause” o “el asunto se enfríe”. Mientras tanto, quienes intentan hacer algo, lo más seguro es que sean víctimas de esa misma falta de visibilidad (que no de visión), pidiendo proyectos, reportes y escenarios poco definidos o claros.
Ante esto, las pocas actividades tienden a repartirse entre muchos, quienes desean, uno, mantenerse ocupados, y dos, demostrar su maestría y experiencia en la actividad. Resultado: proyectos pequeños, que demandan poco tiempo, realizados por muchas personas a la vez, exacerbados por la falta de una guía clara. Lo cual demuestra, aún más, lo que en inicio se querría tal vez ocultar: la duplicidad de funciones.
Ese es nuestro caso en particular. ¿Se imagina usted a un par de gerentes de la misma área acudiendo a la misma junta a preguntar exactamente lo mismo? Pues sí, eso vivimos. Evidentemente, alguien sobra.
Mademoiselle Le Guillotine
Como se comprenderá, con mi escaso conocimiento de la empresa y corta vida laboral, no puedo evitar sentir que mi esperanza de estadía es poco firme. Mi salida sería mucho más barata que la de mis pares. Incluso me he topado con un dilema que en otra situación se me antojaría absurda: ¿debo incluir en mi curriculum vitae a esta empresa a tan sólo tres meses de haber entrado?
Por otro lado, sé que mis conocimientos en ciertas tareas específicas son superiores a los de mis pares. Sé que la decisión dependerá, no tanto de quién sea mejor en lo específico, sino quién acomoda mejor el perfil final de las posiciones disponibles.
Este grave movimiento de capas superiores ha servido como preludio a una reestructuración mayor. La compañía ha tendido a engrosar y es momento de cortar la grasa. Pero todo indica que no se usará un bisturí. La firma de consultores externos (¡tan expertos en tantas cosas!) ha promocionado la idea de un recorte del 50% del valor del costo de personal. Importante: el valor, no las cabezas. Esto significa que para variar no tendremos las típicas reducciones de obreros. No. ¡Sean bienvenidas las cabezas de los dioses al holocausto!
En palabras de estos filósofos de la Revolución: “Cortaremos. Si tocamos carne y notamos que fluye sangre y tenemos que recontratar… pues recontrataremos”.
La historia juzgará.
Toma de La Bastilla
A mis escasos tres meses de antigüedad con los jugueros ha ocurrido lo innombrable: el gran patrón, el director general, ha sido despedido. Junto con él salieron otros cinco grandes jerarcas, jefes de muchas plumas y varios penachos. Entre ellos, mi amado jefe (¿debería decir ya “exjefe”?).
Para aquellos familiarizados con la vida corporativa o con la burocracia (siempre creativa y fecunda) esta situación les será conocida. El saber, o peor aún, el no saber qué será de nosotros, si “saldremos en la foto” o no, es bastante estresante.
Si pudiera desligarme por completo, este sería un momento ideal para teorizar con respecto al tipo ideal de liderazgo necesario en estas situaciones. Hablar sobre las virtudes deseables en una campaña de comunicación interna que trate, en todo lo posible, de disminuir el rumor y la incertidumbre.
Pero esa no es mi intención. Tal vez lo sería después, ofreciendo si no consejos prácticos, por lo menos una buena lista de lo que se debe evitar. Un consejo sí es válido: hay que ser lo más franco posible, calmando a la gente, pero sin crear falsas expectativas.
El Terror
Una de las situaciones más graves se da cuando, después de una filtración de algún tipo, un grupo de trabajo sabe que sólo una cantidad reducida de sus miembros quedarán en la organización. Entonces una guerra interna se inicia por tratar de sobrevivir, pues los miembros quedan tentados a mostrar sus mejores colores, su “ropaje de apareamiento”, para conquistar así al hipotético tomador de decisiones y convencerlo de que no los deseche. En otras palabras, se descubre que de pronto todo el mundo “jala agua para su molino”, anteponiendo su supervivencia a cualquier proyecto o trabajo pendiente.
Muy común también en estas situaciones es que los objetivos a mediano y largo plazo queden abandonados y dispersos. Los equipos se enfrentan a una casi total falta de dirección, pues el desconocimiento generalizado invita a postergar “hasta que las aguas tomen su cause” o “el asunto se enfríe”. Mientras tanto, quienes intentan hacer algo, lo más seguro es que sean víctimas de esa misma falta de visibilidad (que no de visión), pidiendo proyectos, reportes y escenarios poco definidos o claros.
Ante esto, las pocas actividades tienden a repartirse entre muchos, quienes desean, uno, mantenerse ocupados, y dos, demostrar su maestría y experiencia en la actividad. Resultado: proyectos pequeños, que demandan poco tiempo, realizados por muchas personas a la vez, exacerbados por la falta de una guía clara. Lo cual demuestra, aún más, lo que en inicio se querría tal vez ocultar: la duplicidad de funciones.
Ese es nuestro caso en particular. ¿Se imagina usted a un par de gerentes de la misma área acudiendo a la misma junta a preguntar exactamente lo mismo? Pues sí, eso vivimos. Evidentemente, alguien sobra.
Mademoiselle Le Guillotine
Como se comprenderá, con mi escaso conocimiento de la empresa y corta vida laboral, no puedo evitar sentir que mi esperanza de estadía es poco firme. Mi salida sería mucho más barata que la de mis pares. Incluso me he topado con un dilema que en otra situación se me antojaría absurda: ¿debo incluir en mi curriculum vitae a esta empresa a tan sólo tres meses de haber entrado?
Por otro lado, sé que mis conocimientos en ciertas tareas específicas son superiores a los de mis pares. Sé que la decisión dependerá, no tanto de quién sea mejor en lo específico, sino quién acomoda mejor el perfil final de las posiciones disponibles.
Este grave movimiento de capas superiores ha servido como preludio a una reestructuración mayor. La compañía ha tendido a engrosar y es momento de cortar la grasa. Pero todo indica que no se usará un bisturí. La firma de consultores externos (¡tan expertos en tantas cosas!) ha promocionado la idea de un recorte del 50% del valor del costo de personal. Importante: el valor, no las cabezas. Esto significa que para variar no tendremos las típicas reducciones de obreros. No. ¡Sean bienvenidas las cabezas de los dioses al holocausto!
En palabras de estos filósofos de la Revolución: “Cortaremos. Si tocamos carne y notamos que fluye sangre y tenemos que recontratar… pues recontrataremos”.
La historia juzgará.
viernes, septiembre 05, 2003
Narración de una ida y una vuelta (cont.)
Día dos: Piezas de museo
En mi segundo día en Canadá visitamos el Royal Ontario Museum, ROM. Este museo es famoso por su poseer la colección más grande de artículos chinos fuera de China. Desgraciadamente, están construyendo una expansión ¡precisamente sobre las salas chinas! Así que están cerradas al público.
Sin embargo, pude visitar gran parte de este museo. Completamente art decó. A pesar de ser pequeño y de tener una colección extraña (es museo de historia humana y natural a un tiempo), está organizado en una forma muy pedagógica, por ejemplo: los muros de la sala egipcia están pintados de beige y café, para hacer referencia al desierto, en los muros están los objetos que nos refieren a la vida diaria de la gente y en la parte central se ubican cosas relacionadas con creencias religiosas, etc.
O, por ejemplo, la sala de armas muestra una breve evolución del armamento usado por el hombre en sus guerras, desde la edad media con sus grandes y pesadas armaduras, hasta algunos rifles de asalto posteriores a la segunda guerra mundial, todo para terminar con un par de maniquíes que muestran los uniformes y equipos de protección usados en motocross y hockey, e incluso se te pide que los compares con las armaduras del principio.
Creo que este fue el único día en el cual me enfrenté a la infancia canadiense. Los guías voluntarios perdían rápidamente la paciencia tratando de controlar grupos de niños que visitaban el museo. Escandalosos e inquietos, como todos los niños, y también una muestra clara de la sociedad en Toronto: había representantes de todas las razas. Otra cosa que me sorprendió fue el hecho que, a pesar de ser día de visita, no había tantos niños como me hubiera imaginado o los que hubiera encontrado de hallarme en México. Lo cual me dice que en Toronto, y extrapolo a todo Canadá, el crecimiento demográfico no se da por los nacimientos, sino por la inmigración.
Otra de las ventajas de este pequeño gran museo, además del par de tótem (¿totemes?)que adornan el hueco de sus escaleras, fue el mostrarme, una vez más, cuan distintos son los gustos de mi guía de los míos. Hay un ala en la cual se reproducen habitaciones de distintos momentos históricos. Hay un vestidor de los tiempos de Luis XV, una sala de té inglesa con motivos chinescos, un oratorio medieval, etc. Platicando con lord Evans descubrimos que, mientras yo sentía preferencia por la habitación art nuveau, él se inclinó por el salón inglés de tiempos de Eduardo VIII con paredes recubiertas de madera oscura y muebles pesados.
Aunque me gustan mucho los museos, siempre he sido partidario de conocer las ciudades caminando sus calles. Esa misma tarde tuve mi primer acercamiento a Toronto. Mientras Mr. Evans estaba en su clase de francés, yo fui a comerme un sándwich y a caminar por Younge Street.
Para los gustos de mi amigo, estuve caminando por la parte “dejada” de la calle. Para mi gusto, una de las mejores. Pequeñas tiendas y comercios uno tras el otro, tiendas de chucherías, la librería Bakka (cerrada para mi infortunio), la zona “rosa” de la ciudad. Cosas y gente interesantes.
Mi primer paseo fue rápido. Tuve que correr hacia Chapters, la librería más grande de Canadá para ver a Evans e ir a celebrar su cumpleaños.
El cumpleaños, que a mí se me antojaba pretexto para algo más salvaje, degeneró rápidamente en cena en un restaurante de carnes que, si bien caro, distó bastante de ser tan bueno como se lo habían presumido a JC (nada que ver con Jesucristo ni de cerca). Ocupando una vieja casona, el comedor estaba más bien vacío (lo que no es de extrañarse en un miércoles), y si bien la cocina no fue magnífica, aunque sí buena, la selección de bebidas y la atención si fueron superiores. Días después muchas cosas cayeron en su lugar cuando me di cuenta de que el restaurante, el Kegs (creo), pertenece a una cadena canadiense.
Regresamos a casa y me he topado con un canal de caricaturas que por las noches sólo transmite caricaturas para adultos. Nada de “karate chido” desafortunadamente, pero por lo menos me enteré de un par de series semejantes a sitcoms. En una retratan la vida universitaria de un cuarteto de amigos (un freak computacional, un tímido, un galán cuasi autistay un bruto cuya mayor expectativa de la universidad es vivirla como lo mostraban las películas de los 80’s). En la otra, en una preparatoria gringa se desarrolla un proyecto secreto del gobierno gringo: toda la escuela está llena de clones de personajes famosos; así pues, Abe Lincoln adolescente, junto con sus amigos Gandhi y Juana de Arco, tiene que lidiar contra JF Kennedy y otros patanes de la misma calaña por ser popular y todas esas cosas que la cultura pop americana nos dicen importan tanto cuando se es adolescente en el High School. Ambas ingenuas, pero a las dos de la mañana, divertidas.
Día dos: Piezas de museo
En mi segundo día en Canadá visitamos el Royal Ontario Museum, ROM. Este museo es famoso por su poseer la colección más grande de artículos chinos fuera de China. Desgraciadamente, están construyendo una expansión ¡precisamente sobre las salas chinas! Así que están cerradas al público.
Sin embargo, pude visitar gran parte de este museo. Completamente art decó. A pesar de ser pequeño y de tener una colección extraña (es museo de historia humana y natural a un tiempo), está organizado en una forma muy pedagógica, por ejemplo: los muros de la sala egipcia están pintados de beige y café, para hacer referencia al desierto, en los muros están los objetos que nos refieren a la vida diaria de la gente y en la parte central se ubican cosas relacionadas con creencias religiosas, etc.
O, por ejemplo, la sala de armas muestra una breve evolución del armamento usado por el hombre en sus guerras, desde la edad media con sus grandes y pesadas armaduras, hasta algunos rifles de asalto posteriores a la segunda guerra mundial, todo para terminar con un par de maniquíes que muestran los uniformes y equipos de protección usados en motocross y hockey, e incluso se te pide que los compares con las armaduras del principio.
Creo que este fue el único día en el cual me enfrenté a la infancia canadiense. Los guías voluntarios perdían rápidamente la paciencia tratando de controlar grupos de niños que visitaban el museo. Escandalosos e inquietos, como todos los niños, y también una muestra clara de la sociedad en Toronto: había representantes de todas las razas. Otra cosa que me sorprendió fue el hecho que, a pesar de ser día de visita, no había tantos niños como me hubiera imaginado o los que hubiera encontrado de hallarme en México. Lo cual me dice que en Toronto, y extrapolo a todo Canadá, el crecimiento demográfico no se da por los nacimientos, sino por la inmigración.
Otra de las ventajas de este pequeño gran museo, además del par de tótem (¿totemes?)que adornan el hueco de sus escaleras, fue el mostrarme, una vez más, cuan distintos son los gustos de mi guía de los míos. Hay un ala en la cual se reproducen habitaciones de distintos momentos históricos. Hay un vestidor de los tiempos de Luis XV, una sala de té inglesa con motivos chinescos, un oratorio medieval, etc. Platicando con lord Evans descubrimos que, mientras yo sentía preferencia por la habitación art nuveau, él se inclinó por el salón inglés de tiempos de Eduardo VIII con paredes recubiertas de madera oscura y muebles pesados.
Aunque me gustan mucho los museos, siempre he sido partidario de conocer las ciudades caminando sus calles. Esa misma tarde tuve mi primer acercamiento a Toronto. Mientras Mr. Evans estaba en su clase de francés, yo fui a comerme un sándwich y a caminar por Younge Street.
Para los gustos de mi amigo, estuve caminando por la parte “dejada” de la calle. Para mi gusto, una de las mejores. Pequeñas tiendas y comercios uno tras el otro, tiendas de chucherías, la librería Bakka (cerrada para mi infortunio), la zona “rosa” de la ciudad. Cosas y gente interesantes.
Mi primer paseo fue rápido. Tuve que correr hacia Chapters, la librería más grande de Canadá para ver a Evans e ir a celebrar su cumpleaños.
El cumpleaños, que a mí se me antojaba pretexto para algo más salvaje, degeneró rápidamente en cena en un restaurante de carnes que, si bien caro, distó bastante de ser tan bueno como se lo habían presumido a JC (nada que ver con Jesucristo ni de cerca). Ocupando una vieja casona, el comedor estaba más bien vacío (lo que no es de extrañarse en un miércoles), y si bien la cocina no fue magnífica, aunque sí buena, la selección de bebidas y la atención si fueron superiores. Días después muchas cosas cayeron en su lugar cuando me di cuenta de que el restaurante, el Kegs (creo), pertenece a una cadena canadiense.
Regresamos a casa y me he topado con un canal de caricaturas que por las noches sólo transmite caricaturas para adultos. Nada de “karate chido” desafortunadamente, pero por lo menos me enteré de un par de series semejantes a sitcoms. En una retratan la vida universitaria de un cuarteto de amigos (un freak computacional, un tímido, un galán cuasi autistay un bruto cuya mayor expectativa de la universidad es vivirla como lo mostraban las películas de los 80’s). En la otra, en una preparatoria gringa se desarrolla un proyecto secreto del gobierno gringo: toda la escuela está llena de clones de personajes famosos; así pues, Abe Lincoln adolescente, junto con sus amigos Gandhi y Juana de Arco, tiene que lidiar contra JF Kennedy y otros patanes de la misma calaña por ser popular y todas esas cosas que la cultura pop americana nos dicen importan tanto cuando se es adolescente en el High School. Ambas ingenuas, pero a las dos de la mañana, divertidas.
martes, septiembre 02, 2003
Lista de lecturas (esto es, qué es lo que estoy leyendo [o tengo pendiente] hoy por hoy):
- “La ciudad de Dios”, Agustín de Hipona
- “Something wicked this way comes”, Phillip K Dick
- “El hombre que fue jueves”, Chesterton
Las obras que no he terminado de leer:
- A riesgo de decepcionar a mis amigos: “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, Cervantes.
- Para apañar ingenuos. “El Corán” de los labios de Mahoma.
- Para cumplir con mis influencias: “Orlando Furioso” Ariosto.
- Para demostrar mi vena angla: “Moby Dick”, Neville.
- Para demostrar que no soy un esnob malinchista: “Noticias del Imperio”, Del Paso.
- Para demostrar que soy bien culto: “El canon occidental”, Bloom.
Libros Hito:
- “Las aventuras de Tom Sawyer”, Mark Twain.
- “Los tres mosqueteros”, de Dumas, padre. Años después me soplé, sentado en la incomoda silla de una biblioteca pública, las continuaciones: “Veinte años después” y “El vizconde de Bragelone” editados en Sepan cuantos...
- “Cien años de soledad”, García Márquez.
- El tan anhelado “Drácula” de Stoker, en una sola sentada de más de veinticuatro horas.
- “Las ciudades invisibles”, “El caballero inexistente”, ambos de Calvino.
- En menor medida: “La isla misteriosa” de Verne, que me ayudó a elegir carrera (además de ser el libro que yo escogería si supiera que voy a ser víctima de un naufragio), “La Biblia” por J (que también debería estar entre los inconclusos), “El señor de los anillos” de Tolkien.
- “Soñar tu sombra”, libro de poesía escrito por Fernández Iglesias, uno de mis gurús favoritos, quien tiene la culpa de que, a veces, yo escriba poesía.
- “Las mil noches y una noche”, creo que la versión de Burton, que tiene el muy discutible honor de ser el primer libro que me prohibieron leer, a mis tiernos once años.
¿Qué obra me decidió a escribir? La película de Terry Gillian, Las increíbles aventuras del Barón de Munchhausen. Después de verla deseé algún día poder ser capaz de escribir algo así de maravilloso. Aún busco, en las tiendas de viejo, alguno de los tres o cuatro carteles promocionales.
Cosas que olvido frecuentemente de mí:
- Valoré seriamente unirme a la Legión Extranjera al graduarme de ingeniería.
- Tomé clases de violín cuando era niño.
- Esto no lo olvido: colecciono sombreros y espadas.
- Dos amigos y yo nos colamos, siendo adolescentes, en la cripta de una exhacienda abandonada. Los moradores permanentes estaban en casa.
- Soy sumamente tímido con las mujeres. También le temo a los perros, las ratas y a los dentistas.
- Tengo una fuerte afición por la pornografía (siempre se agradecen las aportaciones)
- Creí en el socialismo y en la guerrilla en la secundaria, en la democracia en la preparatoria, la maestría me marcó neoliberal y cada vez me descubro más tintes fascistas. He votado por los verdes, aunque ahora los abomino, y hasta por el extinto PSUM.
- Jamás seré un buen líder revolucionario: me agradan demasiado los trajes bien cortados y las corbatas de seda.
- Actué y dirigí mi primer obra de teatro (una adaptación muy libre de Cyrano) a los diez años en la primaria. Por supuesto, fui Cyrano. A los trece me uní al grupo de teatro de la Universidad. De mi más reciente participación en escena hace ya más de diez años. Añoro subir una vez más al escenario, como seguramente lo desearía el Capitán Estruendo de Gautier. El único estelar que he tenido fue, precisamente, ese primer Cyrano.
- Tengo una prosa tan fragmentada que la gente piensa que escribo poesía. Yo, sinceramente, me avergüenzo siquiera de decir que escribo.
- Tengo el mismo grupo de metas desde hace tres años: aprender alemán, bailar tango, practicar esgrima e ir a Europa.
- Alguna vez, un gran amigo, a quien admiro mucho, durante nuestra estancia en la universidad, me preguntó que me importaba más si ser definido como un actor o como un escritor, confiando, supongo, que mi respuesta sería lo segundo. Aún sigo dudándolo.
- A veces digo más de lo que debiera.
- Apoyé con el financiamiento de una película porno gay.
- Participé en una ménage-à-trois.
- Trabajé en un supermercado despachando carnes frías.
- Han intentado ligarme un pintor neoyorkino en la ciudad de México y una reina en la ciudad de Tampico. Una vez me acosaron desde un auto en Toluca.
- Como buen rebelde, asistía a El Sótano (un agujero funkie en Toluca) vestido de traje y corbata. (¿Quién era más rebelde y más trasgresor en ese lugar, ellos con su pelo largo y sus jeans o yo vestido de yuppie?)
- He vestido de “domador de circo” cuando iba a la preparatoria (botas de Menudo por fuera del pantalón, camisas de cuello Mao y gabardina), he usado el pelo largo a la MacGiver en la universidad, me he pintado el pelo de blanco un par de veces.
- Con las debidas proporciones, me veo en las organizaciones como Sócrates se veía así mismo con respecto a Atenas: ellas son un gran caballo grande, fuerte y holgazán y nosotros somos un tábano que los obliga a moverse, a correr, a agitarse.
- Y muchas cosas más que, como dije, frecuentemente olvido…
Declaración de principios
- Creo que el paraíso ocurre cuando se corta un trozo de pan recién horneado.
- Creo que Dios es un barco surcando el mar.
- Creo que la ternura existe en las manos de la mujer que me ama.
- Estoy persuadido de que mi sombra muestra que una espada cuelga de mi cintura.
- “La ciudad de Dios”, Agustín de Hipona
- “Something wicked this way comes”, Phillip K Dick
- “El hombre que fue jueves”, Chesterton
Las obras que no he terminado de leer:
- A riesgo de decepcionar a mis amigos: “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, Cervantes.
- Para apañar ingenuos. “El Corán” de los labios de Mahoma.
- Para cumplir con mis influencias: “Orlando Furioso” Ariosto.
- Para demostrar mi vena angla: “Moby Dick”, Neville.
- Para demostrar que no soy un esnob malinchista: “Noticias del Imperio”, Del Paso.
- Para demostrar que soy bien culto: “El canon occidental”, Bloom.
Libros Hito:
- “Las aventuras de Tom Sawyer”, Mark Twain.
- “Los tres mosqueteros”, de Dumas, padre. Años después me soplé, sentado en la incomoda silla de una biblioteca pública, las continuaciones: “Veinte años después” y “El vizconde de Bragelone” editados en Sepan cuantos...
- “Cien años de soledad”, García Márquez.
- El tan anhelado “Drácula” de Stoker, en una sola sentada de más de veinticuatro horas.
- “Las ciudades invisibles”, “El caballero inexistente”, ambos de Calvino.
- En menor medida: “La isla misteriosa” de Verne, que me ayudó a elegir carrera (además de ser el libro que yo escogería si supiera que voy a ser víctima de un naufragio), “La Biblia” por J (que también debería estar entre los inconclusos), “El señor de los anillos” de Tolkien.
- “Soñar tu sombra”, libro de poesía escrito por Fernández Iglesias, uno de mis gurús favoritos, quien tiene la culpa de que, a veces, yo escriba poesía.
- “Las mil noches y una noche”, creo que la versión de Burton, que tiene el muy discutible honor de ser el primer libro que me prohibieron leer, a mis tiernos once años.
¿Qué obra me decidió a escribir? La película de Terry Gillian, Las increíbles aventuras del Barón de Munchhausen. Después de verla deseé algún día poder ser capaz de escribir algo así de maravilloso. Aún busco, en las tiendas de viejo, alguno de los tres o cuatro carteles promocionales.
Cosas que olvido frecuentemente de mí:
- Valoré seriamente unirme a la Legión Extranjera al graduarme de ingeniería.
- Tomé clases de violín cuando era niño.
- Esto no lo olvido: colecciono sombreros y espadas.
- Dos amigos y yo nos colamos, siendo adolescentes, en la cripta de una exhacienda abandonada. Los moradores permanentes estaban en casa.
- Soy sumamente tímido con las mujeres. También le temo a los perros, las ratas y a los dentistas.
- Tengo una fuerte afición por la pornografía (siempre se agradecen las aportaciones)
- Creí en el socialismo y en la guerrilla en la secundaria, en la democracia en la preparatoria, la maestría me marcó neoliberal y cada vez me descubro más tintes fascistas. He votado por los verdes, aunque ahora los abomino, y hasta por el extinto PSUM.
- Jamás seré un buen líder revolucionario: me agradan demasiado los trajes bien cortados y las corbatas de seda.
- Actué y dirigí mi primer obra de teatro (una adaptación muy libre de Cyrano) a los diez años en la primaria. Por supuesto, fui Cyrano. A los trece me uní al grupo de teatro de la Universidad. De mi más reciente participación en escena hace ya más de diez años. Añoro subir una vez más al escenario, como seguramente lo desearía el Capitán Estruendo de Gautier. El único estelar que he tenido fue, precisamente, ese primer Cyrano.
- Tengo una prosa tan fragmentada que la gente piensa que escribo poesía. Yo, sinceramente, me avergüenzo siquiera de decir que escribo.
- Tengo el mismo grupo de metas desde hace tres años: aprender alemán, bailar tango, practicar esgrima e ir a Europa.
- Alguna vez, un gran amigo, a quien admiro mucho, durante nuestra estancia en la universidad, me preguntó que me importaba más si ser definido como un actor o como un escritor, confiando, supongo, que mi respuesta sería lo segundo. Aún sigo dudándolo.
- A veces digo más de lo que debiera.
- Apoyé con el financiamiento de una película porno gay.
- Participé en una ménage-à-trois.
- Trabajé en un supermercado despachando carnes frías.
- Han intentado ligarme un pintor neoyorkino en la ciudad de México y una reina en la ciudad de Tampico. Una vez me acosaron desde un auto en Toluca.
- Como buen rebelde, asistía a El Sótano (un agujero funkie en Toluca) vestido de traje y corbata. (¿Quién era más rebelde y más trasgresor en ese lugar, ellos con su pelo largo y sus jeans o yo vestido de yuppie?)
- He vestido de “domador de circo” cuando iba a la preparatoria (botas de Menudo por fuera del pantalón, camisas de cuello Mao y gabardina), he usado el pelo largo a la MacGiver en la universidad, me he pintado el pelo de blanco un par de veces.
- Con las debidas proporciones, me veo en las organizaciones como Sócrates se veía así mismo con respecto a Atenas: ellas son un gran caballo grande, fuerte y holgazán y nosotros somos un tábano que los obliga a moverse, a correr, a agitarse.
- Y muchas cosas más que, como dije, frecuentemente olvido…
Declaración de principios
- Creo que el paraíso ocurre cuando se corta un trozo de pan recién horneado.
- Creo que Dios es un barco surcando el mar.
- Creo que la ternura existe en las manos de la mujer que me ama.
- Estoy persuadido de que mi sombra muestra que una espada cuelga de mi cintura.
lunes, septiembre 01, 2003
Narración de una ida y una vuelta
Preludio
Hace un par de meses, a principios de julio, huí por una semana a Canadá. Estas son las impresiones de mi viaje. Una vez más, queda advertida la completa subjetividad de los puntos de vista, de los juicios gratuitos, de la calificación o descalificación de lo observado.
Hecha esta advertencia, va el diario.
Llegando tarde
La visita a Toronto fue tan agradable o más de lo que yo lo imaginaba. Es una bella ciudad, mucho más atractiva, cálida y juvenil de lo que son algunas ciudades americanas. Por ejemplo, el centro de Toronto (el downtown) es mucho más personal y cercano que lo que nunca fueron los de Austin o Atlanta.
El inicio no fue el mejor y los augurios pintaban más bien oscuros: comenzó mal cuando, en pleno aeropuerto de la ciudad de México, en la fila para documentar equipaje, me di cuenta de que los candados de las maletas estaban puestos y había olvidado las llaves (opciones: salir de la fila, que el Cronopio se lanzara a casa por las llaves y que regresara a tiempo, o bien, romper los candados, si es que era posible). Afortunadamente, y gracias a que doña Cronopio tiene vara alta en las cortes celestiales gracias a su bilo, las benditas llaves se materializaron en el auto y no fue necesario ir hasta a casa. Sin embargo esto no fue más que la punta del iceberg. Después, vino el viaje que fue más parecido a un recorrido por una carretera sin asfaltar que a una travesía aérea (en donde, se supone, que no hay baches, hoyos ni topes), seguido de la cancelación del vuelo de conexión sin ninguna razón aparente y la postergación casi interminable del vuelo de reemplazo, dejándome varado en Chicago, haciendo que llegara a mi destino con más de seis horas de retraso.
Mi guía no pudo ser mejor pues, a pesar de su gusto hacia lo adulto contemporáneo (lo cual incluye cierta predilección por la música new age), estuvo dispuesto a descubrir junto conmigo un poco de la ciudad de la cual ya es habitante legal desde hace más de dos meses.
BEF, mi otro guía moral, hizo favor de sugerirme varios lugares a visitar, mismos que recorrí religiosamente, como lista de supermercado.
Así pues, caí en la primer gran trampa para turistas de la ciudad: la Torre CN. Afamada por ser la construcción más alta del planeta (alrededor de 500 metros), le ha permitido a varios colocar marcas mundiales: lanzamiento de huevos, escaladas a mano, subida de escalones, mudanza de pianos y demás excentricidades que sólo le pueden ocurrir a sociedades tan sui generis como son las anglosajonas.
(Muy a propósito con esto último he adquirido la novela de Gaiman “American gods”. Hasta ahora, bien, aunque me refiere demasiado al Sandman.)
Mr. Evans, con su pinta de inglés victoriano, me ha señalado el nacionalismo imperante en Canadá: a pesar de que Toronto es la ciudad más cosmopolita del mundo (yo siempre creí que era Nueva York) debido a la mezcla de nacionalidades de sus habitantes, las banderas canadienses pululan y se reafirman constantemente. O tal vez, esta reafirmación sea, precisamente debida ese alto índice de inmigrados. Ejemplos (a mi que me fascinan las demostraciones y la verborrea): las principales cervezas nacionales son Blue (con una hoja de maple en la etiqueta) y Canadian (no comments).
Preludio
Hace un par de meses, a principios de julio, huí por una semana a Canadá. Estas son las impresiones de mi viaje. Una vez más, queda advertida la completa subjetividad de los puntos de vista, de los juicios gratuitos, de la calificación o descalificación de lo observado.
Hecha esta advertencia, va el diario.
Llegando tarde
La visita a Toronto fue tan agradable o más de lo que yo lo imaginaba. Es una bella ciudad, mucho más atractiva, cálida y juvenil de lo que son algunas ciudades americanas. Por ejemplo, el centro de Toronto (el downtown) es mucho más personal y cercano que lo que nunca fueron los de Austin o Atlanta.
El inicio no fue el mejor y los augurios pintaban más bien oscuros: comenzó mal cuando, en pleno aeropuerto de la ciudad de México, en la fila para documentar equipaje, me di cuenta de que los candados de las maletas estaban puestos y había olvidado las llaves (opciones: salir de la fila, que el Cronopio se lanzara a casa por las llaves y que regresara a tiempo, o bien, romper los candados, si es que era posible). Afortunadamente, y gracias a que doña Cronopio tiene vara alta en las cortes celestiales gracias a su bilo, las benditas llaves se materializaron en el auto y no fue necesario ir hasta a casa. Sin embargo esto no fue más que la punta del iceberg. Después, vino el viaje que fue más parecido a un recorrido por una carretera sin asfaltar que a una travesía aérea (en donde, se supone, que no hay baches, hoyos ni topes), seguido de la cancelación del vuelo de conexión sin ninguna razón aparente y la postergación casi interminable del vuelo de reemplazo, dejándome varado en Chicago, haciendo que llegara a mi destino con más de seis horas de retraso.
Mi guía no pudo ser mejor pues, a pesar de su gusto hacia lo adulto contemporáneo (lo cual incluye cierta predilección por la música new age), estuvo dispuesto a descubrir junto conmigo un poco de la ciudad de la cual ya es habitante legal desde hace más de dos meses.
BEF, mi otro guía moral, hizo favor de sugerirme varios lugares a visitar, mismos que recorrí religiosamente, como lista de supermercado.
Así pues, caí en la primer gran trampa para turistas de la ciudad: la Torre CN. Afamada por ser la construcción más alta del planeta (alrededor de 500 metros), le ha permitido a varios colocar marcas mundiales: lanzamiento de huevos, escaladas a mano, subida de escalones, mudanza de pianos y demás excentricidades que sólo le pueden ocurrir a sociedades tan sui generis como son las anglosajonas.
(Muy a propósito con esto último he adquirido la novela de Gaiman “American gods”. Hasta ahora, bien, aunque me refiere demasiado al Sandman.)
Mr. Evans, con su pinta de inglés victoriano, me ha señalado el nacionalismo imperante en Canadá: a pesar de que Toronto es la ciudad más cosmopolita del mundo (yo siempre creí que era Nueva York) debido a la mezcla de nacionalidades de sus habitantes, las banderas canadienses pululan y se reafirman constantemente. O tal vez, esta reafirmación sea, precisamente debida ese alto índice de inmigrados. Ejemplos (a mi que me fascinan las demostraciones y la verborrea): las principales cervezas nacionales son Blue (con una hoja de maple en la etiqueta) y Canadian (no comments).
lunes, agosto 18, 2003
Ultimo día, primer día
Hace ya más de un mes que le avisé a mi jefe que me iba. Una oferta “difícil de rechazar” llegó a mis manos y la tomé gustoso.
Durante días sopesé, aquilaté los posibles caminos para decírselo sin provocar alguna temida tormenta, además de contrarrestar los llamados de mi siempre mal entendida fidelidad.
La verdad es que no tenía por qué temer tormenta alguna: las compañías han proclamado a voz en cuello la necesidad, la obligación moral, de que los empleados se pongan, se tatúen, la camiseta, pero da la impresión de que se les ha olvidado que también ellas deben ponerse y tatuarse la camiseta del trabajador.
Así, nos entrenamos y nos convencemos de que debemos laborar largas e interminables horas, sacrificar tardes, noches, sábados y días festivos a favor del importante proyecto sólo a cambio de la paga. Y la paga es importante, pero no lo es todo (para algunos sí, para mí, no).
De pronto, un día nos damos cuenta de que la única camiseta que vale la pena ponerse y tatuarse es la propia. ¿Con quién tenemos compromisos más importantes que con nosotros mismos? ¿A quién le debemos más fidelidad y con quién podemos estar más endeudados que con el propio yo? ¿Cuál carrera, proyecto o empresa tiene mayor prioridad?
Estas preguntas son lugar común en cualquier cursillo de autoayuda. Hay centenares de libros al respecto. Pero aún así, olvidarlo es muy fácil.
Pues bien, me fajé los pantalones, me vestí con mi mejor traje, mi mejor corbata y se lo solté a bocajarro.
Los jefes pueden ser muchas cosas a un tiempo. En mi caso, el venezolano (¡alemán venezolano!) era mentor, protector y rol model. Él incluso usaba la peligrosa palabra con “a”: amigo. Nada más lejano ni más misleading (¿cómo se traduce misleading? ¿engañoso?). Los jefes son jefes. Jamás madres, siempre madrastras. Ellos verán antes por sí mismos. Es natural. Basta recordar la prioridad que mencioné apenas.
Ésta, creo, ha sido la lección que se me enseñó mi anterior trabajo.
No es el “cada hombre para sí mismo”, sino el “nadie, por muy cercano, peleará tus batallas por ti”.
Así que le dije "me voy". Y no le importó. Mejor, porque a mí ya no me interesaba quedarme.
Nos dimos un muy educado y civilizado pacto de dos semanas para mi salida. Hubo felicitaciones, preguntas a cerca de cuánto, cuándo y qué haría, incluido un comentario cargado de mala leche. Tal como ya dije, madrastra. Y como también ya dije, decidí que ya no me importaría porque ya no tenía por qué importarme.
Conforme al día final se fue acercando, su nerviosismo se hizo patente. Ya no fue tan flemático al respecto de mi partida. El pánico le entró un par de veces cuando sintió que los proyectos no se terminarían a tiempo, al grado que un día exploté diciéndole que, desde mi punto de vista, estaba sobre reaccionando.
Algo común en los grandes jefes, cabezas de empresa, es la certeza de que las cosas se harán como lo piden. Sus deseos son órdenes. La experiencia nos confirma que si ellos son los responsables de proponer políticas o procedimientos, ellos mismos serán los primeros en violar las reglas establecidas, haciendo compras sin requerimientos necesarios, etc., a sabiendas de que la organización y sus estándares se doblarán o se ignorarán para cumplir con sus caprichos.
Esta vez no fue la excepción. El venezolano jamás le avisó a la gente de RH de que yo me iba. Lo sospeché, así que fui con ellos por la mañana del último día para hacérselos saber. Y mi jefe, mi exjefe, me jugó la última: yo planeaba dejar la oficina a eso de las tres de la tarde, después de haber enviado un correo de despedida tanto a mis excompañeros como a otros contactos. Al final, dejé la oficina casi a las siete de la noche, el último en una oficina vacía, como siempre, ya retrasado en mis compromisos personales y sin enviar mensaje alguno.
Al llegar a casa, bastante tarde, pues acompañé al Chulo a comprarse un traje (difícilmente veo al Chulo y más difícilmente él se compra un traje, así que supongo que el esfuerzo valió la pena), una horda de salvajes me recibió con gritos desaforados de felicidades. Mi Cronopio querido había organizado una fiesta sorpresa.
Fue lo mejor de todo.
Lo mejor del último día. Mi primer día sin los alemanes.
Hace ya más de un mes que le avisé a mi jefe que me iba. Una oferta “difícil de rechazar” llegó a mis manos y la tomé gustoso.
Durante días sopesé, aquilaté los posibles caminos para decírselo sin provocar alguna temida tormenta, además de contrarrestar los llamados de mi siempre mal entendida fidelidad.
La verdad es que no tenía por qué temer tormenta alguna: las compañías han proclamado a voz en cuello la necesidad, la obligación moral, de que los empleados se pongan, se tatúen, la camiseta, pero da la impresión de que se les ha olvidado que también ellas deben ponerse y tatuarse la camiseta del trabajador.
Así, nos entrenamos y nos convencemos de que debemos laborar largas e interminables horas, sacrificar tardes, noches, sábados y días festivos a favor del importante proyecto sólo a cambio de la paga. Y la paga es importante, pero no lo es todo (para algunos sí, para mí, no).
De pronto, un día nos damos cuenta de que la única camiseta que vale la pena ponerse y tatuarse es la propia. ¿Con quién tenemos compromisos más importantes que con nosotros mismos? ¿A quién le debemos más fidelidad y con quién podemos estar más endeudados que con el propio yo? ¿Cuál carrera, proyecto o empresa tiene mayor prioridad?
Estas preguntas son lugar común en cualquier cursillo de autoayuda. Hay centenares de libros al respecto. Pero aún así, olvidarlo es muy fácil.
Pues bien, me fajé los pantalones, me vestí con mi mejor traje, mi mejor corbata y se lo solté a bocajarro.
Los jefes pueden ser muchas cosas a un tiempo. En mi caso, el venezolano (¡alemán venezolano!) era mentor, protector y rol model. Él incluso usaba la peligrosa palabra con “a”: amigo. Nada más lejano ni más misleading (¿cómo se traduce misleading? ¿engañoso?). Los jefes son jefes. Jamás madres, siempre madrastras. Ellos verán antes por sí mismos. Es natural. Basta recordar la prioridad que mencioné apenas.
Ésta, creo, ha sido la lección que se me enseñó mi anterior trabajo.
No es el “cada hombre para sí mismo”, sino el “nadie, por muy cercano, peleará tus batallas por ti”.
Así que le dije "me voy". Y no le importó. Mejor, porque a mí ya no me interesaba quedarme.
Nos dimos un muy educado y civilizado pacto de dos semanas para mi salida. Hubo felicitaciones, preguntas a cerca de cuánto, cuándo y qué haría, incluido un comentario cargado de mala leche. Tal como ya dije, madrastra. Y como también ya dije, decidí que ya no me importaría porque ya no tenía por qué importarme.
Conforme al día final se fue acercando, su nerviosismo se hizo patente. Ya no fue tan flemático al respecto de mi partida. El pánico le entró un par de veces cuando sintió que los proyectos no se terminarían a tiempo, al grado que un día exploté diciéndole que, desde mi punto de vista, estaba sobre reaccionando.
Algo común en los grandes jefes, cabezas de empresa, es la certeza de que las cosas se harán como lo piden. Sus deseos son órdenes. La experiencia nos confirma que si ellos son los responsables de proponer políticas o procedimientos, ellos mismos serán los primeros en violar las reglas establecidas, haciendo compras sin requerimientos necesarios, etc., a sabiendas de que la organización y sus estándares se doblarán o se ignorarán para cumplir con sus caprichos.
Esta vez no fue la excepción. El venezolano jamás le avisó a la gente de RH de que yo me iba. Lo sospeché, así que fui con ellos por la mañana del último día para hacérselos saber. Y mi jefe, mi exjefe, me jugó la última: yo planeaba dejar la oficina a eso de las tres de la tarde, después de haber enviado un correo de despedida tanto a mis excompañeros como a otros contactos. Al final, dejé la oficina casi a las siete de la noche, el último en una oficina vacía, como siempre, ya retrasado en mis compromisos personales y sin enviar mensaje alguno.
Al llegar a casa, bastante tarde, pues acompañé al Chulo a comprarse un traje (difícilmente veo al Chulo y más difícilmente él se compra un traje, así que supongo que el esfuerzo valió la pena), una horda de salvajes me recibió con gritos desaforados de felicidades. Mi Cronopio querido había organizado una fiesta sorpresa.
Fue lo mejor de todo.
Lo mejor del último día. Mi primer día sin los alemanes.
miércoles, agosto 13, 2003
Chuzas y espérs
Hace unos días vi Bowling in Columbine, el documental de Michael Moore. Como documental, Moore tiene muchos aciertos y también varias metidas de pata. La más criticable es, tal vez, su apasionamiento en el tema, lo que degenera en cierta falta de objetividad.
El caso más concreto es la entrevista que le hace a Charlton Heston. Hay un momento en que Heston ya está contra las cuerdas, se le ha escapado que una de las razones detrás de la violencia americana puede ser la multietnicidad. Pero Moore, quien sospecho a veces teme parecer muy anti-anglo, lo deja escapar atacándolo con el recuerdo del asesinato de una niña en Flint, Michigan, y la petición, impensable, de una disculpa por parte del presidente de la NRA (las siglas en inglés de la Asociación Nacional del Rifle).
Evidentemente, Heston no acepta e incluso huye.
Moore se anota una victoria, pero es una victoria pírrica. Un espér, pues.
La chuza ganadora, incluso una guajolota (término que se usa cuando has hilado tres o más chuzas de corrido), se la anota cuando logra que K-Mart cancele la venta de municiones en sus tiendas.
El documental está pletórico de datos interesantes. Gracioso es ver a la maltrecha figura de Moore abrir puertas en Toronto, todo porque los canadienses le afirman que ellos no le ponen seguros a sus puertas. Y queda eso demostrado de la mejor manera.
Otra chuza es la tasa de asesinatos en Estados Unidos contra la de otros países. Mientras Inglaterra y Canadá están por debajo de los 70 asesinatos anuales, los Estados Unidos rebasan los once mil. Me pregunto, ¿cuántos asesinatos causados por arma de fuego hay al año en México?
El tema de la comparación entre estos países se toca. Por ejemplo, en el Reino Unido las armas, a menos de que se traten de escopetas de caza, son ilegales. ¡Ni los policías van armados! Conste que es un país con una tradición más bien violenta.
Los canadienses, por el otro lado, tienen un exceso de armas. No estoy seguro si son tres o seis armas por casa, esto es, ¡casi un arma por persona! Lo que es cierto es que los canadienses tienen la tradición de la caza y para cazar se necesitan armas, pero no un AK47
Una de las hipótesis más importantes de la película es que los americanos viven con miedo. Miedo a los negros, a los latinos, a los criminales. Por eso se arman, para defenderse. Pero, de pronto, un día o una noche, algo no funciona como se esperaba: los adolescentes se llenan de ira, los niños toman las armas cargadas de los adultos para jugar, los adultos se deprimen y, entonces, los muertos aparecen.
“[Me quitarán mi arma] de las manos muertas”, afirma Heston. Al paso que van las cosas en Estados Unidos, es probable que muy pronto.
Adivinanza
¿Cuál es la diferencia entre un gringo y cualquier otro habitante del mundo?
Cuando un ciudadano del mundo se deprime, toma un arma, cierra la ventana y se pone un plomazo. Cuando un gringo se deprime, toma un arma, abre la ventana y se pone a matar cabrones.
Hace unos días vi Bowling in Columbine, el documental de Michael Moore. Como documental, Moore tiene muchos aciertos y también varias metidas de pata. La más criticable es, tal vez, su apasionamiento en el tema, lo que degenera en cierta falta de objetividad.
El caso más concreto es la entrevista que le hace a Charlton Heston. Hay un momento en que Heston ya está contra las cuerdas, se le ha escapado que una de las razones detrás de la violencia americana puede ser la multietnicidad. Pero Moore, quien sospecho a veces teme parecer muy anti-anglo, lo deja escapar atacándolo con el recuerdo del asesinato de una niña en Flint, Michigan, y la petición, impensable, de una disculpa por parte del presidente de la NRA (las siglas en inglés de la Asociación Nacional del Rifle).
Evidentemente, Heston no acepta e incluso huye.
Moore se anota una victoria, pero es una victoria pírrica. Un espér, pues.
La chuza ganadora, incluso una guajolota (término que se usa cuando has hilado tres o más chuzas de corrido), se la anota cuando logra que K-Mart cancele la venta de municiones en sus tiendas.
El documental está pletórico de datos interesantes. Gracioso es ver a la maltrecha figura de Moore abrir puertas en Toronto, todo porque los canadienses le afirman que ellos no le ponen seguros a sus puertas. Y queda eso demostrado de la mejor manera.
Otra chuza es la tasa de asesinatos en Estados Unidos contra la de otros países. Mientras Inglaterra y Canadá están por debajo de los 70 asesinatos anuales, los Estados Unidos rebasan los once mil. Me pregunto, ¿cuántos asesinatos causados por arma de fuego hay al año en México?
El tema de la comparación entre estos países se toca. Por ejemplo, en el Reino Unido las armas, a menos de que se traten de escopetas de caza, son ilegales. ¡Ni los policías van armados! Conste que es un país con una tradición más bien violenta.
Los canadienses, por el otro lado, tienen un exceso de armas. No estoy seguro si son tres o seis armas por casa, esto es, ¡casi un arma por persona! Lo que es cierto es que los canadienses tienen la tradición de la caza y para cazar se necesitan armas, pero no un AK47
Una de las hipótesis más importantes de la película es que los americanos viven con miedo. Miedo a los negros, a los latinos, a los criminales. Por eso se arman, para defenderse. Pero, de pronto, un día o una noche, algo no funciona como se esperaba: los adolescentes se llenan de ira, los niños toman las armas cargadas de los adultos para jugar, los adultos se deprimen y, entonces, los muertos aparecen.
“[Me quitarán mi arma] de las manos muertas”, afirma Heston. Al paso que van las cosas en Estados Unidos, es probable que muy pronto.
Adivinanza
¿Cuál es la diferencia entre un gringo y cualquier otro habitante del mundo?
Cuando un ciudadano del mundo se deprime, toma un arma, cierra la ventana y se pone un plomazo. Cuando un gringo se deprime, toma un arma, abre la ventana y se pone a matar cabrones.
lunes, junio 09, 2003
Epistolaria
- He encontrado esto. Dándole vueltas descubrí que es de febrero de 2001. Me ha sorprendido tanto la cercanía de muchos de los sentimientos, que he decidido rescatarle del olvido. Sé que cualquier lector hipotético podría discrepar conmigo y asegurarme que mis desahogos de conciencia no tienen ningún sentido. Desde ese punto de vista, cualquier anotación en este diario tampoco lo tendría. Así pues, va.-
Ahora, sumido una vez más en la rutina [...], envuelto en los brazos de esta extraña ciudad, devorado por las diarias actividades de hacer números, revisar cifras, etc. me recuerdo a mí mismo en otras tierras. Algunas han sido más amables que otras. Algunas hostiles. Otras indiferentes. Las más, extrañas.
Extranjero y judío errante en todas, ansioso por el siempre postergado momento de la partida, hambriento de regreso, añorando sus calles, sus soles distintos y únicos, las sorpresas de sus edificios jardines monumentos y escaparates, me observo perdido (ahora y siempre) en mi perpetuo destierro.
Me aterroriza la certeza de la violencia de algunas de estas ciudades. Mi natural paranoia se ve reforzada por la cercanía del crimen, por la vecindad constante del hecho de sangre. Soy cobarde y miedoso. Le tengo temor a mi propio miedo, a mi sufrimiento.
¡Valiente aquel que le teme al espectáculo de su propia sangre, de su propia muerte!
Valiente noble aquel que no está dispuesto a la pérdida de la vida por los otros. Es esa la labor del caballero y del aristócrata ("nobleza obliga", han dicho muchos): la defensa del débil, el compromiso con la justicia, el desfacer entuertos, el combate a la maldad y la lucha por la virtud...
Insisto, valiente proto-aristócrata me he vuelto de un tiempo a la fecha, pues temo por mi seguridad física y por la de los que me rodean.
* * *
Mi spleen británico ya no lo es más. Me sorprendo ahora franco usuario de la depresión y candidato óptimo al Prozac. Los doctores me sonríen mientras esgrimen justificaciones de endorfinas y hormonas varias y química craneal. Me sonríen y al mismo tiempo huyo.
¿No seré acaso yo uno de esos famosos espíritus flemáticos tan comunes en la literatura del siglo antepasado? ¿No tengo yo, acaso, toda el derecho, toda la obligación a estar triste? ¿Quién dijo que la vida era feliz (o para el caso, justa)?
Me recreo en mi depresión rampante. Me agrada descubrirme en el espejo con el carácter sanguíneo, cercano a la tisis, agobiado e incomprendido, al más puro estilo romántico. ¿Qué más se podría esperar de un fugitivo si no es la apariencia lánguida de quien se deja abatir por el destino?
No me imagino en Prozac. Sería renunciar por fin a mis manías. Ya he renunciado a la escritura, a las playas, a parecerme cada día más a Sean Connery (anteayer me han dicho que tengo cierto parecido a Edward Norton: no creo necesario decir que la persona que lo dijo tiene garantizadas las entradas al cine por el resto de su vida). No quiero renunciar al deprimirme cuando me venga en gana. E incluso cuando no lo quiera tampoco.
Me gusta llorar sin razón ni sentido. Verme en el espejo completamente rojo y con el ceño fruncido, más digno de risa que de lástima. Me agrada mi agobio y mi laxitud. Asistir a las discotecas y a los bares y salir sintiéndome basura, sin haber ligado ni un resfrío. Reconocerme poco deseable para asuntos de ligue, y culpar a mi físico, a mi falta de habilidades sociales, a mi baja autoestima.
Imaginad: si con depresiones me he ganado el título de duque por pedante y presumido (y perro), sin ella ya me descubriría yo yuppie a más no poder, fatuo y fastuoso, con un ego hipertrofiado con problemas de tiroides y gigantismo. Pisaverde y lagartijo.
¿Pertenecer a la nación Prozac? No, gracias. Renuncio de antemano a la belleza de la despreocupación química, a la liviandad, a lo superficial y a lo filisteo. A vestir trajes de Boss y corbatas de Zegna, a las mancuernillas "discretas", a que nada me importe.
Siempre preferiré el sol de Tampico, las calles de San Luis, mi casaca de mosquetero, un jubón raído, calzas y capa negra, una pluma blanca ajada en mi sombrero, altas botas de piel, el saber adelantar el pie con gracia y a brindar una sonrisa con sorna y miedo y spleen y saber que más vale no enfrentarme a aquel hijodalgo ("pues hijo sí ha de ser, pero ¿de hidalgo? quién sabe") y jamás acercarme a aquella otra mujer, por ser "alérgico a los desengaños".
Para, al fin y al cabo, seguir escribiendo, día tras día, y describiendo el cómo dan vuelta las golondrinas al acercarse a las ventanas de mi oficina, mis noches de insomnio y cacería, el darle vueltas y vueltas a Italo Calvino, a Ludovico Ariosto, a Dumas, a Tolkien, a García Marques, a Chimal. No renunciaré a los cómics, a las opresivas películas noruegas, francesas e indies.
Envejeceré de pronto. Calvo y cano. Pintaré mi pelo de azul marino o morado o incluso naranja y caminaré una vez más por las calles de Manhattan o por Paris, tan recordado, y mis espuelas doradas hoyarán de nuevo Toledo en busca de una buena herreruza.
Aún tengo treinta. Un año más y me retiro de la esto, tomo una pistola, una gabardina (con la cual ya cuento) y me dedico de tiempo completo a la profesión obligatoria de un ingeniero: ser detective privado, cazando constantemente a un individuo llamado Serebro, a regresar a la misma ciudad bajo la lluvia, a darle adioses a Madrid, a perseguir nubes y a amorosos fantasmas. A encontrar asesinos de mujeres en Ciudad Juárez. A que no haya final feliz.
- He encontrado esto. Dándole vueltas descubrí que es de febrero de 2001. Me ha sorprendido tanto la cercanía de muchos de los sentimientos, que he decidido rescatarle del olvido. Sé que cualquier lector hipotético podría discrepar conmigo y asegurarme que mis desahogos de conciencia no tienen ningún sentido. Desde ese punto de vista, cualquier anotación en este diario tampoco lo tendría. Así pues, va.-
Ahora, sumido una vez más en la rutina [...], envuelto en los brazos de esta extraña ciudad, devorado por las diarias actividades de hacer números, revisar cifras, etc. me recuerdo a mí mismo en otras tierras. Algunas han sido más amables que otras. Algunas hostiles. Otras indiferentes. Las más, extrañas.
Extranjero y judío errante en todas, ansioso por el siempre postergado momento de la partida, hambriento de regreso, añorando sus calles, sus soles distintos y únicos, las sorpresas de sus edificios jardines monumentos y escaparates, me observo perdido (ahora y siempre) en mi perpetuo destierro.
Me aterroriza la certeza de la violencia de algunas de estas ciudades. Mi natural paranoia se ve reforzada por la cercanía del crimen, por la vecindad constante del hecho de sangre. Soy cobarde y miedoso. Le tengo temor a mi propio miedo, a mi sufrimiento.
¡Valiente aquel que le teme al espectáculo de su propia sangre, de su propia muerte!
Valiente noble aquel que no está dispuesto a la pérdida de la vida por los otros. Es esa la labor del caballero y del aristócrata ("nobleza obliga", han dicho muchos): la defensa del débil, el compromiso con la justicia, el desfacer entuertos, el combate a la maldad y la lucha por la virtud...
Insisto, valiente proto-aristócrata me he vuelto de un tiempo a la fecha, pues temo por mi seguridad física y por la de los que me rodean.
* * *
Mi spleen británico ya no lo es más. Me sorprendo ahora franco usuario de la depresión y candidato óptimo al Prozac. Los doctores me sonríen mientras esgrimen justificaciones de endorfinas y hormonas varias y química craneal. Me sonríen y al mismo tiempo huyo.
¿No seré acaso yo uno de esos famosos espíritus flemáticos tan comunes en la literatura del siglo antepasado? ¿No tengo yo, acaso, toda el derecho, toda la obligación a estar triste? ¿Quién dijo que la vida era feliz (o para el caso, justa)?
Me recreo en mi depresión rampante. Me agrada descubrirme en el espejo con el carácter sanguíneo, cercano a la tisis, agobiado e incomprendido, al más puro estilo romántico. ¿Qué más se podría esperar de un fugitivo si no es la apariencia lánguida de quien se deja abatir por el destino?
No me imagino en Prozac. Sería renunciar por fin a mis manías. Ya he renunciado a la escritura, a las playas, a parecerme cada día más a Sean Connery (anteayer me han dicho que tengo cierto parecido a Edward Norton: no creo necesario decir que la persona que lo dijo tiene garantizadas las entradas al cine por el resto de su vida). No quiero renunciar al deprimirme cuando me venga en gana. E incluso cuando no lo quiera tampoco.
Me gusta llorar sin razón ni sentido. Verme en el espejo completamente rojo y con el ceño fruncido, más digno de risa que de lástima. Me agrada mi agobio y mi laxitud. Asistir a las discotecas y a los bares y salir sintiéndome basura, sin haber ligado ni un resfrío. Reconocerme poco deseable para asuntos de ligue, y culpar a mi físico, a mi falta de habilidades sociales, a mi baja autoestima.
Imaginad: si con depresiones me he ganado el título de duque por pedante y presumido (y perro), sin ella ya me descubriría yo yuppie a más no poder, fatuo y fastuoso, con un ego hipertrofiado con problemas de tiroides y gigantismo. Pisaverde y lagartijo.
¿Pertenecer a la nación Prozac? No, gracias. Renuncio de antemano a la belleza de la despreocupación química, a la liviandad, a lo superficial y a lo filisteo. A vestir trajes de Boss y corbatas de Zegna, a las mancuernillas "discretas", a que nada me importe.
Siempre preferiré el sol de Tampico, las calles de San Luis, mi casaca de mosquetero, un jubón raído, calzas y capa negra, una pluma blanca ajada en mi sombrero, altas botas de piel, el saber adelantar el pie con gracia y a brindar una sonrisa con sorna y miedo y spleen y saber que más vale no enfrentarme a aquel hijodalgo ("pues hijo sí ha de ser, pero ¿de hidalgo? quién sabe") y jamás acercarme a aquella otra mujer, por ser "alérgico a los desengaños".
Para, al fin y al cabo, seguir escribiendo, día tras día, y describiendo el cómo dan vuelta las golondrinas al acercarse a las ventanas de mi oficina, mis noches de insomnio y cacería, el darle vueltas y vueltas a Italo Calvino, a Ludovico Ariosto, a Dumas, a Tolkien, a García Marques, a Chimal. No renunciaré a los cómics, a las opresivas películas noruegas, francesas e indies.
Envejeceré de pronto. Calvo y cano. Pintaré mi pelo de azul marino o morado o incluso naranja y caminaré una vez más por las calles de Manhattan o por Paris, tan recordado, y mis espuelas doradas hoyarán de nuevo Toledo en busca de una buena herreruza.
Aún tengo treinta. Un año más y me retiro de la esto, tomo una pistola, una gabardina (con la cual ya cuento) y me dedico de tiempo completo a la profesión obligatoria de un ingeniero: ser detective privado, cazando constantemente a un individuo llamado Serebro, a regresar a la misma ciudad bajo la lluvia, a darle adioses a Madrid, a perseguir nubes y a amorosos fantasmas. A encontrar asesinos de mujeres en Ciudad Juárez. A que no haya final feliz.
Steampunk
Hace años mi padre me contó un cuento. Hasta hace una semana me di cuenta de la clasificación: steam punk. Siempre me he preguntado de dónde lo sacó. Si lo inventó o si en verdad lo había leído.
La anécdota básica es un partido de fútbol americano. Por supuesto todo ocurre en una especie de futuro alternativo. El estadio: tan grande que, para que los espectadores puedan ver, los jugadores visten gigantescos trajes, como una especie de armaduras robotizadas.
- ¿Qué acaso mi padre, o el hipotético autor, nunca pensó en la televisión, colocando grandes pantallas repetidores? Pero que chiste tiene la tele si, uno, con ella, para qué vas al estadio y, dos, ya no tendría sentido el cuento.-
El punto es que en el enfrentamiento se juega la final mundial (¿o es el destino del mundo? No lo sé. Tal vez la razón cambiaba cada vez que mi padre reinventaba el cuento según me lo iba contando, o peor aún, la deformación se debe a la lejanía).
Regresando. La final está siendo perdida por el equipo de casa. El de los buenos.
Viendo la inminente derrota, el público está al borde del asiento y comienza a reclamar la presencia de un viejo jugador, ídolo de millones, veterano del juego.
El héroe sale de su retiro, acude al llamado de su fanáticos y viste su viejo traje armadura.
El traje viejo es pequeño en comparación a los nuevos y gigantescos monstruos con los que debe enfrentarse. Amén de tener otro inconveniente: su traje es hidráulico, con válvulas que controlan la presión del vapor interno. Nada comparado a los nuevos trajes transistorizados, brillantes y cromados.
Nuestro héroe salta al campo. Y comienza la ofensiva (¿terrícola, acaso?).
Es más lento que los demás. Y más pequeño. Pero conoce el juego. Lo vive, lo tiene en su sangre y en el aceite y en el agua hirviendo de su traje.
Se coloca de ala y recibe un pase, esquiva a sus oponentes, demasiado altos para agacharse por él. Hace una corrida desde atrás de la línea, encegueciendo a sus adversarios con el vapor que escapa de su traje.
Finalmente el partido acaba. ¿La tierra? ¿El universo? ¿La raza humana? ¿El campeonato? Ganados en la gran victoria.
El héroe ha regresado para salvar el día, gracias a su armadura con fugas de vapor de agua.
- Jamás supe de dónde se inventó mi padre esta historia.-
Hace años mi padre me contó un cuento. Hasta hace una semana me di cuenta de la clasificación: steam punk. Siempre me he preguntado de dónde lo sacó. Si lo inventó o si en verdad lo había leído.
La anécdota básica es un partido de fútbol americano. Por supuesto todo ocurre en una especie de futuro alternativo. El estadio: tan grande que, para que los espectadores puedan ver, los jugadores visten gigantescos trajes, como una especie de armaduras robotizadas.
- ¿Qué acaso mi padre, o el hipotético autor, nunca pensó en la televisión, colocando grandes pantallas repetidores? Pero que chiste tiene la tele si, uno, con ella, para qué vas al estadio y, dos, ya no tendría sentido el cuento.-
El punto es que en el enfrentamiento se juega la final mundial (¿o es el destino del mundo? No lo sé. Tal vez la razón cambiaba cada vez que mi padre reinventaba el cuento según me lo iba contando, o peor aún, la deformación se debe a la lejanía).
Regresando. La final está siendo perdida por el equipo de casa. El de los buenos.
Viendo la inminente derrota, el público está al borde del asiento y comienza a reclamar la presencia de un viejo jugador, ídolo de millones, veterano del juego.
El héroe sale de su retiro, acude al llamado de su fanáticos y viste su viejo traje armadura.
El traje viejo es pequeño en comparación a los nuevos y gigantescos monstruos con los que debe enfrentarse. Amén de tener otro inconveniente: su traje es hidráulico, con válvulas que controlan la presión del vapor interno. Nada comparado a los nuevos trajes transistorizados, brillantes y cromados.
Nuestro héroe salta al campo. Y comienza la ofensiva (¿terrícola, acaso?).
Es más lento que los demás. Y más pequeño. Pero conoce el juego. Lo vive, lo tiene en su sangre y en el aceite y en el agua hirviendo de su traje.
Se coloca de ala y recibe un pase, esquiva a sus oponentes, demasiado altos para agacharse por él. Hace una corrida desde atrás de la línea, encegueciendo a sus adversarios con el vapor que escapa de su traje.
Finalmente el partido acaba. ¿La tierra? ¿El universo? ¿La raza humana? ¿El campeonato? Ganados en la gran victoria.
El héroe ha regresado para salvar el día, gracias a su armadura con fugas de vapor de agua.
- Jamás supe de dónde se inventó mi padre esta historia.-
miércoles, junio 04, 2003
La tienda de la calle Spring
Sobre la calle Spring, en pleno corazón de la Village, hay una tienda. Es un local como muchos otros, con carteles en las ventanas. Los transeúntes entran, como siempre, fascinados ante la idea de encontrar algo maravilloso o increíble, algo que sea tan cosmopolita como se espera que sea todo en la gran ciudad.
Adentro se encuentran decenas de fotografías de actores y actrices, que miran desde sus marcos en las paredes. Hay carteles en fundas de acrílico esperando para ser comprados, siendo revisados una y otra vez por la clientela que entra, ve, sale.
Hay carteles de películas en blanco y negro, incluso esos que muestran la estética tan característica del cine mudo, o aquellos que tienen ya los rasgos identificables de las grandes superproducciones (en cinemascope y a todo technicolor), allí, dispuestos ante los ojos del público.
Cuando se ven las fotografías de cerca, los rostros son siempre familiares pero inasibles. Uno repasa el catálogo y no reconoce los nombres, ni las imágenes. Las escenas retratadas no nos son desconocidas pero no es posible ubicarlas.
Con extrañeza, y hasta con un poco de timidez, se termina siempre saliendo de la tienda, con una sensación de humildad, de ligero auto-reproche, dándole vueltas en la cabeza al catálogo personal de estrellas del cine clásico, al de las películas que vimos en las funciones televisivas de madrugada y en los canales de cine culto.
Es que la tienda vende la memorabilia de las películas que nunca se filmaron, de actores que nunca grabaron, que nunca fueron.
Allí, en una aparente tienda común, en medio del trajín de la zona más de moda de la ciudad, están a la venta los stills y los carteles de la película que pudo protagonizar alguna vez el abuelo. ¿Quién lo sabe? Tal vez, con un poco de suerte, podríamos encontrar los recuerdos de nuestros propios filmes.
Sobre la calle Spring, en pleno corazón de la Village, hay una tienda. Es un local como muchos otros, con carteles en las ventanas. Los transeúntes entran, como siempre, fascinados ante la idea de encontrar algo maravilloso o increíble, algo que sea tan cosmopolita como se espera que sea todo en la gran ciudad.
Adentro se encuentran decenas de fotografías de actores y actrices, que miran desde sus marcos en las paredes. Hay carteles en fundas de acrílico esperando para ser comprados, siendo revisados una y otra vez por la clientela que entra, ve, sale.
Hay carteles de películas en blanco y negro, incluso esos que muestran la estética tan característica del cine mudo, o aquellos que tienen ya los rasgos identificables de las grandes superproducciones (en cinemascope y a todo technicolor), allí, dispuestos ante los ojos del público.
Cuando se ven las fotografías de cerca, los rostros son siempre familiares pero inasibles. Uno repasa el catálogo y no reconoce los nombres, ni las imágenes. Las escenas retratadas no nos son desconocidas pero no es posible ubicarlas.
Con extrañeza, y hasta con un poco de timidez, se termina siempre saliendo de la tienda, con una sensación de humildad, de ligero auto-reproche, dándole vueltas en la cabeza al catálogo personal de estrellas del cine clásico, al de las películas que vimos en las funciones televisivas de madrugada y en los canales de cine culto.
Es que la tienda vende la memorabilia de las películas que nunca se filmaron, de actores que nunca grabaron, que nunca fueron.
Allí, en una aparente tienda común, en medio del trajín de la zona más de moda de la ciudad, están a la venta los stills y los carteles de la película que pudo protagonizar alguna vez el abuelo. ¿Quién lo sabe? Tal vez, con un poco de suerte, podríamos encontrar los recuerdos de nuestros propios filmes.
martes, junio 03, 2003
Prefacio
Comienza hoy este diario. No le coloco una fecha porque realmente no le corresponde ninguna. Habiendo tantas fechas interesantes para iniciar con una bitácora, estoy arrancando esta sin un hito que la marque.
O tal vez sí. Tal vez sí se está dando el hito, la fecha especial: tan especial como cualquier otro día, tan importante como el reconocer que vale la pena tener una memoria propia de cosas, sentimientos, historias propias y plagiadas.
Mis amigos (BEF, Cinthya, Alberto, José María, Eugenia, Raquel) me han promovido tal idea.
Espero que tengan razón y que este cajón de sastre, este rincón para colocar borradores, no sea tan sólo un desperdicio de tiempo para el hipotético lector, ni un desperdicio de espacio en la memoria de algún servidor en la red.
Coloco pues, a manera de estandarte, esta pequeña introducción, este prólogo. Extraigo mi espada de la funda en la que se oxida y proclamo y reclamo, hoy, este sitio como mío, en mi nombre y a mi nombre.
Sea, pues, este, mi diario en el destierro.
Sea.
JF
Duque
Comienza hoy este diario. No le coloco una fecha porque realmente no le corresponde ninguna. Habiendo tantas fechas interesantes para iniciar con una bitácora, estoy arrancando esta sin un hito que la marque.
O tal vez sí. Tal vez sí se está dando el hito, la fecha especial: tan especial como cualquier otro día, tan importante como el reconocer que vale la pena tener una memoria propia de cosas, sentimientos, historias propias y plagiadas.
Mis amigos (BEF, Cinthya, Alberto, José María, Eugenia, Raquel) me han promovido tal idea.
Espero que tengan razón y que este cajón de sastre, este rincón para colocar borradores, no sea tan sólo un desperdicio de tiempo para el hipotético lector, ni un desperdicio de espacio en la memoria de algún servidor en la red.
Coloco pues, a manera de estandarte, esta pequeña introducción, este prólogo. Extraigo mi espada de la funda en la que se oxida y proclamo y reclamo, hoy, este sitio como mío, en mi nombre y a mi nombre.
Sea, pues, este, mi diario en el destierro.
Sea.
JF
Duque
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